" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

lunes, 26 de diciembre de 2016

Juan Eduardo Zúñiga: "No llegará el sobrino de Praga"


Juan Eduardo Zúñiga, (Madrid, 1919),es un autor conocido y valorado, aunque no se le hubiera leído aún  porque la literatura es un océano inabarcable. Pero se sabía que es un gran escritor,personalmente avalado por su actividad de traductor; porque ser traductor o poeta  parece añadir un plus de calidad a un escritor por ser ambas actividades piedras de toque del pensamiento y de las palabras, sus materiales de trabajo. 
En 2003 Zúñiga consiguió el premio de la Crítica por la trilogía sobre la Guerra Civil en Madrid y ahora ha sido reconocido con el premio Nacional de las Letras .  Junto a las  reseñas y habituales felicitaciones un artículo de Marta SanzEl jardín oculto, convierte en ineludible su lectura. La escritora hace un elogio apasionado de la calidad de un autor que para ella merecería el Nobel y no ha sido suficientemente reconocido. Analiza su perfección como cuentista y reta al posible lector: "Les emplazo a leer Brillan monedas oxidadas...". Es un libro de relatos y se sigue su consejo... 
                       



  

                                          

                            NO LLEGARÁ EL SOBRINO DE PRAGA

-Vendrá sin avisar y llamará a la puerta. Tendré que abrirle. querrá vivir en esta casa. Le veré ante mí con el sombrero hundido hasta las cejas, con la maleta.-No es posible que venga tú lo sabes.Por el balcón abierto la voz de la mujer se perdió en la noche y Alfredo creyó que le había hablado en voz muy alta. Ella estaba sentada en la butaca, hojeando revistas bajo la lámpara que atrajo una libélula. La espantó, pero al hacerlo, la bata se entreabrió, resbalando en las piernas y éstas así quedaron al aire, blancas, redondas, sólo cruzadas en el centro del muslo por una línea rosa que era señal de las ligas de goma.-Sí, puede venir, inesperadamente. quizás en el expreso de Irún, el que llega a las 8,40...-él murmuraba y cual si fuese a verle en un andén, salió al balcón pero en la calle, el calor de finales de junio, el rodar de un coche, el tintineo de los tranvías de la Puerta del Sol no le dieron respuesta.
                                               Puerta del Sol , Madrid h 1920
Lejos, una voz gritó algo ininteligible mas por las aceras no pasaba nadie y no vio venir a un hombre alto, esbelto, con una maleta o un gran cabás y acaso un paraguas bien enrollado que colgaba del brazo.

-No creo que venga sin avisarte.

-Vendrá en cualquier momento, querrá vivir en esta casa -exclamó con voz fuerte a fin de rebatir lo que ella dijo y que lo oyese bien, pero la mujer seguía atenta a la revista.

Alfredo entró del balcón, permaneció unos segundos contemplando la blancura de las piernas iluminadas por la lámpara que dejaba en sombra toda la habitación, y de su pecho salió un aliento intenso y cálido que le tranquilizó. Se inclinó hacia la mujer y le puso las manos en las rodillas, mullidas, apenas frías.

 Ella desvió su mirada al bigote que se estremecía, observó el brillo de la calva  y la fijeza de sus ojos y la presión de los dedos por la que se escapaba un alma acongojada.

-Mira, en esta revista hay algo escrito sobre Praga -le dijo volviendo el cuerpo para mover las piernas y que retirase sus manos, y de la mesita a su izquierda tomó un número de Nuevo Mundo, lo abrió y pasó las páginas y Alfredo tuvo ante sí fotografías del Puente Carlos, las torres de la catedral de San Vito, las callejas del Staré M sto, el silencioso río que cruza la ciudad de oro, de nieve, donde estaba su sobrino Franz Kafka-. Debe de ser una ciudad muy antigua. Tú la conoces bien, ¿no? Fíjate en esta iglesia tan alta que tiene un reloj enorme. 

Allí precisamente a él le pareció ver una figura delgada, con un gesto de irónica suficiencia. Bajo este antiguo reloj, por esta plaza, el sobrino pasa todos los días hacia su oficina.

-¿Por qué me hablas ahora de Praga? ¿Qué te importa a ti Praga? -y debió de hacer un gesto de enfado porque ella se echó a reír, casi cerró los párpados, arrugó el nacimiento de la nariz y así ganó más aún en hermosura y despreocupación y seductora juventud.

-No quiero que venga y que te vea.

Y como tantas veces, la mujer se ríe y a los pocos momentos, distraída, pensando en otras personas o en otros asuntos, se muerde la uña del dedo meñique y se queda seria. 

Él había mirado las fotografías de lugares que conocía de sus estancias en Praga y le desagradaron aún más por ser ella quien se las estaba señalando. La revista fue a caer sobre las hermosas piernas desnudas y él entonces  se enderezó y le estremeció el hechizo, siempre renovado, del cuerpo que se perfilaba dentro de la bata ligera.

"No admito la idea de que venga -pensó abstraído, recordando las puertas del gran vestíbulo de la estación del Norte y la gente que entraba y los mozos de cuerda que esperaban-. ¿Por qué ella ha tenido que encontrar ese artículo sobre Praga? Él vendrá de noche, con sus orejas sobresalientes y las mejillas hundidas, sin avisar, como una enfermedad, como llega la muerte."

Puede ver la estación iluminada por los focos eléctricos, el andén lleno de equipajes y viajeros y sentir un fuerte olor a carbón quemado: la locomotora resopla aún y suelta un vapor espeso como niebla de las mañanas de invierno en su aldea.
Posdiebrad, la aldea que se funde con la bruma y el bosque, un camino embarrado en el amanecer hacia la sinagoga, húmeda y helada en su interior; allí dentro,su padre, los otros hermanos, los vecinos, todos miran el brillante rollo metálico de la Torá y luego alzan sus ojos hacia el balcón donde están las mujeres, tan abrigadas, tan ocultas por los pañuelos y los chales, imágenes difusas de su infancia que poco a poco van desapareciendo en su conciencia.Aumentaba el bochorno y decidieron salir aquella noche.-Estás preciosa, como siempre -le había dicho cundo entraron a cenar en el restaurante Tournié, y en seguida, los dos magistrados que se estaban en el extremo de la mesa se habían vuelto hacia ellos, y el que fue ayudante del general Aguilera y que comía enfrente también pasó sus ojos por el vestido azul claro, con gran escote al que casi llegaba la pluma negra del sombrero: el destello de los pendientes como una sonrisa en el encanto de las mejillas maquilladas. 
Después de cenar dieron un paseo hacia la carrera de San Jerónimo; él la llevaba del brazo, era un poco más bajo que ella y andaba erguido, movía con aplomo el bastón en la mano izquierda; iba fijo en el rótulo del Hotel París que veía enfrente.
                              
-Si ha venido, hasta puede haber tomado una habitación ahí, y estará asomado, mirando a la gente y los tranvías y nos verá. 
-Pero ¿qué importa que venga? Si es tu sobrino, debes recibirle.
Estas palabras que oyó igual que herido por cristales rotos, se las había repetido a sí mismo muchas veces pero no era capaz de aceptarlas.
-Tengo muchos años ya y para mí todo carece  de valor. el cargo, las condecoraciones, la buena relación con el ministro, las recepciones en palacio, no son nada sin ti.
-Pero ¿no eres el director de los ferrocarriles? Pues que te avisen cuando llegue -exclamó ella.Alfredo hizo un gesto de resignación. El reloj luminoso en lo alto marcaba los minutos, las horas, el paso del tiempo.

                              Estaciones de Atocha y del Norte
A la mañana siguiente su inquietud le llevó a la estación de Atocha y mientras esperaba el coche oyó a su espalda el largo silbido de un tren que llegaba de la más profunda lejanía y creyó verle con el sombrero muy hundido, delgado, los ojos muy vivos, oscuros. Se volvió hacia la mole metálica de la estación, pero no escuchó nada más, y pensó en un convoy que atravesara verdes campiñas y espesos bosques y ciudades opulentas y activas y luego avanzase hacia Madrid por una llanura desolada.
Pensó que debía contárselo a alguien, quizás a Bauer, sólo el podría, por su propia experiencia, participar de su intranquilidad y comprenderle. Mandó al cochero que lo llevara a San Bernardo, esquina a la calle del Pez, y no bien llegaron, entró en el gran portalón del palacio y se hizo anunciar:-Alfredo Loewy desea saludad a don Ignacio Bauer -y en seguida estaba sentado en el amplio despacho,recubiertas sus paredes de librerías oscuras, y cuadros irreconocibles en la penumbra, y gruesas alfombras y cortinas que aislaban de todo ruido exterior.

-Amigo Bauer, perdóneme que le pida consejo, sólo que me escuche, nuestra vieja amistad y su bondad, es una confidencia. Mi sobrino Franz insiste en venir, le gusta viajar, pretende ser escritor. Yo aquí soy un extranjero, como usted sabe, vivo igual a un desterrado, he renunciado a mis orígenes, a mis atepasados. Mi sobrino se enteraría y entonces lo sabría toda la familia de Praga.
-Ah, Praga, ¡qué hermosa ciudad! Estuve hace años.-Temo que venga sin avisar, que se entere de cómo vivo.se inclinó sobre la mesa y allí, un reloj inglés recordaba con su rápida marcha que un día más iba a acabar. Adelantó la cabeza dentro del área de luz de la lámpara: su cara pálida, los bigotes bien atusados y en la calva aparecían gotitas brillantes.Ignacio Bauer pareció extrañarse.-Soy viejo ya, pero debo confesarle que conmigo vive...alguien que...para mí es todo; si no , mi vida sería insoportable.-Amigo Loewy, ¿cómo puede decir eso? Usted es nada menos que director general de los ferrocarriles del Oeste de España, una compañía en pleno desarrollo, que llevará a los veraneantes a Estoril, con su playa y el casino, que ya está haciendo competencia a Niza y a Montecarlo.-No deben saber que he renegado de la ley, pero era imprescindible romper con la sinagoga para ser aceptado en España.-Sí, me lo contó usted en su día y yo entendí sus razones. Aquí, en Madrid, no tenemos una sinagoga como la de Viena o la de Praga, tan bella cuando hay niebla.
Se imagina la niebla que sube del río, viste de una pátina sutil los palacios, las estatuas, las desiertas calles, los altos tejados y las altas chimeneas, hace que cada rincón sea un misterio, y a través de su bruma -tan parecida al humo que envuelve los andenes de la estación y convierte en fantasmas a los viajeros-, Franz Kafka, el sobrino, con su chaqueta ceñida, su cuello duro, las mejillas enjutas y la sonrisa burlona, avanza hacia Alfredo Loewy, a quien él llama "el tío de Madrid".-Le ruego me comprenda, es mi último amor, el más necesario.-Le comprendo bien , amigo mío, el último amor, entiendo lo que usted me dice.-Bauer pasó los dedos por el pisapapeles de bronce que representaba una estrella de seis puntas, y dejó cerrados los ojos unos segundos-. Hace años leí un poema que se titulaba así, no recuerdo ya, acaso era un poeta ruso. Al final decía:"Oh, tú, último amor, eres bendición y desesperanza". Pero su sobrino, ¿quiere venir? ¿Y es escritor?Sobre el amplio escritorio cargado de carpetas y libros y en cuyo centro está la lujosa escribanía de cristal, los dedos de Ignacio Bauer teclean en la brillante madera y también la mano de Alfredo se apoya con fuerza mientras oye dos palabras que no entiende:"bendición, desesperanza", pero que alumbran con una luz de certidumbre lo profundo de su intranquilidad.

Por la noche ella le dice:-¿No has visto una carta que llegó para- ti? Debe de ser de Praga- y le señala algo encima de la mesita donde hay un reloj que hace girar sus manecillas inexorables, y una bandeja con asas plateadas.Cogió el sobre, miró los sellos, y lo abrió bruscamente: dentro, una hoja con líneas escritas. Se vuelve hacia la mujer y lentamente dice:-Está muy grave. Tiene tuberculosis. Me lo escribe su madre.-En la cara de ella cambia la alegría, el mohín de burla por la estrañeza-.Es cuestión de días.En un sanatorio desconocido, Franz se extinguirá y con él la ilusión de venir, el viaje que esperaba le cambiase la vida, dejar de ser quien era para ser un escritor. Alfredo se asoma al balcón y mira al caballo cansino que arrastra un coche, a unas personas que pasan bajo las farolas, y al sereno, que golpea el suelo con el bastón; la noche calurosa mantiene su opacidad, su vacío silencio, pero un imperceptible sosiego crece, asciende e invade su corazón.


Resultado de imagen de Brillan monedas oxidadasJuan Eduardo Zúñiga, Brillan monedas oxidadas, Galaxia Gutenberg, 2010

domingo, 2 de octubre de 2016

El Cubismo y María Blanchard





María Blanchard, es  menos conocida y valorada de lo que su obra merece. Gabriel Ferrater en Sobre pintura,1979, ya señalaba la opacidad y el olvido en que por complejas circunstancias se había mantenido su figura :
"Un tercer nombre español, tras los de Picasso y Gris, figura entre los de los  pintores que formaron parte de los primeros círculos cubistas: el de María Blanchard. Pero mientras que Gris y Picasso gozan hoy de una fama extensa y de profusa manifestación, María Blanchard no es conocida casi más que por unos cuantos especialistas o por los más atentos aficionados a la pintura moderna".
En 2012 una  exposición de la Fundación Botín:María Blanchard cubista ponía en evidencia el desconocimiento y la superficial valoración de la artista presentando 74 pinturas realizadas entre 1916-19. 
Sólo era preciso entrar  en la sala  y sentirse rodeado por las  obras para  comprender que se estaba ante una artista de primer orden equiparable a los grandes que convivieron en el París de las vanguardias y ayudaron a afianzar sus logros.Una concentración de energía plástica sacudía y atrapaba al visitante sorprendido y se grababa en la memoria para permanecer.
María Blanchard,1917,Composición cubista,ól/lz57 x 54. colec.particular 
La fuerza constructiva y el misterio de un cromatismo original y saturado en que el cubismo, además de estructura, era potencia de color en una concentración abstracta de belleza,hacían pensar en  lo que Apollinaire, -dentro del cubismo-, llamó orfismo,en 1913. Los lienzos expuestos provenían de museos españoles, europeos y americanos y de importantes colecciones particulares.
María Gutiérrez Blanchard, había nacido en 1881, -el mismo año que Picasso al que conocería en París-  en  una familia de la burguesía culta,-su abuelo fue fundador del periódico La abeja montañesa y su padre de El Atlántico-, pero empobrecida  tras la muerte del padre.Una deformidad física de la columna,la salud delicada, y la pobreza, ensombrecieron su vida pero no le impidieron mantener una lucha incansable por conseguir una obra personal y significativa.Ella misma decía que sus logros se debían  más al  trabajo que a la inspiración. 
Después de estudios de pintura en Madrid con destacados maestros, se trasladó  a París en 1909 con una beca de la Diputación de Santander. En 1912 conoció a Juan Gris, al escultor Lipchtiz  y a Picasso. Junto con Gris  frecuentó el círculo cubista de Picasso y  sus amigos españoles, latinoamericanos  y franceses entre los que se encontraban Vicente Huidobro y Diego Rivera.Ese mismo año María viajaría a Bruselas y  Brujas con Diego Rivera y Angelina Beloff con quienes compartía casa y estudio.
                                                      La comulgante,1914,ól/lz, 180 x124
Su primer cuadro importante, La communiante,  1914, se expuso con éxito en el Salón de Otoño de 1920. En él se conjugan con audacia- elementos de vanguardia,-la importancia dada a  la superficie-, con variaciones de  perspectiva tradicional (lineal para el suelo, caballera para el reclinatorio...) que crean una tensión propia de una visión plástica moderna. Además la "levitación" de la comulgante, los ángeles, el tratamiento del  traje y las cortinas, el modelado algodonoso de luces y sombras crean una atmósfera onírica" surrealista antes del Surrealismo.                                   
Al comenzar la Primera Guerra Mundial vuelve a Madrid donde comparte estudio con Diego Rivera y Angelina Beloff y en 1915 participa en la exposición de Los pintores íntegros,organizada por el Ramón Gómez de la Serna, "experto en greguerías y vanguardias".De esa fecha es el  retrato cubista que Diego Rivera hace a Gómez de la Serna.Ese mismo año gana una cátedra de dibujo en la Escuela Normal de Salamanca que decide abandonar por  las burlas crueles de los algunos alumnos frente a su deformidad física.
En  1916 la pintora se instala definitivamente en París donde morirá de tuberculosis en 1932. A su muerte el Ateneo de Madrid  celebra un acto en su honor con la intervención entre otros de García Lorca que lee Elegía a María Blanchard en su memoria. La familia recoge sus cosas, nadie se ocupa durante mucho tiempo de su obra y María desaparece. Pero la calidad de sus pinturas  hace que en distintas publicaciones se adjudiquen a Juan Gris y  el marchante Kahnweiler cuenta que algunos desaprensivos en los años cuarenta eliminaron la firma de María  y la sustituyeron por la de  Gris que sí estaba en el mercado. 
En su obra se distinguen etapas: 1907-1913 años de búsqueda e investigación plástica que se reflejará en obras posteriores. 1916 y 1919,  la etapa cubista. Y  1919 a 1932    vuelta a la figuración ya con la impronta cubista y  reflejos  de luz que crean calidades cristalinas y que son también una marca del último estilo.

   Vega Tora Holmström, Retrato de M.Blanchard, 1921. 
        De 1916-1919, cubismo


Últimos años, a partir de 19191, vuelta a la figuración

 



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El País, 21 oct, 2016:Arte a pesar de la Gran Guerra

miércoles, 3 de agosto de 2016

Fleur Jaeggy: Dos bocanadas de aire


Desconocida hasta leer a  dos escritoras jóvenes hablar de ella con devoción y entusiasmo. Una dice que le fascina y la propone para el próximo Nobel de Literatura. La otra la sitúa entre las autoras, - lo que  la devalúa, sin pretenderlo, al sustraerla de la categoría general y válida de  escritores de calidad-que ha leído últimamente y le han encantado.  
Es Fleur Jaeggy, que nace en Zurich en 1940, estudia en Suiza, viaja a Roma, que comparte con su amiga Ingeborg Batchmann, trabaja en la editorial Adelphi  y se instala definitivamente en Italia. En los años sesenta se casa con Roberto Calasso. Escribe en italiano. Hay que acercarse a ella y ver si es para tanto. Se empieza El último de la estirpe un libro de relatos.
Y puede ser para tanto, o no. En alguna de las narraciones se encuentra una escritura despojada, inquietante,de helado lirismo...  de frases cortas y rápidas, a veces, como disparos.Pero en otros momentos la búsqueda de originalidad parece estar por encima de todo.   Algunos críticos al hablar sobre ella citan a Kafka o a Robert Walser...y se oye fantasmal la voz desolada, y necesaria,  de Jakob von Gunten o de Los hermanos Tanner...  Walser y también Kafka son otra cosa o lo parecen...
En esas ocasiones discutibles la autora exagera el manierismo de un  estilo rebuscado, refinado y muy elaborado que tal vez contribuya a la fascinación que provoca en algunos lectores. En la contraportada Joseph Brodsky -respetado y querido por este blog- tras la lectura de Los hermosos años del castigo, hace  un gran elogio... 
Negde es uno de los veinte "relatos" que componen El último de la estirpe, el mejor de todos, el más sincero literariamente.En él recrea con emoción  intimista y mucho talento la nostalgia lacerante  del  exilio y parte de su propia historia rusa, -en los días de Brooklyn-, del  poeta Iosif Brodsky, precisamente.



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NEGDE

Hacía mucho frío, en invierno, en Nueva York. Iosif salía de su casa en Brooklyn para respirar. Para su paseo nocturno. Sin abrigo. Quería tan sólo caminar y respirar.Dos bocanadas de aire. Hacía el gesto,puff, dos caladas al cigarrillo. Necesitaba aquella calidad de aire báltico, en espera de la nieve. Aquel aire que provenía del estuario y llamaba a su puerta, detrás de las columnas. "Sal",ordenaba. Y le brindaba un puñado de hielo. A aquella hora ya no había nadie. Un paseador de perros regresaba a casa con las correas después del reparto.
Cuanto más se aproxima Iosif al agua, más lacerante se volvía el aire. El invierno, la verdadera estación del año. Como en San Petersburgo. "Cuando el gran río se extendía blanco y helado como la lengua de un continente reducida al silencio". Eso escribía. Una arcana brisa hiperbórea en las ramas de los árboles. Iosif no puede evitar vivir en lugares de agua. Es como un marino. Juega con la lunática rosa de los vientos, que lo empuja hacia el río. Le gustaban los uniformes azules de los oficiales de Marina y los abrigos con la doble fila de botones de oro. cual alamedas de noche con las luces que se alejan. A los catorce años había pedido ser admitido en la academia para submarinistas, pero lo habían rechazado. Luego el campo de trabajos forzados. Que es mejor que el ejército. Camina distraído, casi lejos de sí mismo. La distracción no impide a su mirada melancólica estar vigilante. Palabras, paisaje, silencio, diría Frost. ¿Es acaso el hielo el que crea al poeta?

Unos minutos más y Iosif ha llegado a la Promenade. Así se llama la orilla que bordea el estuario. Los bancos públicos miran al agua. Y Iosif.Pasan los remolcadores, las nubes, las gabarras. "Corta las olas la corbeta con el perfil de Franz Listz."Todo está en calma, vaga inquietud adormecida, un poco de vacío. De día juegan los niños en un jardín cercano. Jugaban alegres, la risa amortiguada y muchos gorros de lana variopintos.

Iosif está absorto. Las fachadas de las casas, caprichosas y frívolas, tienen una obstinada docilidad episcopal muy suya. Parecen señoritas que permanecen todavía jóvenes.Esas que miran, sin ser vistas, detrás de las ventanas. El pelo recogido, un cuello de encaje, pequeños botones blancos en sus ojales perfectos. en la cama falta la muñeca."El delicioso dormitorio (una muñeca entre cojines) donde ella tiene sus "pesadillas". Y la cocina: el crisantemo del hornillo de gas ronronea y difunde un olor a té. Y el diseño de un cuerpo se despereza firme en la poltrona, como firme permanece el sedimento después del líquido."Un piano vertical. Aún se oye sonar un motivo, cada vez más lejano, sumergido. Los ojos de las señoritas abandonan las ventanas, se cierran las  cortinas y ya sólo pasa una luz por las flores de los alféizares.

En la barandilla de la Promenade hay un letrero. Quiet zone.Y cuatro NO claramente señalados: 
NO RADIO PLAYING
NO BOOM BOXES 
NO MUSICAL INSTRUMENTS 
NO LOUD OR UNNECESSARY NOISE

Fuera bicicletas y también de manera muy evidente, At any time.En ningún momento. Ruidos no necesarios. Es la quiet zone sin tiempo.Y eso es extremadamente tranquilizador. Hasta las voces parecen atenuarse. Tal vez los paseantes no se peleen. Tal vez sea una tierra casi feliz. Iosif mira las torres. La barca de los bomberos, con las plataformas exteriores que semejan abanicos de agua, se alejan deslizándose.en el cielo oscuro un vuelo de pájaros oscuros. al otro lado los grandes depósitos, los almacenes. Y siguiendo la línea recta de la mirada, las torres. Es lo que ve Iosif, las Torres Gemelas. Lo fueron, antaño.Las vieron arder desde la zona tranquila de la Promenade. Asistieron a la destrucción. Allí estaban, los espectadores. Las vieron arder, reflejadas en el agua. Las ventanas parecían despertar. El incendio en el East River. Puede que Iosif sepa que ya no están. Faltan las dos torres. Allí, frente a la Promenade. El resplandor del maleficio. Han dejado dolor y abismo que no se borra con la mano ni con las palabras. Iosif volvía a ver el Neva y regresaba. En otro lugar, en una noche sin sombra, del mes de mayo, escribía a la luz del día.La luz era clara, rosada, tenue. Ahora escribe en la oscuridad. Le bastan el folio y la tinta en toda la longevidad de las tinieblas. Cualquier lugar es para él una ciudad mental llamada Negde, que en ruso significa "de ninguna parte".Y Iosif, para respirar, iba a ninguna parte.

Es su escribanía el lugar de cualquier parte.La luz de la cúpula verde proyecta reflejos de esmalte en los objetos. Una constelación de cosas, inmóviles como flechas en vuelo. Una pirámide, un minúsculo avión de hojalata, el ventilador. Estilográficas, secretos y escondrijos. El reloj está parado. Las agujas negras y finas, en ósmosis con la despedida. Todavía es invierno en el jardín desangelado al pie del muro de ladrillo. En la ventana la cortina gris ha sido bajada a la mitad.Los objetos que nada saben de Schmerz y Schmalz, azúcar sentimental y dolor interior, le suministraban papel y tinta. Una cómoda butaca adamascada color carmesí con cojín verde escucha el repiqueteo de las teclas de la máquina de escribir. Y el imperceptible fluir de las palabras todavía no visibles. Los objetos tienen un sentido de pertenencia, como en un pacto. No quieren separarse de Iosif. No quieren que se los desplace y, si alguien lo hace, vuelven a su lugar. Parece que lo estén esperando. El busto de Pushkin está vuelto hacia la puerta. En las paredes Anna Ajmátova. Y Wystan Auden. Todo tal como estaba. Tal vez no se haya ido de todo, Iosif Brodsky. 

Fleur Jaeggy, El último de la estirpe, TusQuets,2016

link: Joseph Brodsky: el poder sutil de la poesía sobre la prosa

El Cultural, nov.2014,
entrevista:Fleur Jaeggy-

martes, 10 de mayo de 2016

"Luto" /un cuento para recordar


Algunas reseñas de Manual para mujeres de la limpieza,empujan con urgencia a su lectura. Mientras se lee parte de las 43 narraciones cortas que componen el volumen se recuerda lo que John Cheever escribía  sobre  sí mismo: "No trabajo con tramas, trabajo con la intuición, la percepción, los sueños, los conceptos", y , como  lector, parece que así trabajaba también Lucia Berlin. 

-Las imágenes son del gran pintor estadounidense, afroamericano,   Jacob Lawrence (Atlantic City 1917- Seattle 2000)


LUTO


   Me encantan las casas, todas las cosas que me cuentan, así que esa es una razón de que no me importe trabajar como mujer de la limpieza. Se parece mucho a leer un libro.
   He estado trabajando para Arlene, de la inmobiliaria Central. Limpiando casa vacías, sobre todo, pero incluso las casas vacías tienen historias, pistas. Una carta de amor en el fondo de un armario, botellas de whisky vacías escondidas detrás de la secadora, listas de la compra..."Por favor trae detergente Tide, un paquete de linguine verdes y un pack de seis Coors. No pensaba en serio lo que dije anoche."
   Últimamente he limpiado casas en las que alguien acababa de morir. Limpiar y acabar de clasificar las cosas para que la gente se las lleve o las done a la caridad. Arlene siempre pregunta si tiene ropa o libros para el Hogar de los Padres Judíos, que es donde está Sadie, su madre. Han sido trabajos deprimentes. O los familiares lo quieren todo y se pelean por las cosas más insignificantes  (unos tirantes viejos y raídos, o un tazón), o ninguno quiere saber nada de lo que hay en la casa, así que solo he de meterlo todo en cajas. En ambos casos lo triste es qué poco se tarda. Piensa en ello. si murieras...podría deshacerme de todas tus pertenencias en dos horas como máximo.
   La semana pasada limpié la casa de un cartero negro  muy mayor. Arlene lo conocía, había estado postrado en cama con diabetes hasta que murió de un ataque al corazón. Había sido un viejo mezquino, severo, me dijo, uno de los patriarcas de la iglesia. Era viudo; su mujer había muerto diez años antes. Su hija era amiga de Arlene, una activista política, en el comité educativo de Los Ángeles.
   -Ha hecho mucho por la educación y el derecho a la vivienda en la comunidad negra. Es una tipa dura -dijo Arlene, así que debía de serlo, porque eso es lo que dice siempre la gente de Arlene. El hijo es cliente de Arlene, y otra historia. Abogado del distrito en Seattle, es dueño de propiedades inmobiliarias en todo Oakland-. No diré que sea el amo de los suburbios, pero...
   El hijo y la hija no llegaron hasta última hora de la mañana, pero yo ya sabia mucho de ellos, por lo que Arlene me había contado, y por otras pistas.. Cuando entré reinaba ese silencio que retumba en las casas donde no hay nadie, donde alguien acaba de morir. La vivienda estaba en un barrio decadente en Oakland Oeste. Parecía una pequeña granja, limpia y bonita, con un balcón en el porche, un jardín cuidado con rosales leñosos y azaleas. La mayoría de las casas alrededor tenían las ventanas condenadas con tablones, grafitis pintados. Viejos borrachines me observaban desde los escalones combados de un porche; camellos jóvenes vendían crack en las esquinas o sentados en los coches.
   Dentro, también, la casa parecía un mundo aparte del barrio, con cortinas de visillo, muebles lustrosos de roble. el anciano había pasado mucho tiempo en una gran galería acristalada de la parte trasera de la casa, en una cama de hospital y una silla de ruedas. En las repisas de las ventanas se apiñaban helechos y violetas africanas, y cuatro o cinco comederos justo al otro lado del vidrio, para los pájaros. Un televisor enorme, un vídeo, un reproductor de CD; regalos de sus hijos, supuse. En la chimenea había un retrato de bodas: el hombre de esmoquin, con el pelo peinado hacia atrás y un bigotillo de lápiz; la esposa era joven y preciosa. Ambos posaban solemnes. Una fotografía de ella, vieja con el pelo blanco, pero con una sonrisa, ojos sonrientes. Solemnes también los hijos en las fotos de graduación, guapos los dos, seguros, arrogantes. La foto de bodas del hijo. Una bella novia rubia de satén blanco. Luego los dos en otra foto con una chiquilla, de un año más o menos. Una foto de la hija con el congresista Ron Dellums. En la mesilla de noche había una tarjeta que empezaba: "Perdona, tuve demasiado lío para ir a Oakland en Navidad...",que podría haber sido de cualquiera de los dos. La Biblia del anciano estaba abierta por el Salmo 104. "Él mira la tierra, y ella tiembla; toca los montes y humean."
 
   Antes de que llegaran limpié los dormitorios y el cuarto de baño de arriba. No había gran cosa, pero lo que encontré en los armarios y el mueble de la ropa blanca lo amontoné ne distintas pilas sobre una de las camas. Estaba limpiando las escaleras, apagué el aspirador cuando entraron. Él fue cordial, me estrechó la mano; ella se limitó a inclinar la cabeza y subió las escaleras.Debían de venir directamente del funeral. Él llevaba un traje negro de tres piezas con una fina raya dorada; ella iba con un conjunto de cachemira gris y una chaqueta de ante del mismo color. Ambos eran altos, guapísimos. Ella se había recogido el pelo en un moño tirante. No sonrió en ningún momento. Él no dejó de sonreír.
   Los seguí a las habitaciones. Él cogió un espejo ovalado con un marco de madera tallada. No quisieron nada más. Les pregunté si podían donar algo al Hogar de los Padres Judíos. Ella me escrutó con sus ojos negros.
   -¿Te parecemos judíos?
   Él se apresuró a explicarme que la gente de la iglesia Baptista Rosa de Sarón pasaría más tarde a recoger todo lo que dejaran. Y del servicio de material clínico a por la cama y la silla de ruedas. Mejor me pagaban ya, dijo sacando cuatro billetes de veinte de un grueso fajo que sujetaba con una pinza plateada. Me pidió que cunado terminará cerrara la casa y le dejara la llave a Arlene.
   Me puse a limpiar la cocina mientras ellos estaban en la galería. El hijo cogió el retrato de bodas de sus padres, y sus fotos. Ella quería la foto de su madre. Él también la quería, pero dijo: No, quédatela. Se quedó con la Biblia; ella con la foto donde salía con Ron Dellums. entre las dos lo ayudamos a cargar el televisor, el vídeo y el reproductor de CD al maletero de su Mercedes.
   -Dios, es horrible ver como está el barrio ahora- dijo él.
   Ella no dijo nada. Creo que ni siquiera había echado un vistazo. Al volver dentro, se sentó en la galería y miró alrededor.
   -No puedo imaginar a papá mirando los pájaros, o cuidando las plantas -dijo.
   -Es raro, ¿no? Aunque creo que nunca he llegado a conocerlo de verdad.
   -Él era el que nos ponía firmes.
   -Recuerdo cuando te dio una azotaina por sacar un aprobado en matemáticas.
   -No -dijo ella-, saqué un bien. Un bien alto. A él nada le parecía suficiente.
  -Ya lo sé. Aún así...desearía haber venido a verle más  menudo. Me horroriza pensar cuándo estuve aquí por última vez...Sí, lo llamaba mucho, pero...
   Ella lo interrumpió, diciéndole que no se culpara, y luego coincidieron en que había sido imposible que su padre viviera con cualquiera de los dos, con lo absorbidos que ambos estaban por el trabajo. Procuraban darse la razón, pero se notaba que les pesaba.
    Y yo soy una bocazas. Ojalá me hubiera callado.
   -Esta galería es tan agradable...-dije de pronto-. Parece que vuestro padre era feliz aquí.
   -¿Verdad que sí?-dijo el hijo sonriéndome, pero la hija me lanzó una mirada penetrante.
   -No es asunto tuyo si era feliz o no.
   -Lo siento -dije. Siento no poder soltarte un bofetón bruja malvada.
   -No me iría mal un trago -intervino el hijo.-Aunque seguramente en casa no haya nada.
   -Le mostré el armario donde había brandy y un poco de licor de menta y jerez. Les sugerí que pasaran a la cocina para revisar los armarios y enseñarles las cosas antes de meterlas en cajas. Se trasladaron a la mesa de la cocina. Él sirvió dos grandes copas de brandy, una para cada uno. Bebieron y fumaron Kools mientras yo vaciaba los armarios. Ninguno de los dos quiso nada, así que acabé rápido.
   -También hay algunas cosas en la alacena...-Lo sabía porque les había echado el ojo. Una plancha antigua con el mango de madera tallada y el armazón de hierro forjado.
   -¡Esa la quiero yo!- dijeron a la vez
   -¿Vuestra madre la usaba para planchar?-le pregunté al hijo.
   -No la hacía para hacer sánwiches tostados de jamón y queso. Y con la carne en conserva para prensarla.
   -Siempre me había preguntado cuál era el truco...-dije, yéndome otra vez de la lengua, pero me callé al ver que la hermana me echaba otra mirada de las suyas.
   Un viejo rodillo de amasar, suave por el uso, sedoso.
   -¡Lo quiero!-exclamaron los dos. 
Entonces ella sí se rió. El alcohol, el calor de la cocina le habían aflojado un poco el peinado, varios mechones se le ensortijaban alrededor de la cara, ahora brillante. Se le había ido el pintalabios; parecía la chica de la foto de graduación.Él se quitó la chaqueta y la corbata, se remangó la camisa. Ella me sorprendió admirando su magnífica complexión y me lanzó aquella mirada asesina. 



   Justo entonces llegaron los empleados de Western Medical Supply a recoger la cama y la silla de ruedas. Los acompañé a la galería, abrí la puerta de atrás. Cuando volví, el hermano había servido otro brandy en cada copa. Estaba inclinado hacia su hermana.
   -Haz las paces con nosotros -le decía-. Ven a pasar un fin de semana, así podrás conocer mejor a Debbie. Y a Latania ni siquiera la conoces. Es preciosa, idéntica a ti. Por favor.
   Ella guardó silencio, pero pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.
   Asintió.
   -Iré- dijo.
   -¡Ah, eso es estupendo! -dijo él.Puso una mano en la de su hermana, pero ella retrocedió, apartó la mano y asió la mesa como una garra rígida.
   Qué fría eres malvada, dije. No en voz alta. en voz alta dije:
   -Apuesto a que aquí hay algo que los dos vais a querer...
   Una plancha de acero antigua para hacer gofres, muy pesada. Mi abuela Mamie tenía una. No hay nada como esos gofres. Crujientes y dorados por fuera y tiernos por dentro. Puse la plancha entre los dos.
   Ella sonrió.
   -¡Eh, esa es para mí!
   Él se echó a reír.
   -Vas a tener que pagar una fortuna por exceso de equipaje.
   -No me importa. ¿Te acuerdas de que mamá nos preparaba gofres cuando estábamos enfermos? ¿Con auténtico sirope de arce?
   -El día de San Valentín los hacía con forma de corazón.
   -Solo que nunca parecían corazones.
   - No, pero le decíamos: "Mamá, ¡te han salido corazones perfectos!"
   -Con fresas y nata montada.
   Entonces saqué otras cosas, fuentes de horno y cajas de frascos para conservas que no eran interesantes. La última caja, en el estante más alto, la dejé encima de la mesa.
   Delantales. De los antiguos, con peto.Cosidos a mano, bordados con pájaros y flores. Paños de cocina, también bordados. Todos hechos con la tela de los sacos de harina o retales de ropa vieja. Suaves y descoloridos, con olor a vainilla y clavo.
   -¡Este lo hizo con el vestido que llevé el primer día de colegio en cuarto de primaria!
   La hermana empezó a desplegar los delantales y los paños uno por uno, tendiéndolos sobre la mesa. Oh. Oh, repetía. Le caían lágrimas por las mejillas. Recogió todos los delantales y los paños y los estrechó contra su pecho.
   -¡Mamá! -gritó-. ¡Ay , mamá querida!
   El hermano también estaba llorando, y fue hacia ella. La abrazó, y ella dejó que la abrazara, que la meciera. Salí de la cocina y por la puerta de atrás.
   Estaba todavía sentada en las escaleras cuando un camión aparcó delante y se bajaron tres hombres de la iglesia baptista. Los acompañé hasta la puerta de la entrada y a la planta de arriba, y les dije que podían llevárselo todo. Ayudé a uno con las cosas de arriba, y luego lo ayudé a cargar lo que había en el garaje, herramientas y rastrillos, una segadora para cortar el césped y una carretilla.
   Bueno, pues ya está -dijo uno de los hombres.
   El camión reculó para dar la  vuelta y saludaron con la mano al irse. Volví adentro. La casa estaba en silencio. Los dos hermanos se habían ido.entonces barrí y me marché, cerrando con llave las puertas de la casa vacía.




Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, Alfaguara, 2016