" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

viernes, 1 de mayo de 2015

"El mentiroso"


Un cuento demasiado largo  para un post pero  con  interés y  emoción suficientes para tirar del lector hasta el final...y más 
Hubo un tiempo en que  buscando libros de un autor para leerlos seguido, encontrar entre ellos  uno de narraciones cortas -en lugar de  novela- era una decepción.
Es difícil entenderlo  cuando se  llega a valorar los buenos cuentos como las obras que requieren la máxima precisión,inspiración y talento...del autor. Además de contener -algo que apreciaría especialmente Naipaul -: una buena dosis de pensamiento. Muchos cuentos de  Tobias Wolff  son de esa clase.

                           
                    El mentiroso


Mi madre leía todo menos libros. Los anuncios de los autobuses, toda la carta del restaurante mientras comíamos, las vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró en  mi cajón una carta que no iba dirigida a ella, la leyó. "¿Qué más da si James no tiene nada que ocultar?" fue lo que pensó. Cuando terminó de leerla, metió la carta en el cajón y fue de una habitación a otra en la gran casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta y a leerla para entenderla bien. Luego, sin ponerse el abrigo y sin echar la llave a la puerta, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia que había al final de la calle. Por muy enfadada o confusa que estuviera, siempre iba a misa de cuatro y ahora eran las cuatro.                                  
    Hacía un hermoso día, frío, azul y calmado, pero mi madre andaba como si hubiera un fuerte viento, inclinada hacia adelante y dando pasos cortos y apresurados. A mi hermano, a mis hermanas y a mí nos parecía graciosa esta forma de andar suya  y nos reíamos cuando cruzaba por delante de nosotros para atizar el fuego o regar las plantas. No permitíamos que nos pillara riéndonos. Le hubiera desconcertado pensar que pudiera resultar divertida. Su única concesión al humor era una risa falsa y sorprendente. Los desconocidos se quedaban mirándola con frecuencia.    Mientras esperaba al sacerdote, que llegó tarde mi madre se puso a rezar. Rezaba de un modo familiar, ordenado y firme: primero por su difunto esposo, mi padre, y luego por sus propios padres  también fallecidos. Decía una rápida oración por los padres de su esposo (sólo tocar la base, nunca los quiso) y finalmente por sus hijos por orden de edad, acabando conmigo. Mi madre no consideraba que la originalidad fuese una virtud y hasta que surgió mi nombre, sus oraciones eran exactamente iguales a las de cualquier otro  día.    Pero cuando llego a mí habló en voz alta.    -Creí que no lo haría nunca más. Murphy dijo que ya estaba curado. ¿Qué voy a hacer ahora?    Había un tono de reproche en su voz. Mi madre había puesto grandes esperanzas en la idea de que yo estaba curado. Consideraba mi curación como una respuesta a sus plegarias y en acción de gracias había mandado mucho dinero a la Misión India Tomasiana, dinero que había estado ahorrando para hacer un viaje a Roma. Se sintió estafada y así lo manifestó. Cuando entró el sacerdote, mi madre se sentó en el banco y siguió la misa con gran concentración. Después de la comunión empezó a preocuparse de nuevo y regresó directamente a casa sin pararse a hablar con Frances, la mujer que siempre la abordaba después de misa para contarle todos los horrores que le habían hecho los comunistas, los adoradores del diablo y los rosacruces. Frances la vio marchar frunciendo el ceño.    Una vez en casa, mi madre sacó otra vez la carta de mi cajón y se la llevó a la cocina. La sostuvo sobre la estufa, sujetándola con las uñas y mirando hacia otro lado para no sentirse atraída de nuevo por el contenido, y le prendió fuego. Cuando empezó a quemarse los dedos la tiró en la pila y la miró mientras se ennegrecía, se estremecía y se cerraba sobre sí misma como un puño. Luego abrió el grifo para que las cenizas se fueran por el desagüe y telefoneó al doctor Murphy.
    La carta era para mi amigo Ralphy. Antes vivía al otro lado de la calle pero luego se había trasladado a Arizona. La mayor parte de la carta describía una excursión a Alcatraz que habíamos hecho los de mi clase. Eso estaba bien. Lo que horrorizó a mi madre era el último párrafo en el que decía que ella había estado escupiendo sangre y que los médicos no estaban seguros de qué le pasaba, pero esperábamos que no fuera nada grave.    Esto no era verdad. Mi madre se enorgullecía de su estado físico  se consideraba tan fuerte como una mula: "Estoy sana como una mula", decía cuando le preguntaban por su salud. Yo llevaba ya varios años diciendo  cosas desagradables que no eran verdad y esta costumbre mía irritaba enormemente a mi madre, tanto como para decidirla a mandarme al doctor Murphy, en cuya consulta me encontraba sentado mientras ella quemaba la carta. El doctor Murphy era nuestro médico de cabecera y no tenía estudios de psicoanálisis, pero se interesaba por las "cosas de la mente", como él decía. Me había tratado de apendicitis y amigdalitis  y mi madre pensaba que podría introducir la verdad en mi mente con la misma facilidad con que extirpaba cosas de mi cuerpo, una esperanza ésta que el doctor Murphy no compartía. Básicamente deseaba conseguir que yo entendiera lo que hacía y últimamente estaba llegando a la conclusión de que yo comprendía lo que hacía todo lo bien que llegaría a comprenderlo nunca.   El doctor Murphy escuchó a mi madre mientras ésta le contaba la historia de la carta y lo que había hecho con ella. Sentía curiosidad por saber las palabras que yo había utilizado y se irritó cuando ella le dijo que la había quemado.    -Lo que importa -dijo ella- es que se suponía que estaba curado y no lo está.    -Margaret, yo nunca dije que estuviera curado.    -Claro que sí. De no ser así ¿por qué iba yo a mandar más de mil dólares a la Misión Tomasiana?    -Yo dije que era responsable. Eso significa que James sabe lo que hace, no que vaya a dejar de hacerlo.    -Estoy segura de que me dijiste que se había curado.    -Nunca he dicho eso. Para decir que alguien está curado tienes que saber en qué consiste la salud. En este tipo de cosas eso es imposible. ¿Qué quieres decir cuando hablas de curar a James?    -Ya lo sabes.    -Dímelo de todas las formas.    -Hacerle volver a la realidad. ¿qué va a ser?    -¿Qué realidad? ¿La mía o la tuya?    -Murphy, ¿de qué estás hablando? James no está loco, es un mentiroso.    -Eso sí es cierto.    -¿Qué voy a hacer con él?    -No creo que puedas hacer mucho. Ten paciencia.    -Ya he tenido bastante paciencia.    -Yo en tu lugar, Margaret, no le daría demasiada importancia al asunto. James no roba, ¿verdad?    -Por supuesto que no.    -Ni pega a nadie ni es respondón.    -No.    -Entonces tienes muchos motivos para estar agradecida.    -Creo que no puedo resistir más. Esa historia de la leucemia el año pasado. Y ahora esto.   -Se le pasará cuando crezca, creo yo.    -Murphy, tiene dieciséis años. ¿Qué ocurre si simplemente lo hace cada vez mejor?    Finalmente mi madre comprendió que no iba a conseguir nada del doctor Murphy, que no paraba de recordarle la suerte que tenía. Le dijo algo cortante, él le contestó algo pedante y ella le colgó. El doctor Murphy se quedó mirando el auricular.    -¿Si?- dijo, y lo puso en su sitio.    Se pasó la mano por la cabeza, una costumbre que le había quedado en los tiempos que tenía pelo. Para demostrar que lo llevaba bien, bromeaba a menudo acerca de su calvicie, pero yo tenía la impresión de que le molestaba profundamente.Mirándome desde el otro lado de su mesa, debió desear no haberme aceptado como paciente. Tratar al hijo de un amigo era como invertir el dinero de un amigo.    -No hace falta que te diga quien era.    asentí.    El doctor Murphy apartó su silla y la hizo girar para mirar por la ventana que tenía a su espalda y que ocupaba toda la pared. Todavía había algunos veleros en la bahía, pero todos venían hasta la costa. Una niebla gris y algodonosa había cubierto el puente y avanzaba rápidamente. El agua parecía en calma dede aquí arriba, pero cuando me fijé más vi manchitas blancas por todas partes, así que debía estar bastante picada.    -Me sorprendes -dijo-. Mira que dejar algo así donde ella pudiera encontrarlo.Si realmente no puedes evitar hacer esas cosas, por lo menos podías ser amable y hacerlas discretamente. No es fácil para tu madre, habiendo muerto tu padre y estando tan lejos todos los demás.    -Lo sé. Yo no pretendía que la encontrara.    -Bueno -se dio golpecitos en los dientes con el lápiz. No estaba convencido profesionalmente, pero personalmente puede que sí-. Creo que ahora deberías irte a tu casa y tratar de arreglarlo.    -Supongo que sí.    -Dile a tu madre que me pasaré por allí esta noche o mañana. Y otra cosa, James...no la subestimes.
                                            

    Mientras vivió mi padre solíamos ir a pasar tres o cuatro días al Parque Nacional Yosemite durante el verano. Mi madre conducía y mi padre nos señalaba los lugares de interés, prados donde en otro tiempo se alzaron pueblos de efímera prosperidad, árboles colgantes, ríos de los que se decía que en ciertas épocas fluían contra corriente. O nos leía; tenía la idea, típica en los adultos, de que a los niños les encanta Dickens y Sir Walter Scott. Nosotros cuatro íbamos sentados en el asiento de atrás con las caras serias y atentas, mientras nuestras manos y pies empujaban, pellizcaban, pisaban, golpeaban y pateaban.    Una noche un oso entró en nuestro campamento justo después de cenar. Mi madre había hecho un guiso de atún y debió olerle como algo por lo que valía la pena morir. Entró en el campamento mientras estábamos sentados alrededor del fuego y se quedó de pie balanceándose hacia detrás y hacia delante. Mi hermano Michael fue el primero en verle y me dio un codazo. Luego le vieron mis hermanas y chillaron. Mi madre y mi padre estaban de espaldas a él pero mi madre debió de intuir lo que pasaba porque inmediatamente dijo:    -No  chilléis. Podríais asustarle y cualquiera sabe lo que haría. Nos pondremos a cantar y se irá.    Cantaremos "Rema, rema, rema en tu barca", pero el oso no se iba. Dio varias vueltas en torno a nosotros, poniéndose de manos de vez en cuando para olfatear el aire. A la luz de la hoguera yo veía su cara de perro y los músculos que rodaban bajo la piel suelta como piedras dentro de un saco. Cantamos más fuerte mientras él se movía en círculo, acercándose cada vez más.    -Bueno -dijo mi madre-, ya está bien.    Se levantó bruscamente. El oso se detuvo y la observó.    -Largo de aquí -dijo mi madre.    el oso se sentó y miró a un lado y a otro.    -Largo de aquí -repitió ella y se agachó y cogió una piedra.    -No, Margaret -dijo mi padre.    Ella tiró la piedra con fuerza y le dio al oso en el vientre. Incluso a la tenue luz del fuego vi el polvo que salía de su piel. Gruñó y se irguió todo lo alto que era.    -¿Habéis visto? -gritó mi madre-. Está asqueroso.¡ Asqueroso!    Una de mis hermanas se rió. Mi madre cogió otra piedra.    -Por favor Margaret -dijo mi padre.    Justo en ese momento el oso dio media vuelta y se alejó. Mi madre arrojó la piedra en dirección a él. Durante el resto de la noche el animal merodeó alrededor del campamento hasta que encontró el árbol en que habíamos colgado los alimentos. Se lo comió todo. Al día siguiente regresamos a la ciudad. podíamos haber comprado comida en el valle, pero mi padre quería marcharse y no cedió a ningún argumento. en el viaje de regreso trató de animarnos gastando bromas, pero Michael y mis hermanas le ignoraron y miraron por las ventanillas con caras de piedra.    La relación entre mi madre y yo nunca fue fácil, pero no la subestimaba. Era ella la que me subestimaba a mí. Cuando era pequeño ella sospechaba que era demasiado delicado, porque no me gustaba que me lanzaran al aire y porque cuando la veía a ella y a los demás preparándose para una riña general, yo encontraba un sitio donde esconderme. Si conseguían arrastrarme a la trifulca siempre salía herido, un rodillazo en el labio, un dedo torcido, la nariz sangrando, y esto también ,e lo reprochaba mi madre, como si yo lo hiciera adrede para no jugar.[...]      Sospechaba de mí también en otros sentidos. No podía irme al cine sin que ella me examinara los bolsillos para asegurarse  de que llevaba suficiente dinero para la entrada. Cuando me iba al campamento de verano me abría la mochila delante de todos los chicos que estaban esperando en el autobús. Hubiera preferido marcharme sin el saco de dormir y unas cuantas mudas de ropa, que había olvidado meter, antes que quedar en ridículo. Su desconfianza era lo que me volvía olvidadizo.    Además pensaba que era insensible por lo que sucedió el día que murió mi padre y luego el funeral. No lloré en el funeral de mi padre y mostré signos de aburrimiento durante la elegía, jugueteando con el libro de himnos. Mi madre me hizo poner las manos en el regazo y yo las dejé así sin moverlas como si fueran cosas que estaba sosteniendo para otra persona. El efecto era irónico y a ella le molestó. Tuvimos una especie de reconciliación unos días más tarde cuando yo cerré los ojos en el colegio y me negué a abrirlos. Después de que varios profesores primero y luego el director fracasaran en su intento de convencerme de que les mirara, o  de que mirase una recompensa que afirmaban tener en la mano, Me llevaron a la enfermera del colegio, la cual trató de abrirme los párpados a la fuerza y me arañó seriamente uno de ellos. el ojo se me hinchó y yo me puse rígido. Al director le entró pánico y llamó a mi madre, la cual vino a recogerme. Me negué a hablarle, a abrir los ojos o a doblarme, por lo que tuvieron que ponerme tumbado en el asiento trasero y cuando llegamos a casa mi madre tuvo que subirme los escalones de la entrada uno a uno. Luego me echó en el sofá y estuvo toda la tarde tocando el piano para mí. Finalmente abrí los ojos. Nos abrazamos y lloré.Mi madre no creyó en mis lágrimas, pero las aceptó porque sabía que yo las había escenificado en honor suyo.                                  También mis mentiras nos separaron y el hecho de que mis promesas de no volver a mentir no parecían significas nada para mí. A menudo mis mentiras llegaban a ella de manera muy embarazosa, por ejemplo, la gente la paraba en la calle para decirle que lamentaba ,mucho que...en el barrio a nadie le gustaba poner a mi madre en una situación violenta, y esto dejó de ocurrir una vez que todo el mundo se enteró de lo que me pasaba. Pero no había forma de salvarla de los desconocidos. El verano después de morir mi padre fui a pasar una temporada con mi tío en Redding y cuando volví me encontré inesperadamente conque mi madre había venido a recibirme a la estación de autobuses. Traté de alejarme del caballero que había viajado a mi lado pero no pude quitármelo de encima. Cuando vio que mi madre me abrazaba se acercó, le dio su tarjeta y le dijo que le llamara si las cosas empeoraban. Ella le devolvió la tarjeta y le contestó que no se metiera donde nadie le llamaba. Más tarde, camino de casa, me hizo repetirle lo que le había dicho al hombre. Sacudió la cabeza.   -No es justo que le cuentes a la gente esas cosas -dijo-. Les confundes.A mí me parecía que era mi madre la que había confundido al hombre, no yo, pero no se lo dije.Reconocí que no debía decir esas cosas y le prometí que no volvería a hacerlo; promesa que rompí tres horas después en conversación con una mujer en el parque.

    No eran sólo las mentiras lo que preocupaba a mi madre; era la morbosidad de las mismas. Ese era el verdadero problema entre nosotros, como lo había sido entre ella y mi padre. Mi madre trabajaba como voluntaria en el Hospital Infantil y en el Comedor de San Antonio y hacía colectas para la Sociedad de San Vicente de Paul. Ponía velas a los santos. Mi hermano y mis hermanas salían a ella en ese aspecto. Mi padre gozaba maldiciendo el lado oscuro de la vida. Nunca se sentía más vivo que cuando estaba indignado por algo. Por esa razón el acto más importante del día para él  era la lectura del periódico vespertino.
    El nuestro era un periódico terrible, indiferente a la ciudad que lo compraba,indiferente a los descubrimientos médicos -exceptuando nuevos tipos de gases que hacían que se te cayeran las manos al estornudar- indiferente a la política y al arte. Lo suyo era el escándalo, el horror y las coincidencias espeluznantes. Cuando mi padre se sentaba en el cuarto de estar con el periódico mi madre se quedaba en la cocina y mantenía a los niños entretenidos, a todos menos a mí, porque yo era un niño tranquilo que se divertía solo. Me divertía observando a mi padre.
Se sentaba con las rodillas separadas, inclinado hacia delante, los ojos a pocos centímetros de la página impresa. Mientras leía iba asintiendo con la cabeza. A veces decía palabrotas, tiraba el periódico al suelo y paseaba arriba y abajo del cuarto, luego lo recogía y empezaba de nuevo. Durante una temporada adquirió la costumbre de leérmelo en voz alta. Siempre empezaba por los ecos de sociedad, a los cuales llamaba la página de los parásitos. Esta columna comenzó a tener el carácter de una historieta cómica o de un serial, pues los mismos personajes aparecían todos los días, parpadeando ante el flash vestidos de chifón, sosteniendo torpemente sus vasos a beneficio de los huérfanos de la Península, sonriendo detrás de sus gafas de sol en la terraza de un refugio de esquí en la Sierra. A los que más insultaba era a los esquiadores, probablemente porque no podía entenderlos. La actividad misma era inconcebible para él. Cuando mis hermanas fueron al lago Tahoe un fin de semana invernal con unas amigas y volvieron entusiasmadas con la belleza del lugar, mi padre las chafó enseguida.
               -La nieve está sobrevalorada- dijo
Luego venían las noticias, o lo que es ese periódico pasaba por noticias: cadáveres desenterrados en Escocia, antiguos nazis que ganaban unas elecciones, animales poco comunes asesinados, mendigos que morían desnudos en casas heladoras tumbados en colchones rellenos de  miles , o de millones de dólares; sacerdotes que se casaban, actrices que se divorciaban, millonarios del petróleo que construían fantásticos mausoleos en honor de su caballo favorito, casos de canibalismo. Mi padre leía todo esto con una sonrisa fija y cansada.
     Mi madre le animaba a defender alguna causa, a unirse al algún grupo, pero él no quería. Se sentía incómodo con la gente que no era de la familia. Él y mi madre raras veces salían y raras veces recibían invitados, excepto en las grandes fiestas nacionales o privadas. Sus invitados eran siempre los mismos: el doctor Murphy y su esposa, y varios otros amigos que conocían desde la infancia. La mayoría de estas personas nunca se veían fuera de nuestra casa y no se lo pasaban muy bien juntas. Mi padre cumplía con sus obligaciones como anfitrión metiéndose con cada uno por cosas estúpidas que habían dicho o hecho en el pasado y obligándoles a reírse de sí mismos.
   Aunque mi padre no bebía, se empeñaba en mezclar cócteles para los invitados. Nunca servía bebidas sencillas como ron con Coca-Cola o whisky con hielo, sólo bebidas inventadas por él. Les ponía nombres relacionados con la abogacía, tales como "El abogado", "El juez de la horca", "El perseguidor de la ambulancia" o "El portavoz", y describía el brebaje con todo detalle. Contaba largas y complicadas historias casi en un susurro, obligando a todos a inclinarse hacia él, y repitiendo las frases importantes de las historias que contaba mi madre y además la corregía cuando se equivocaba. Cuando los invitados terminaban sus propias anécdotas, él señalaba la moraleja.
   El doctor Murphy tenía varias teorías acerca de mi padre, que solía poner a prueba conmigo en el curso de nuestras sesiones. Para entonces el doctor Murphy había sustituí do sus gafas por lentillas y había adelgazado gracias a unos ayunos que hacía regularmente.A pesar de su calvicie parecía  varios años más joven que cuando venía a las fiestas de casa. Ciertamente no parecía coetáneo de mi padre, aunque lo era.
   Una de las teorías del doctor Murphy era que, al aceptar un puesto de poca responsabilidad en una empresa nada interesante, mi padre había mostrado una conducta clásica de las personas que han sido muy dotados de niños.
   -Tenía miedo de descubrir sus limitaciones -me dijo el doctor Murphy-. Mientras siguiera sellando papeles y redactando testamentos podía continuar creyendo que no tenía limitaciones.
   La fascinación del doctor Murphy por mi padre me hacía sentirme incómodo, era como si le traicionase al escucharle. Mientras vivía, mi padre nunca se habría sometido a un psicoanálisis; me parecía una traición tumbarle en el diván ahora que había muerto.
   En cambio disfrutaba oyendo al doctor Murphy contar sus recuerdos de mi padre cuando era pequeño. Me contó algo que sucedió cuando los dos estaban en los Boys Scouts. Su tropa había hecho una larga caminata y mi padre se había quedado rezagado. El doctor Murphy y los otros decidieron tenderle una emboscada cuando le vieron venir por el sendero. Se escondieron en el bosque a ambos lados y esperaron. Pero cuando mi padre pasó junto a ellos ninguno se movió ni hizo ruido y él siguió su camino sin enterarse de que estaban allí.
   -Tenía una expresión tan dulce en la cara -dijo el doctor Murphy-, escuchando a los pájaros y oliendo las flores, que parecía Fernando el Toro.[torito del dibujo animado de Disney]
   También me comentó que los cócteles de mi padre sabían a medicina.
                                                                                                                        
   Mientras yo volvía a casa en bicicleta al salir de la consulta del doctor Murphy, mi madre estaba angustiada. Se sentía terriblemente sola paro no llamó a nadie porque también se sentía fracasada. Mis mentiras tenían ese efecto sobre ella. Se las tomaba como una ofensa personal. En tales momentos no pensaba en mis hermanas, una felizmente casada, la otra alumna brillante de Fordham. Tampoco pensaba en mi hermano Michael que había dejado la universidad para trabajar en Los Ángeles con niños que se habían escapado de sus casas. Pensaba en mí. Pensaba que ella había destrozado a su familia.

La realidad era que organizaba bien a la familia. Mientras mi padre se estaba muriendo en el piso de arriba, ella nos hizo trabajar con un propósito común. Redactó listas de tareas y nos dio a cada uno una asignación justa. Nos fijó la hora de acostarnos y nos obligó a cumplirla. Nos marcó un horario para hacer los deberes. Responsabilizó a cada niño del que le seguía en edad y a mí me regaló un perro. Nos decía con frecuencia que nos quería. Durante la cena esperaba que cada uno contribuyera de alguna manera y después de cenar tocaba el piano y trataba de enseñarnos a cantar en armonía, cosa que yo no era capaz de hacer. Mi madre, que era admiradora de la familia Trapp, consideraba que esto era un defecto de carácter.
Nuestra vida en común era más ordenada, más sana, mientras mi padre se moría que lo había sido antes. Él nos había fijado unas normas que seguir, no muy distintas de las que nos dio mi madre cuando él cayó enfermo, pero las imponía con arbitrariedad.Aunque se suponía que recibíamos una asignación, siempre teníamos que pedírsela y entonces nos daba demasiado dinero porque le gustaba parecer magnánimo. A veces nos castigaba sin razón, porque estaba de mal humor. Era capaz de decidir, justo cuando una de mis hermanas iba a ir a un baile, que más le valía quedarse en casa y hacer algo para cultivarse. O de repente nos cogía a todos un miércoles por la noche y nos llevaba a patinar sobre hielo.
Cambió cuando se enteró de que tenía cáncer y se volvió más tranquilo a medida que la enfermedad se extendía. Ya no estaba siempre tomándonos el pelo, y de vez en cuando era posible tener una conversación con él que no tratase de la última cosa que le había indignado. Dejó de leer el periódico y pasaba mucho tiempo mirando por la ventana.
Él y yo nos unimos más. Me enseñó a jugar al póquer y a veces me ayudaba a hacer los deberes. Pero no fue su enfermedad lo que nos unió. La reserva entre nosotros había empezado a romperse después del incidente con el oso, en el viaje de vuelta. Michael y mis hermanas estaban furiosas con él por habernos obligado a marcharnos antes de lo previsto y se negaban a hablarle o a mirarle. Él bromeaba: aunque había sido una experiencia horripilante teníamos que resignarnos. Y cosas a sí. A los otros sus bromas les parecían de mal gusto, pero a mí no. Yo había visto lo aterrado que se quedó cuando el oso entró en el campamento. Se había mantenido tan inmóvil que empezó a temblar. Cuando mi madre se puso a tirar las pìedras pensé que él iba a salir disparado. Yo le comprendía, porque también había sentido miedo. Los otros se lo tomaron a juerga una vez que se acostumbraron a tener al oso merodeando, pero para mi padre y para mí era cada vez peor. Me alegré de salir de allí y le agradecí a mi padre que me hubiera sacado. Comprendí que sus bromas eran una forma de dominarse. Así que le respondí con otra broma: "Hay un oso fuera, dijo Tom con intención". Los otros me lanzaron miradas gélidas. Pensaron que le estaba haciendo la pelota. Pero él sonrió.
Cuando pensaba en otros chicos que tenían una estrecha relación con sus padres me los imaginaba cazando juntos,jugando a la pelota, haciendo casas para los pájaros en el sótano, y teniendo largas conversaciones sobre chicas, guerras y carreras universitarias. Puede que la razón de que nosotros tardáramos tanto en llevarnos bien fuese que yo tenía esta idea. Siempre interfería en lo que de verdad teníamos en común, que era un miedo compartido.
Hacia el final mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y yo le observaba. A veces, desde abajo, me llegaba débilmente el sonido del piano de mi madre. En ocasiones él se quedaba traspuesto en su sillón mientras yo le leía; entonces su albornoz se abría y yo veía la larga cicatriz reciente que cruzaba su estómago, roja como la sangre en contraste con su piel blanca. Se le marcaban todas las costillas y sus piernas eran como alambres.
Una vez leí en la biografía de un gran hombre que "murió bien". Supuse que el escritor quería decir que soportó el dolor sin quejarse, que no dio falsas alarmas y que no molestó demasiado a quienes iba a dejar detrás. Mi padre murió bien. Su irritabilidad dio paso a otra cosa, algo parecido a la serenidad. En los últimos días se volvió tierno. Era como si la ira de su vida hubiera sido una especie de miedo a subir al escenario. Manejó a su público -nosotros- con la intuición de un viejo actor que sabe cuándo hacer payasadas y cuándo mostrarse digno. Todos estábamos conmovidos y admirábamos su valor, que era lo que él pretendía. Murió en la planta baja, en un rayo oblícuo del sol de la tarde, el día de Año Nuevo, mientras yo le leía.Estábamos solos en casa y yo no sabía qué hacer. Su cuerpo no me asustaba pero inmediatamente, intensamente, eché de menos a mi padre. Me parecía mal dejarle allí sentado y traté de llevarle al piso de arriba, a su dormitorio, pero esto era demasiado difícil para hacerlo yo solo. Así que llamé a mi amigo Ralphy que vivía enfrente. Cuando entró y vio para qué le llamaba, se echó a llorar pero le obligué a ayudarme de todas formas.Un par de horas después llegó mi madre y cuando le dije que mi padre había muerto, subió corriendo, llamándole.Bajó unos minutos después.
- Gracias a Dios que al menos murió en su cama- dijo.Al parecer eso era importante para ella y no le dije la verdad. Pero esa noche vinieron a visitarnos los padres de Ralphy. Dijeron que estaban horrorizados por lo que yo había hecho y mi madre también lo estuvo cuando escucho la historia, horrorizada y furiosa. ¿Por qué? ¿Porque no le había dicho la verdad? ¿O porque se había enterado de la verdad y ya no podía seguir creyendo que mi padre había muerto en su cama? Realmente no lo sé. 

-Mamá -dije al entrar en el cuarto de estar-, siento lo de la carta. Lo siento de veras.

Estaba poniendo leña en la chimenea y no me miró ni me hablo por un momento. Finalmente acabó, se levantó y se sacudió las manos. Retrocedió unos pasos y miró el fuego que había preparado.
-Me ha quedado bien -dijo-. No está mal para haberlo hecho una tuberculosa. -Mamá, lo siento.
-¿Lo sientes? ¿Qué es lo que sientes, haberlo escrito o que yo lo haya descubierto?
-No pensaba echar la carta al correo. Era una especie de broma.
-Ja,ja- cogió la escoba y barrió trocitos de corteza y los echó dentro de la chimenea, luego corrió las cortinas y se sentó en el sofá- Siéntate -dijo. Cruzó las piernas- ¿Te doy consejos continuamente? -Sí. -¿Sí? Asentí.
               - Bueno, da igual. Es mi obligación. Soy tu madre. Voy a darte algunos consejos más, por tu bien. No hace falta que inventes todas esas cosas, James. Ya sucederán -se puso a jugar con el dobladillo de su falda-. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
-Creo que sí
                    -Te estás estafando a ti mismo, eso es lo que trato de decirte. Cuando llegues a mi edad no sabrás nada de la vida. Lo único que sabrás es lo que te has inventado.
   -Pensé en ello. Parecía lógico
   -Creo que tal vez necesitas salir un poco de ti mismo. Pensar más en otras personas -continúo ella.
   Sonó el timbre.
   -Ve a abrir -dijo  mi madre- Luego hablaremos de esto.
   Era el doctor Murphy. Él y mi madre se disculparon y ella insistió en que se quedara a cenar. Fui a la cocina a buscar hielo para sus bebidas y cuando volví estaban hablando de mí. Me senté en el sofá y les escuché. El doctor Murphy le estaba diciendo a mi madre que no se preocupara.
   -James es un buen chico -dijo-. He estado pensando en mi hijo mayor, Terry. No es enteramente un sinvergüenza, pero tampoco es enteramente honrado. No puedo comunicarme con él. Por lo menos James no es escurridizo.
   -No -dijo mi madre-. Nunca ha sido escurridizo
   El doctor Murphy cruzó las manos entre sus rodillas y se las miró.
   -Pues eso es lo que es Terry. Escurridizo.                                         

Antes de sentarnos a cenar rezó en acción de gracias; el doctor Murphy inclinó la cabeza y cerró los ojos y al final se santiguó, aunque había perdido la fe en la universidad. Cunado me lo dijo, en una de nuestras sesiones, con esas mismas palabras, yo vi la imagen de un sólo impermeable colgado en un perchero delante de un comedor. Bebió mucho vino y volvió insistentemente al tema de su relación con Terry. Reconoció que el muchacho había llegado a desagradarle. Luego mencionó por sus nombres a varios pacientes suyos, a algunos de los cuales conocíamos mi madre y yo, y dijo que también le desagradaban. Utilizaba la palabra "desagradar" con regodeo, como cuando aluien que está a régimen se permite comerse una sola patata frita.
   -No sé en qué me he equivocado -dijo repentinamente, sin que viniera a cuento de nada en particular-. Aunque también es posible que no me haya equivocado en nada. Ya no sé qué pensar. Nadie lo sabe.
   -Yo si sé qué pensar -dijo mi madre.
   -Lo mismo que le pasa al solipsista. ¿Cómo puedes demostrar a un solipsista que no nos está creando a los demás?
   Éste era uno de los acertijos favoritos del doctor Murphy y casi cualquier pretexto le valía para sacarlo a relucir. Era como un niño con un truco de naipes
   -Mándale a la cama sin cenar -contestó mi madre-. que cree eso.
   De pronto el doctor Murphy se volvió hacia mí.
   ¿Por qué lo haces ? -me preguntó.
   Era una pregunta pura, no tenía ningún propósito que no fuera la satisfacción de su curiosidad. Mi madre me miró y su cara expresaba la misma curiosidad.
   -No lo sé  -dije, y ésa era la verdad.
   El doctor Murphy asintió, no porque hubiera previsto la respuesta sino porque la aceptaba.
   -¿Te resulta divertido?
   -No , no es divertido. No puedo explicarlo.
   -¿Por qué es todo tan triste? -preguntó mi madre-, ¿Por qué todas esas enfermedades?
   Tal vez -dijo el doctor Murphy- porque las cosas tristes son más interesantes.
   Para mí no -dijo mi madre.
   -Para mí tampoco -dije yo-. Simplemente me sale así.
   Después de cenar el doctor Murphy le pidió a mi madre que tocara el piano. quería cantar especialmente "Ven a casa,Abbie, la luz de la escalera está encendida".
   -Esa anticualla -dijo mi madre.      Se levantó, dobló cuidadosamente la servilleta y la seguimos al cuarto de estar. El doctor Murphy se quedó de pié detrás de ella mientras mi madre se preparaba. Luego cantaron "Ven a casa, Abbie,la luz de la escalera está encendida" y yo lamenté no tener vos porque sonaba preciosa.   -Vamos, James -dijo el doctor Murphy mientras mi madre tocaba los últimos acordes-. ¿Es que estas viejas canciones no son lo bastante buenas para ti?   -No sabe cantar, sencillamente -dijo mi madre.                                  
                                        
           Cuando el doctor Murphy se fue, mi madre encendió la chimenea y luego hizo más café. Se dejó caer en el sillón medio tumbada, estirando las piernas y moviendo los pies hacia delante y hacia atrás.
   -Ha sido divertido -dijo.
   -¿Papá y tú hacíais cosas así alguna vez?
   -Unas cuantas veces cuando empezamos a salir. Creo que nunca le gustaron. Él era como tú.
   Me pregunté si mis padres habían tenido una buena relación. Él la admiraba y le gustaba mirarla; todas las noches a la hora de cenar nos hacía correr los candelabros ligeramente a la izquierda o a la derecha del centro para poder verla al otro extremo de la mesa. Y todas las noches cuando ella ponía la mesa volvía a colocarlos en el centro. No parecía echarle mucho de menos. Pero la verdad es que yo no lo sabía aunque así fuera, además, tampoco yo le echaba tanto de menos, no como antes. La mayor parte del tiempo pensaba en otras cosas.
   -¿James?
   Esperé.
   -He estado pensando que quizá te gustaría ir a pasar un par de semanas con Michael.
   -¿Y el colegio?
   -Yo hablaré con el Padre McSorley. No le importará. Puede que este problema se resuelva solo si empiezas a pensar en otras personas.
   -Ya lo hago.
   -Quiero decir que ayudes a otros, como hace Michael. No tienes que ir si no te apetece.
   -Me parece bien. De veras. Me apetece ver a Michael.
   -No estoy tratando de librarme de ti.
   -Ya lo sé.
   Mi madre se desperezó, luego dobló las piernas debajo de sí. Bebió un sorbo de café ruidosamente.
   -¿qué significa esa palabra que usó Murphy? ¿Sabes cuál digo?
   -¿Paranoico? Es cuando alguien cree que todo el mundo le persigue. Como esa mujer que siempre te agarra después de misa, Frances.
   -No me refiero a paranoico. Todo el mundo sabe lo que eso significa. Era sol-algo.
   -Ah, Solipsista. Un solipsista es alguien que piensa que él crea todo lo que le rodea.
   Mi madre asintió y sopló su café, luego dejó la taza sin haber bebido.
   -Preferiría ser paranoica. ¿Crees que Frances lo es realmente?
   -Por supuesto. No hay duda.
   -Quiero decir, ¿crees que está verdaderamente enferma?
   -Eso es lo que quiere decir paranoico, estar enfermo ¿Tú que creías mamá?
   -¿Por qué estás tan enfadado?
   -No estoy enfadado -bajé la voz- . No estoy enfadado. Pero tú no te creerás esas historias que te cuenta, ¿verdad?
   - Bueno, no, no exactamente. Yo creo que no sabe lo que dice, sólo quiere que alguien la escuche. Probablemente vive completamente sola en un cuartucho. Así que es una paranoica. Fíjate qué cosas. Y yo sin tener ni idea. James, debemos rezar por ella. ¿Te acordarás de hacerlo?
   Asentí. Pensé en mi madre cantando  "O Magnum Mysterium", dando las gracias por los alimentos, rezando con fácil confianza, y se me ocurrió que su imaginación era superior a la mía. Ella podía imaginar las cosas uniéndose, no haciéndose pedazos. Me miró y yo me encogí; sabía exactamente lo que iba a decir.
   -Hijo, ¿sabes cuánto te quiero?

   Al día siguiente por la tarde cogí el autobús de Los Ángeles. Me apetecía el viaje, la monotonía de la carretera y de los campos vacíos a ambos lados. Mi madre cruzó conmigo el largo vestíbulo abierto. La estación estaba abarrotada de gente y resultaba agobiante.
   -¿Estás seguro de que es éste el autobús que tienes que coger? -me preguntó en el andén.
   -Sí.
   -Parece tan viejo...
   -Mamá...
   -De acuerdo
   Me atrajo hacia sí y me besó, luego me retuvo un segundo más para demostrarme que su abrazo era sincero, no como el de todo el mundo, sin darse cuenta de que todo el mundo hace lo mismo.Subí al autobús y ambos movimos la mano en señal de despedida hasta que resultó embarazoso. Entonces mi madre se puso a buscar algo en el bolso. Cunado terminó yo me levanté y me puse a colocar el equipaje en la rejilla. Me senté y nos sonreíamos, agitamos la mano cuando el conductor puso el motor en marcha, nos encogimos de hombros cuando se levantó repentinamente para contar los pasajeros, nos despedimos de nuevo cuando volvió a sentarse. Cuando el autobús partió mi madre y yo nos estábamos mirando con auténtico alivio.
   Me había equivocado de autobús. Éste iba a Los Ángeles pero no por la ruta más corta. Nos paramos en San Mateo, Palo alto, San José y Castroville. Cuando salimos de Castroville empezó a llover con fuerza; mi ventanilla no cerraba del todo y un fino reguero de agua resbalaba por la pared y caía sobre mi asiento. Para no mojarme tenía que mantenerme apartado de la pared e inclinado hacia delante. Llovía cada vez más. el motor del autobús sonaba como si estuviera deshaciéndose.
   En Salinas el hombre que dormía a mi lado se levantó de un salto, pero antes de que tuviera tiempo de cambiarme de asiento, una mujer enorme que llevaba un vestido estampado y una bolsa de la compra ocupó su sitio.Tomó posesión de su asiento y se derramó hasta ocupar la mitad del mío, obligándome a retroceder hacia la pared.
   -Menuda tormenta -dijo en voz alta, luego se volvió y me miró-. ¿Tienes hambre?
   Sin esperar respuesta, metió la mano en su bolsa, sacó un pedazo de pollo y me lo dio.
   -¡Vaya por Dios! -gritó-¡Miren cómo devora ese muslo de pollo!
   Algunas personas se volvieron y sonrieron. Les devolví las sonrisas sin dejar de comer. Cuando terminé ese trozo, ella me dio otro, y luego otro más. Después empezó a repartir pedazos de pollo a la gente que iba cerca de nosotros.
   En las afueras de San Luis Obispo el ruido del motor se hizo más fuerte de repente y luego paró por completo. El conductor se echó hacia un lado de la carretera y se apeó; volvió a subir chorreando.Unos minutos más tarde nos anunció que el autobús se había averiado y que enviaban otro a recogernos. Alguien preguntó cuánto tardaría y el conductor dijo que no tenía ni idea.
   -¡Tómenselo con calma! -gritó la mujer que iba a mi lado-. El que tenga prisa por llegar a Los Ángeles debería ir al psiquiatra.
   El viento soplaba con fuerza alrededor del autobús, empujando cortinas de lluvia contra las ventanillas de ambos lados. El autobús se balanceaba suavemente. Fuera la luz era parda y densa. La mujer que iba a mi lado interrogó a todos los que nos rodeaban respecto a sus itinerarios y dijo si conocía o no el lugar a donde iban o de donde venían.
   -¿Y tú?-me dio una palmada en la rodilla-. ¿Tus padres tienen una granja de pollos? ¡Espero que sí!
   Se río. Le dije que era de San Francisco
   -San Francisco, allí era donde estaba destinado mi marido.
   Me preguntó que hacía allí y le dije que trabajaba con refugiados tibetanos.
   -¿Sí? ¿Y que haces con una pandilla de tibetanos?
   -Me parece a mí que hay muchos otros sitios donde podían haber ido -dijo un hombre que iba sentado delante de nosotros-. Cruzar la frontera de esa manera...Nosotros no vamos allí.
   -¿Qué haces con una pandilla de tibetanos? -repitió la mujer.
   -Intento encontrarles trabajo, les busco alojamiento, escucho sus problemas.
   -¿Entiendes ese habla?
   - Sí.
   -¿Lo hablas?
   -Bastante bien. Nací y me crié en el Tibet. Mis padres eran misioneros allí.
   -Todo el mundo esperó.
   -Los asesinaron cuando entraron los comunistas.
   La mujer gorda me dio unas palmaditas en el brazo.
   -Estoy bien -dije.
   -¿Por qué no nos dices algo en tibetano?
   -¿Qué quiere que diga?
   -Dí "la vaca saltó por encima de la luna"
   Me observó, sonriendo, y cuando terminé miró a los otros y movió la cabeza.
   -Qué bonito. Es como música. Di algo más.
   -¿Qué?
   -Cualquier cosa.
   Se inclinaron hacia mí. De pronto las ventanillas quedaron cegadas por la lluvia. El conductor se había dormido y roncaba suavemente mecido por el balanceo del autobús. Fuera la luz cenagosa se volvió amarillo pálido por un instante y se oyó un trueno a lo lejos. La mujer que iba a mi lado se recostó en su asiento y cerró los ojos  y entonces todos los demás hicieron lo mismo mientras yo les cantaba en lo que sin duda era una lengua antigua y sagrada.





Tobias WolffCazadores en la nieve, Alfaguara, 2005


martes, 10 de marzo de 2015

ZURBARÁN pintor de incandescencias y bodegones





Katharine Kuh (1904-1994), crítica de arte, conservadora del Instituto de Arte  de Chicago, y galerista, relata en Mi historia de amor con el arte moderno , la fascinación que le produjo    San Serapio  de Zurbarán   y su empeño  para que lo adquiriera el Museo. Pero la autenticidad del cuadro fue cuestionada y la compra no se llevó a cabo. Con ese motivo  explica la dificultad de definir el concepto de autenticidad en una obra arte y lo expone con dos acertados ejemplos uno de Picasso (y el criterio de calidad) y otro de Leonardo (el criterio de autoría material), y  explica qué  impidió que el Museo de Chicago adquiriera  "este incandescente lienzo de Zurbarán" :

                                                Francisco de Zurbarán, San Serapio,1628,íl/lz, 121 x 104, Hartford.
                         
                                        
" En cierta ocasión se presentó en mi despacho del Instituto de Arte un señor con dos pequeños dibujos que portaban la etiqueta de "Picasso". Los dos me parecieron un tanto insustanciales. Incluso en sus años adolescentes, Picasso había estado por encima de tamañas fruslerías; o al menos eso creía yo. Sin embargo, para cerciorarme sugerí que se enviara una foto de los dibujos al artista. debo confesar que no me había esperado ninguna respuesta. Pero, al poco tiempo, recibimos un sobre con las fotos de marras, en cada una de las cuales aparecía escrito: "c'est de moi, Picasso". Esta anécdota nos da derecho a pensar en la gran cantidad de obras de tercera clase que deben estar incorrectamente  consideradas como falsas. El problema de la autentificación es que siempre ha defendido demasiado de juicios cualitativos. No nos gusta saber que un gran artista ha podido tener un mal día.¡Qué humilde me sentí al recibir aquellas fotos con la contestación del artista!      
   El concepto de autenticidad es en efecto bastante problemático. ¿Cómo debemos juzgar La Última Cena de Leonardo, que se halla en Milán? ¿Podemos afirmar que , después de tantas restauraciones, resulta visible una sola y auténtica pincelada del artista? Esta pintura, verdadero icono del arte occidental, ha sufrido demasiados golpes, tanto por parte del hombre como de la naturaleza. Además, los propios contemporáneos del artista nos informas de que, ya desde el principio, la pintura fue inhabitualmente frágil, debido probablemente al mal secado de su fondo de yeso. ¿Cómo hemos de considerar entonces esta obra maestra: como una obra original de Leonardo o como el resultado de múltiples retoques?        
   En el Instituto de Arte de Chicago, durante cierto tiempo se acarició la idea de comprar San Serapio, una preciosa composición religiosa de Zurbarán, y al final el museo decidió hacerlo previa aprobación de los fideicomisarios.Cada día estábamos más entusiasmados con la obra, pero finalmente devolvimos el óleo a su propietario neoyorquino, el marchante David Koetser. Tras un detenido examen con rayos ultravioleta, descubrimos que la superficie del lienzo estaba bastante desgastada y que la mano izquierda del santo estaba completamente repintada. Además varias partes de la oreja, mandíbula y cuello habían sido también retocadas. Muchos años después, al contemplar San Serapio  colgado de las paredes del Ateneo de Wadsword, Hartford, el lienzo me pareció mas bello que nunca, y desde entonces no he dejado de preguntarme qué es lo que constituye realmente la autenticidad. "

En esta representación de San Serapio, -fraile mercedario  martirizado en en el norte de África en el siglo XIII- los  pliegues del hábito  ocupan la mayor parte del lienzo  y crean una  monumentalidad luminosa que contrasta con el fondo  abstracto  que sugiere un ilimitado  vacío. Aunque es una imagen de martirio  el pintor ha huido  de lo melodramático  y truculento para trasmitir el dolor a través de la  agitación e iluminación de los paños, el abandono del cuerpo y   el patetismo del rostro, 
El joven Zurbarán se muestra ya como  un prodigioso  pintor de blancos  y texturas :la blanca lana  del hábito está construida con numerosos matices de color  y tonos propios de un gran colorista  para lograr la luminosidad que surge del  interior y lleva a Katharine Kuh a hablar de  incandescencia. A la derecha de la figura en una pequeña cartela  -pintada como si perteneciera a otra realidad, la del espectador, y hubiera sido adherida al lienzo- están la firma y la fecha. 
Francisco de Zurbarán (Fuendecantos 1598-Madrid,1664)  es uno de los grandes pintores del barroco español, de la misma generación que Velázquez del que fue  amigo. Cultiva la forma escultórica y el claroscuro acentuado de influencia caravaggista que Velázquez abandonaría pronto.San Serapio  que es una pintura  tratada con  el naturalismo y el tenebrismo del Barroco, refleja el ideario  de la Contrarreforma en uno de sus temas preferidos:el martirio.El  santo no está idealizado, podría ser el mismo Zurbarán ( del que no queda ni retrato ni autorretarto conocidos) o un joven labrador, cualquiera... Eso es lo que pedía la Iglesia que se representara a los santos de forma que el fiel comprendiera que  él también podría llegar a la santidad.Sucedía en la católica España del siglo XVII, -todavía gran potencia política- y en la que la Iglesia era tan  poderosa como es difícil de entender hoy . 
Zurbarán es un artista sin retórica y representa la más elevada religiosidad con entrega y sin esfuerzo. Sus imágenes reflejan el repertorio  preferido contrarreformista: cristos, inmaculadas , vidas de santos y mártires.Logra conmover  con su sencillez compositiva y elevada espiritualidad. Es un gran pintor de monjes porque sus clientes  más importantes  fueron las órdenes religiosas. 

También fue un  pintor de bodegones en los que como el cartujo Sánchez Cotán  logra  con sabiduría  dotar a  lo humilde cotidiano  de misterio y trascendencia.



Realizó su aprendizaje en Sevilla donde conoció  a Velázquez que muchos años después le recomendaría en la Corte para participar en la decoración  del Salón de los Reinos. En Madrid tuvo que realizar escenas bélicas y mitologías y en  Los trabajos de Hércules  quedan patentes sus limitaciones en la  composición y el desnudo; No destacó en estos géneros y regresó a Sevilla  donde le llovían encargos de conventos y monasterios.
En los   retratos femeninos "a lo divino"  representa a santas como elegantes damas  con algún atributo que hace referencia a su  biografía espiritual y muestra que son en realidad imágenes religiosas 
Juan Antonio Gaya Nuño escribió  que Zurbarán fue un Velázquez sin suegro, como si no tuviera la fama merecida debido a ello. Aludía al gran "marchante"  que fue  Pacheco para Velázquez que supo valorarle, promocionarle y proyectarle hasta la Corte de Madrid. Pero Zurbarán y Velázquez son distintos. Los libros de la pequeña pero selecta biblioteca de Velázquez,  lo complejo de sus composiciones, su comprensión de cómo funciona la visión,  la amplitud del ambiente  social en que se movía  como funcionario en la corte del mayor monarca del mundo,  los viajes... En Velázquez  el talento es más dilatado: lo componen un total dominio técnico, una  certera intuición, un  potente pensamiento visual,una indagadora capacidad de innovación y riesgo, un  vigor  intelectual que se pueden percibir cada vez que alguien se sitúa frente al misterio de  Las meninas o de Inocencio X..., o cualquiera de sus obras.
 Relacionado: 
Sánchez Cotán pintor de bodegones

Katharine Kuh, Mi historia de amor con el arte moderno, Turner-F. de Cultura E. 2007




jueves, 1 de enero de 2015

LA SESIÓN ESPIRITISTA




"...Aunque el relato breve no está en boga en nuestros días, todavía creo constituye el supremo desafío para el autor creativo. A diferencia de la novela, que puede absorber e incluso admitir largas digresiones, escenarios retrospectivos y una estructura dispersa, el relato breve debe apuntar directamente a su clímax. Debe caracterizarse por una permanente tensión e intriga. Además, la brevedad es su misma esencia. El relato breve debe contar  con un plan definido; no puede ser lo que en la jerga literaria se conoce como " un trozo de vida real".Los maestros del relato breve, Chéjov, Maupassant, así como el sublime escriba de la historia de José en el Libro del Génesis, sabían exactamente  hacia dónde se dirigían. [...] La auténtica literatura  es única y a la vez general, nacional y al mismo tiempo universal, realista y mística. [...]"  I.B.SINGER                      
Cuentos de I.B.Singer. de RBA, se inicia con este breve pero denso prólogo del autor para la edición americana de 1981. Sus temores de que "...el relato breve no está en boga en nuestros días", tal vez se hayan disipado y los buenos lectores corrientes, los que sin conocer teoría literaria se dejan arrastrar más y más por la literatura, hayan acabado valorando las cualidades del buen cuento que señala Singer. Por último, su afirmación de que la auténtica literatura sea a la vez  realista y mística se adecua bien a   La sesión espiritista del post.

-Algunos datos biográficos sobre el autor en : I.B.SINGER y el amigo de Kafka -I- 

                                     


                                            I                        
Verano de 1946. En Central Park West, el salón de la señora Koptzky está iluminado por una sola bombilla roja; la cubre una pantalla decorada con dibujos realizados de modo automático por la propia señora Kopitzky: círculos con ojos, flores con bocas y copas con dedos. De las paredes del salón cuelgan las pinturas que Lotte Kopitzky realizó en estado de trance bajo la dirección de su guía espiritual, Bhaghavar Krishna: un sabio hindú que supuestamente vivió en el siglo IV. Fue él quien pintó el pavo real de cola dorada, en cuyo interior, junto a la imagen de Buda, aparecen los árboles de otro mundo cargados con marañas de fibras y frutos fantásticos, así como las jóvenes mujeres del planeta Venus con brazos en forma de ramas, orejas de las que cuelgan mallas de plata y órganos de telepatía. Sobre los cuadros, así como sobre los viejos muebles y las estanterías repletas de libros, flotan sombras rojizas. Las ventanas están tapadas por un pesado cortinaje.        
                           
   Sentado junto a la mesa redonda, sobre la cual hay un tablero de ouija, una trompeta y una rosa marchita, está el doctor Zórej Kalisher, un hombre menudo, de anchos hombros, calvo por delante y con escasos mechones, entre rubios y grises, por detrás. Bajo sus espesas cejas amarillentas asoman un par de pequeños y penetrantes ojos. El doctor Kalisher casi carecía de nuca; su cabeza descansaba directamente sobre sus anchos hombros, dándole el aspecto de una primitiva estatua africana. Su nariz era curvada, chata en su parte superior y partida en dos en la punta. en su mentón brotaba levemente lo que podía ser el resto de una barba o simplemente una verruga cubierta de pelo. El rostro cubierto de arrugas revelaba un mal afeitado y un aspecto desaseado. Vestía chaqueta de pana negra, camisa blanca, plagada de manchas de ceniza y café, y una torcida corbata de lazo.
   Cuando conversaba con la señora Kopitzky empleaba una rara mezcla de  de yiddish y alemán.
   -¿Por qué tarda tanto nuestro amigo Bhaghavar Krishna? ¿Se habrá extraviado entre las esferas celestiales?
   -Doctor Kalisher, no me meta prisa -respondió la señora Kopitzki-. Nosotros no podemos darles órdenes a ellos...No conocemos sus motivos y sus caprichos. Tenga usted un poco de paciencia.
   -Bueno, si se debe tener, se tiene.
   El doctor Kalisher tamborileó sobre la mesa con los dedos. en cada uno de ellos había brotes de una barbita pelirroja. La señora Kopitzki apoyó la cabeza sobre el respaldo de el sillón, cerró los ojos y se preparó para entrar en trance. A la luz de la bombilla roja se podía apreciar  su pelo recién teñido, oscuro y sin brillo, ondulado en pequeños rizos; el rostro cubierto de colorete, la ancha nariz, los elevados pómulos y los ojos separados y marcadamente delineados por el rimel. El doctor Kalisher a menudo bromeaba diciendo que tenía aspecto de un bulldog pintarrajeado. Su esposo, Leon Kopitzky, dentista, había fallecido hacía dieciocho años sin dejar hijos. La viuda se mantuvo gracias a la pensión anual de una compañía de seguros. Aunque en el año 1929 había perdido una fortuna en el crac de Wall Street, recientemente había empezado de nuevo a comprar acciones y valores guiándose por el tablero ouija, la planchette y la bola de cristal. La señora Kopitzky llegó  a pedir a Bhaghavar Krishna indicaciones para apostar a las carreras. En unos pocos casos él había revelado en sueños los nombres de los caballos ganadores.
                                                       
   El doctor Kalisher agachó la cabeza y se cubrió los ojos con las manos. Entre dientes, como suelen hacerlo las personas solitarias, se dijo :"Bien., ya he  hecho el tonto suficiente. Esta es la última noche. Uno se harta incluso de kreplej".
   -¿Ha dicho usted algo, doctor?
   -¿Cómo dice? No, nada.
   "Qué trance ni que zarandajas -refunfuñó para sus adentros el doctor Kalisher-, el "espíritu" se ha retrasado, eso es todo. ¿A quién piensa estar engañando? Está loca, meshugue."[hebreo: chiflado]
   Y sin embargo, en voz alta dijo:
   -No la estoy apremiando. Dispongo de mucho tiempo. Si como dicen los americanos es cierto que el tiempo es dinero, yo soy un segundo Rockefeller.
   La señora Kopitzky abrió la boca para contestar, dejando a la vista su dentadura postiza, mientras le temblaba la papada con todas sus verrugas. De pronto, echó hacia atrás la cabeza y suspiró. Con los ojos cerrados, resopló. El doctor Kalisher la miró expectante y a la vez con tristeza. Aunque él no había oído el sonido de la puerta al abrirse, la señora Kopitzky, que probablemente tenía el agudo sentido auditivo de un animal, sí lo oyó. El doctor Kalisher se restregó las sienes y la nariz y tiró de su breve barba.
   Hubo un tiempo en que había intentado comprenderlo todo mediante la razón, pero ese periodo de racionalización hace mucho que quedó atrás. Desde entonces había elaborado una filosofía antirracionalista, una especie de extremo hedonismo que consideraba el erotismo como el Ding an sich,  y la razón como el más bajo grado del ser, la entropía que llevaba a la muerte defintiva. Su postura era una curiosa combinación de la idea del inconsciente en Hartmann y de la Cábala del rabí Isaac Luria, según la cual todas las cosas, desde el más diminuto grano de arena hasta la misma divinidad, son Cópula y Unión. Fue por razón de este sistema de pensamiento  que el doctor Kalisher llegó a Nueva York desde París en 1939, dejando atrás en Polonia a su padre rabino, a su esposa, que se negó a divorciarse de él, y a una amante, Nela, poetisa, con quien convivió durante algunos años en Berlín y luego en París. Al mismo tiempo que el doctor Kalisher viajaba a Estados Unidos, Nela viajó a Varsovia para visitar a sus padres. Él tenía pensado hacerla venir cuando encontrara en Estados Unidos un traductor, un editor y tal vez un puesto en alguna de las universidades norteamericanas.
   En aquellos días el doctor Kalisher aún mantenía sus esperanzas. Le habían ofrecido una cátedra en la Universidad Hebrea de Jerusalén; un editor de Palestina estaba a punto de publicar uno de sus libros, y sus ensayos habían salido a la luz en Zurich y en París. Pero con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su vida comenzó a degradarse. Su agente literario murió de repente; su traductor era un inepto y, para colmo, huyó con una buena parte del manuscrito, del cual no conservaba copia. en la prensa yiddish, por alguna extraña razón, los críticos le habían vuelto la espalda y dejaron entender que era un charlatán. Las organizaciones judías que le habían invitado a una serie de conferencias, cancelaron su gira. antes pensaba, de acuerdo con su filosofía particular, que todos los sufrimientos no eran más que expresiones negativas del erotismo universal: que Hitler, Stalin y los nazis que cantaban la canción del Horst Wessel y obligaban a los judios a llevar brazaletes amarillos, en realidad, buscaban nuevas formas y variaciones de realización sexual. Pero el doctor Kalisher comenzó a dudar sobre su propio sistema y cayó en la desesperación. Se vio obligado a abandonar el hotel donde vivía para trasladarse a una habitación amueblada y más económica. Deambulaba vestido con ropa desgastada, se pasaba los días enteros en cafeterías, bebiendo interminables tazas de café y fumando cigarros baratos, y apenas conseguía sobrevivir gracias a los pocos dólares que recibía cada mes de una asociación caritativa. A través de los inmigrantes con los que mantenía contacto, le llegaban toda clase de rumores acerca de visados para quienes se habían quedado atrás en Europa; posibilidad de enviarles paquetes con alimentos y medicinas por medio de varias agencias, y procedimientos para hacer venir a América parientes de Polonia, a través de Honduras, Cuba, Brasil. Él, sin embargo, Zorej Kalisher, no pudo salvar de los nazis a nadie. De Nela le había llegado una sola carta y no supo más de ella.
   En Nueva York, el doctor Kalisher se dio cuenta de hasta qué punto se sentía unido a su amante. Sin ella se tornó impotente.
                                                 


                                     II

Todo se desarrolló exactamente del mismo modo que el día anterior y el precedente. Bhaghavar Krishna comenzó a hablar por boca de la señora Koptzky, con voz mitad masculina mitad femenina, en inglés con marcado acento extranjero y con los mismos errores de pronunciación y gramática que ella. Lotte Kopitzky provenía de un shtetl situado en los montes Cárpatos. El doctor nunca llegó a adivinar su nacionalidad: ¿húngara, rumana, galitziana? No hablaba ni polaco ni alemán, aunque sí un poco de inglés. Incluso su yiddish se había corrompido tras muchos años en América. De hecho, se había quedado sin lengua propia., y Bhaghavar Krishna utilizaba sus diversas jergas. El doctor Kalisher había preguntado en los primeros tiempos a Bhaghavar Krishna  por los detalles de su existencia terrenal, pero el gurú había había contestado que en las mansiones celestiales donde residía lo había olvidado todo. Solo podía recordar que había vivido en los alrededores de Madrás. Ni siquiera sabía que en esa parte de la India se hablaba el tamil. Cuando el doctor Kalisher trató de conversar con él acerca del sánscrito, del Mahabharata, del Ramayana o del Sakuntala, Bhaghavar Krishna había replicado que ya no le interesaba la literatura terrestre. No conocía más que unos pocos folletos y revistas teosóficas y espiritualistas, las mismas a las que estaba suscrita la señora Kopitzky.   
   Para el doctor Kalisher, todo aquello era una gran bufonada. Pero cuando uno vive en una habitación plagada de chinches y tiene el estómago estropeado por la comida de las cafeterías, si además uno es sexagenario y carente de familia, se vuelve tolerante con toda clase de chiflados. Alguien le había presentado a la señora Kopitzky en el año 1942,y desde entonces había tomado parte en decenas de sus sesiones, había leído sus escrituras automáticas, admirado sus pinturas también automáticas y escuchado sus sinfonías igualmente automáticas. En unas pocas ocasiones había pedido a la señora Kopitzky algún dinero como préstamo, que él no estaba en condiciones de devolver. Comía en su casa; cenas vegetarianas, puesto que la señora Kopitzky no tocaba la carne, ni el pescado ni la leche, ni los huevos, sino solo frutas y verduras, producto de la madre tierra. Se especializaba en preparar ensaladas con nueces, almendras, granadas y aguacates. 
   En un principio, Lotte Kopitzky intentó arrastrarle a una relación amorosa. Todos los espíritus  estaban de acuerdo en que Lotte Kopitzky y Zorej Kalisher derivaban del mismo origen espiritual: La gran logia blanca. Incluso Bhaghavar Krishna mostró inclinaciones de casamentero. Ella le trasmitía constantemente al doctor Kalisher saludos de los maestros conectados con el Tibet, Atlantis, la Jerarquía Celestial, el Shambala, el Cuarto Reino de la Naturaleza y el Consejo de Sanat Kumara. Al igual que en la Tierra, en los primeros años cuarenta, en el cielo se estaban cocinado toda clase de crisis. Los propios poderes se habían realineado, y los miembros de los Ashrams se preparaban para la guerra contra el mal cósmico. La jerarquía había dispuesto proyectores destinados a iluminar el planeta Tierra, con el fin de encontrar hombres y mujeres esotéricos dispuestos a servir para fines especiales. La señora Kopitzsky había asegurado al doctor que le asignaron un importante papel en el renacimiento universal. Solo que él había descuidado su misión y había decepcionado a los maestros. Prometió telefonear a la señora Kppitzky y no lo hizo.Pasó unos meses en Filadelfia sin enviarle siquiera una postal y regresó a Nueva York sin comunicárselo. Cunado la señora Kopitzky topó con él en una cafetería de máquinas automáticas, en la Sexta Avenida, él llevaba un abrigo roto, una camisa sucia y zapatos tan desgastados que ya no tenían tacón. Ni siquiera había solicitado la nacionalidad norteamericana, pese que según la ley los inmigrantes tenían derecho a ella sin necesidad de salir del país para conseguir el visado.

                                             
Ahora, en el año 1946, todo lo que la señora Kopitzky le había profetizado se había hecho realidad. Todos los allegados habían pasado al otro lado: su padre, sus hermanos, sus hermanas y también Nela. Bhaghavar Krishna le traía mensajes de ellos. Los maestros aún lo recordaban  y todavía conservaban planes para él en relación con el Congreso del Centenario de la Jerarquía. Incluso el hecho de que su familia había perecido en Treblinka, en Maidanek, en Stuthof, estaba estrechamente relacionado con los poderes de la luz, el desarrollo del karma, el nuevo ciclo después de Lemuria, y con la meta de conducir a la humanidad a una nueva ascensión del amor y de una nueva época acuífera. 
Durante las últimas semanas, la señora Kopitzky no se contentaba con evocar el espíritu de Nela en la forma acostumbrada.Le ofreció al doctor Kalisher la rara oportunidad de entrar en contacto con la figura materializada de Nela. La cosa se organizó del siguiente modo: Bhaghavar Krishna le hacía una señal al doctor Kalisher para que recorriera a oscuras el pasillo que llevaba al dormitorio de la señora Kopitzky. Allí , en la oscuridad, al lado de la cómoda, flotaba una aparición que supuestamente correspondía a Nela uy que le murmuraba en polaco al oído palabras cariñosas, así como le transmitía mensajes de amigos y familiares. Bhaghava Krishna habita advertido una y otra vez al doctor Kalisher que no intentara tocar al fantasma, ya que el contacto podría causar un grave daño tanto a él como a la señora Kopitzky. Las pocas veces que él intentó acercarse, ella le eludió hábilmente. Ahora bien, por muy confundido que el doctor Kalisher se sintiera con estas peripecias, era consciente de que se trataba de un fraude. La mujer que aparecía ante él no era Nela, no tenía ni su voz ni su estilo; y los mensajes que decía haber recibido no demostraban nada. Todos esos nombres se los había mencionado él  a la señora Kopitzky y ella le había sonsacado los detalles. Con todo, al doctor Kalisher le quedaba una desazón, una curiosidad :¿quién era la muchacha de la aparición? ¿y por qué se había prestado a ella? Probablemente por dinero. Pero si era así, el hecho de que la señora Kopitzky de contratar un fantasma demostraba que no sólo se engañaba a sí misma sino que estafaba a otros. Cada ver que el doctor Kalisher recorría el oscuro pasillo, murmuraba: "Está chiflada, meshugue, una mujer ridícula".
Aquella noche, el doctor Kalisher apenas pudo esperar a que llegara la señal de Bhaghavar Krishna. Estaba harto de esas insensateces. Durante años había padecido de la próstata y en el presente necesitaba ir a orinar cada media hora. Un médico de Varsovia, que no contaba con permiso para practicar en Norteamérica pero que lo hacía cladestinamente, le había advertido de que no debía aplazar una intervención quirúrgica, pues de lo contrario podrían surgir complicaciones. Pero Kalisher no tenía el dinero para ello, ni tampoco la voluntad para entrar en el hospital. Intentó curarse a sí mismo mediante baños, bolsas de agua caliente y unas píldoras que se había traído de Francia; incluso había probado  a aplicarse masaje en la glándula prostática. Por regla general, en cuanto llegaba a casa de la señora Kopitzky, entraba en el cuarto de baño, pero aquella tarde no lo había hecho. Sintió una presión en la vejiga.Sus intestinos se retorcían debido a las verduras crudas que le había dado de comer la señora Kopitzky ."Soy demasido viejo para esos placeres", murmuró. Cuando Bhaghavar Krishna habló, el apenas escuchaba. "¿Qué estará balbuciendo esta idiota? Ni siquiera es un ventrílocua decente", pensó.
                                                    
En el momento que Bhaghavar Krishna hizo la señal habitual, el doctor Kalisher se puso en pie. Siempre le habían molestado las piernas, pero nunca le temblaron como aquella noche. "Bien, voy a ir primero al baño", decidió. Llegar hasta el baño en la oscuridad no era fácil. Vacilante, caminó con los brazos extendidos, intentando llegar a tientas. Cuando alcanzó el cuarto de baño e intentó abrir la puerta, alguien desde dentro dio la vuelta al pomo. "Es ella la muchacha", se dijo a sí mismo. El estupor hizo que olvidara que estaba allí. "El fantasma de Nela, al parecer, ha entrado aquí a cambiarse de ropa". Se sintió sobrecogido de vergüenza, por sí mismo y por la señora Kopitzky. "¿Para qué necesita esto? ¿Para quién está representando esta comedia?" Su vista se acostumbró a la oscuridad. Percibió la silueta de la muchacha. el cuarto de baño tenía una ventana a la calle y el reflejo de la luz de una farola penetraba por ella. La muchacha era de baja estatura, hombros algo anchos y  busto prominente. Parecía estar en ropa interior. El doctor Kalisher se quedó hipnotizado. Quiso gritar: "¡Basta! La estafa es evidente". Pero su lengua se había paralizado. El corazón le palpitaba con fuerza y podía oír su propia respiración. 
Transcurrido un rato, comenzó a volver sobre sus pasos, aturdido y andando a ciegas. Tropezó con un perchero y topó con su cabeza contra la pared. algo cayó al suelo y se rompió. ¿Quizá una de las esculturas del otro mundo, pertenecientes a la señor Kopitzky? En ese instante empezó a sonar el teléfono en al pasillo, con un timbre excepcionalmente alto y alarmante. El doctor Kalisher tembló.De pronto en el contacto con sus calzoncillos sintió un cierto calor. Se había mojado como un niño.
                                                                               III
"Bueno, he tocado fondo -murmuró para sí el doctor Kalisher-. Estoy listo para chatarra". Quiso volver atrás. No solo su ropa interior sino también sus pantalones estaban húmedos.Esperaba que la señora Kopitzky fuera a contestar al teléfono; más de una vez sucedía que llamaban, despertándola de su trance, y comenzaba a hablar de acciones, bonos y dividendos. Pero esta vez el teléfono siguió sonando y nadie acudió a responder a la llamada. en ese momento se dio cuenta de lo que había hecho: había cerrado la puerta que daba entrada al salón y por esa razón no entraba la luz roja que normalmente le ayudaba a encontrar el camino de vuelta. "Me iré a mi casa"; decidió. quiso ir hacia la puerta de la calle, pero en aquel apartamento laberíntico había perdido el sentido de la orientación. Su mano tocó un pomo y lo giró. Oyó un grito apagado. Se había metido de nuevo en el cuarto de baño, donde al parecer no había interiormente ningún cierre ni cadena. Otra vez vio a la mujer en corsé, pero ahora con el rostro a media luz. En esa fracción de segundo pudo advertir que era una mujer de mediana edad.
-Le ruego me disculpe- murmuró retrocediendo. El teléfono paró de sonar, y luego comenzó ce nuevo. De pronto el doctor Kalisher vio entrar un rayo de luz roja y oyó los pasos de la señora Kopitzky hacia el teléfono. Se quedó parado y exclamó, entre afirmación y pregunta:
-¡Señora Kopitzky! La señora Kopitsky se sobresaltó:
-¿Ha terminado ya?
-No me siento bien. Me voy a mi casa -tartamudeó el doctor.
-¿Que no se siente bien? ¿Adónde quiere ir? ¿Qué le pasa? ¿El corazón?
-Todo a la vez.
La señora Kopitzky se acercó a él, lo tomó del brazo y lo condujo de vuelta al salón. El teléfono siguió sonando y finalmente paró de llamar.
-Ha sentido una presión en el corazón, ¿eh? -preguntó la señora Kopitsky-. Acuéstese en el sofá. Llamaré a un médico.
-No, no, no hace falta.
                                                           

-Le daré un masaje.

-Es mi vejiga, que no está bien, mi glándula prostática.
-¿Qué dice? Encenderé la luz.
quiso pedirle que no lo hiciera, pero era demasiado tarde, pues ya había encendido varias lámparas. Le deslumbraba la luz. Ella se paró a mirarle a él y a la vez a sus pantalones mojados. Moviendo la cabeza de un lado a otro, dijo:
-Esto es lo que ocurre cuando se vive solo.
-Verdaderamente me avergüenzo.
-¿Qué vergüenza hay en ello? Todos nos hacemos mayores; nadie se hace más joven. ¿Ha estado usted en el cuarto de baño?
El doctor Kalisher no respondió.
-Espere un momento, todavía conservo su ropa. Tuve el presentimiento de que alguna vez la necesitaría.
La señora Kopitzky salió de la habitación. El doctor Kalisher se sentó prudentemente en el borde de una silla, cubriéndola antes con su pañuelo. Permaneció sentado, rígido, mojado, con un sentimiento de culpabilidad infantil y desamparo y, sin embargo, con esa serenidad interior que acompaña a la enfermedad. Siempre sintió, durante años, temor de los médicos, los hospitales y, especialmente, de las enfermeras que, dejando a un lado su timidez femenina, tratan a los hombres adultos como si fueran niños.
Ahora estaba preparado para las últimas degradaciones de su cuerpo. "Bueno, estoy acabado, kaput -e hizo un rápido examen de su existencia-: ¿Filosofía? ¿Qué filosofía? ¿Erotismo? ¿Erotismo de quién?" Había estado jugando con palabras durante años, sin haber llegado a conclusión alguna.. Lo que le había sucedido a él y en su entorno, en Polonia, en Rusia, en los planetas, en las lejanas galaxias, no podía ser reducido, ni a la voluntad ciega de Schopenhauer ni al erotismo de Kalisher. Tampoco encontraba explicación en la sustancia de Spinoza, en las mónadas de Leibnitz, en la dialéctica de Hegel o en el monismo de Heckel. "Todos ellos hacen juegos malabares con las palabras igual que la señora Kopitzky. Menos mal que no llegué a publicar todos aquellos garabatos míos. ¿Qué hay de bueno en estas absurdas hipótesis? No sirven de ninguna ayuda..."Elevó la mirada hasta los cuadros de la señora Kopitzky en la pared, que al resplandor de la luz parecían pintarrajos de niños de colegio. Desde la calle llegaban los bocinazos de los coches, los gritos de los muchachos, el atronador eco del metro al pasar un tren. Se abrió la puerta y entró la señora Kopitzky con una pila de ropa: una chaqueta, pantalones, una camisa y una muda. La ropa olía a naftalina y polvo. Le preguntó al doctor:
-¿Ha estado usted en el dormitorio?
-¿Cómo dice? No.
-¿Nela no se materializó?
-No, no se materializó.
-Bien, cámbiese la ropa. No se sienta violento por mi presencia.
Colocó la pila sobre el sofá y se inclinó hacia el doctor Kalisher con la devoción de un familiar, mientras le decía:
-Se quedará usted aquí. Mañana enviaré a alguien para que traiga sus cosas.
-No.No tiene sentido.
-Yo sabía que esto iba a suceder desde el momento que fuimos presentados aquella noche en la Segunda Avenida.
-¿Cómo es eso? Bueno, da igual.
-Ellos me anticipan las cosas. Miro a alguien y sé lo que será de él.
-¿Conque sí? ¿Cuándo voy a fallecer?
-Tiene usted muchos años por delante todavía. Se le necesita aquí. Tiene que terminar su trabajo.
-Mi trabajo tiene el mismo valor que los fantasmas de usted.
-Los fantasmas existen. ¡Claro que existen! No sea tan cínico. Velan por nosotros desde arriba, nos llevan de la mano, miden nuestros pasos. Somos mucho más importantes que lo que usted imagina para el renacer cíclico del universo.
                                                    
Quiso preguntarle: "Si es así, por qué tenía usted que contratar a una mujer para engañarme?", pero guardó silencio. La señora Kopitzky salió de nuevo del salón. El doctor Kalisher se quitó los pantalones y la ropa interior y se secó con el pañuelo. Durante un instante, estuvo completamente vestido en su mitad superior y sin pantalones, como algún loco loco bufón. Luego se introdujo en un par de largos calzones sueltos, tan fríos como un sudario y se puso encima unos pantalones de rayas, demasiados anchos y demasiado largos para él. Tuvo que tirar de ellos hacia arriba hasta que el dobladillo le llegó a los rodillas/(tobillos?). Jadeaba y resoplaba, y necesitó parar cada pocos segundos para descansar. ¡De pronto, recordó! Así era exactamente como se ponía de muchacho la ropa de su padre, mientras este echaba la siesta después de la comida del shabbat: sus pantalones blancos, su gabán satinado, su taled pequeño y su sombrero de piel. Ahora su padre, en algún lugar de Polonia, se había convertido en un montón de cenizas, y él, Zorej, se adaptaba a la mohosa ropa de un dentista muerto. Fue hasta el espejo para mirarse en él e incluso sacó la lengua como un muchacho. A continuación se tumbó en el sofá. El teléfono sonó de nuevo en el pasillo; al parecer, la señora Kopitzky había respondido a la llamada, pues el timbre dejó de sonar enseguida. El doctor Kalisher cerró los ojos, yaciendo con la quietud de alguien que no tiene nada que esperar. Ni siquiera nada que pensar. 
En sueños se vio a sí mismo en la cafetería de la calle Cuarenta y dos, junto a la biblioteca pública. Estaba cortando un trozo de tarta de huevo, mientras un inmigrante le contaba cómo se podía salvar a familiares de Polonia, disfrazándolos con uniformes nazis. Se les trasladaba por barco al Polo Norte, al Polo Sur y atravesaban el Pacífico. Agentes preparados al efecto se encargaban de ellos en Tierra de Fuego, en Honolulú y en Yokohama...Por extraño que fuera, esa fuga clandestina tenía algo que ver con su sistema filosófico, el de Zorej Kalisher, no en su antigua versión sino en otra posterior que fusionaba erotismo con memoria. Mientras combinaba todas esas imágenes no dejaba de preguntarse atónito: "¿Qué tipo de relación puede existir entre sexo, memoria y la redención del yo? ¿Y cómo funcionaría en tiempo infinito? No es más que causística, causística. Es un modo de jusstificar mi propia impotencia. ¿Y cómo podría traer aquí a Nela, cuando ya ha perecido? A menos que la muerte no sea nada más que una amnesia sexual". Se despertó y vio a la señora Kopitzky inclinada sobre él, a punto de colocar una almohada bajo su cabeza.
-¿Cómo se siente? -le preguntó.
-¿Ya se ha marchado Nela? -inquirió él, asombrado de sus propias palabras. Debía estar todavía medio dormido.
La señora Kopitzky hizo una mueca de dolor, mientras su papada se agitaba y temblaba. Sus negros ojos se llenaron de reproche maternal.
-¿Conque se ríe, ah? La muerte no existe, no existe. Vivimos eternamente, para siempre. Y amamos para siempre. Esa es la pura verdad.






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