" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino derelecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990
En este libro de cuentos Stephen Dixon ofrece la posibilidad de dos lecturas: leer cada uno de ellos como un relato que acaba en sí mismo o leer los treinta y un textos como una novela formada por distintos momentos de la vida del escritor Philip Seidel.
Pero cualquiera de las opciones que se elija, la lectura revelará por qué la crítica considera a este autor uno de los mejores cuentistas norteamericanos aunque sea un escritor en cierto sentido secreto y menos conocido de lo que merece.
Dixon es distinto en su sencillez abrumadora y mientras se lee sorprende que palabras sin un brillo especial y una sintaxis sin pirotecnias hayan sido activadas de alguna manera para producir esa clase especial de belleza. Debe ser el punto de vista, la mirada tan personal con que enfoca lo real en su totalidad y también la profundidad desde la que escribe y la proyección de pensamiento puro que tanto valoraba Naipaul en el estilo -en este caso, sobre lo mínimo, lo visto, lo vivido, o lo soñado.
ESPOSA EN REVERSO
Su esposa muere, los labios ligeramente separados, un ojo abierto.Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y le dice: "Sería mejor que vinieras. Parece que mamá está por fallecer". Su esposa entra en coma tres días después de haber vuelto a casa y sigue así durante once días. Hacen una pequeña fiesta el segundo día de su regreso: salmón de Nueva Escocia, chocolates, un risotto que prepara él, queso brie, frutillas, champagne. Un vehículo de traslado médico trae a su esposa a casa.Dice: "Ya no quiero más asistencia vital, ni remedios, ni suero, ni comida". Él llama al 911 por cuarta vez en dos años, le dice al operador: "Mi esposa; estoy seguro de que es otra vez neumonía". A su esposa le colocan un tubo traqueal. "¿Cuándo me lo sacarán?", dice ella, y el doctor responde:"¿Para ser honesto? Nunca". "Su esposa tiene un grado muy grave de neumonía", les dice a él y a sus hijas, la primera vez,el médico de cuidaos intensivos, "y entre uno y dos por ciento de probabilidades de sobrevivir".Ahora su esposa usa una silla de ruedas.Ahora su esposa usa un carrito a motor. Ahora su esposa usa un andador con rueditas. Ahora su esposa usa un andador. Su esposa tiene que usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. Su esposa tiene problemas para caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. "Esta vez no lloraste", le dice y él contesta:"Estoy igual de feliz". Su esposa le dice: "Me parece que algo no anda bien con mis ojos".Su esposa da a luz a su hija.
El obstetra dice:"Nunca vi a aun padre llorar en la sala de partos". El rabino les declara marido y mujer, y justo antes de besarla, él se pone a llorar. "Casémonos·, le dice y ella dice:"Por mí está bien", y él dice "¿De veras?", y se pone a llorar."Qué reacción", dice ella, y él: "Estoy tan feliz, tan feliz" y ella lo abraza y le dice:"Yo también".Ella lo llama: "¿Cómo estás" ¿Quieres que nos encontremos y hablemos un poco?". Lo alcanza hasta la entrada de su edificio y le dice: "Esto sencillamente no está funcionando".En su primera cita verdadera vana un restaurante y él le dice."si me pongo tan quisquilloso sobre qué comer es porque soy vegetariano, cosa que estaba un poco reacio a decirte, tan pronto" y ella dice:"¿Por qué ? No es nada tan peculiar. Solo significa que no vamos a compartir la entrada, excepto las verduras". En una fiesta conoce a una mujer. Conversan durante largo rato. Ella tiene que dejar la fiesta para asistir a un concierto. Él le pide su número de teléfono. Le dice:"Te llamaré",y ella:"Eso me agradaría": Se despiden en la puerta y él le estrecha la mano. Después de que ella se ha ido, piensa:"Esa mujer va a ser mi esposa".
Stephen Dixon, Historias tardías, Eterna Cadencia, 2018
Eterna Cadencia, publica nueve cuentos del escritor uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964) y, en el prólogo, Elvio E. Gandolfo escribe :
"Para muchos lectores argentinos, yo incluido, el primer contacto con lo que escribió Felisberto Hernández quedaba marcado como un momento antes y después en la vida[...] No es exagerado comparar ese instante con otros: descubrir a Proust, a Borges, a Gombrowicz o, ya que estamos, al propio Onetti". Y lo compara con Kafka, y leyéndolo, el lector se encuentra con un narrador que escribe, efectivamente,con la fina inteligencia y el lirismo desolado de Kafka.
Jules Superville, en la página 19, retrata al autor con medida exactitud:"Usted alcanza la originalidad sin buscarla en lo más mínimo por una inclinación natural hacia la profundidad. Ud. tiene el sentido innato de lo que será clásico un día. Sus imágenes son siempre significativas y respondiendo a una necesidad están prontas a grabarse en el espíritu".
Y si se vuelve al prólogo se encuentran unas líneas de su biografía con una última frase tal vez definitiva: "Felisberto Hernández nació en el barrio de Atahualpa de la ciudad de Montevideo. Vivió 62 años. Estudió piano y a los 17 años acompañaba películas mudas en un cine. Hasta los 38 fue básicamente pianista y compositor."
EXPLICACIÓN FALSA DE MIS CUENTOS
Obligado o traicionado por mi mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático: No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo.Sin embargo,debo esperar un tiempo: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella deberá ser como un apersona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada. Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.
José Cuneo (Uruguay,1887-Alemania,1988)
NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS
Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía recuerdos de muertos queridos. a mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos . En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas.Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie.De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento.Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de un estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada.A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua.aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo.De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primera veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared también se reían y daba vuelta con la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua.Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared,no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco el sol.Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó;hacía comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella , miré la estatua.Yo no quería oír el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo las palabras: era como si al estatua se hubiera puesto a manotear a las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir."soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente:era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo:"siéntense, por favor".Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella: Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres, de un lado se puso la sobrina y del el otro joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado-y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia y sentí la maldad de contestarle: -No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.Los tres nos reímos.Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada.Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño y mio abuela dijo:"Parece que te hubieran lambido las vacas". El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar. -¿Ah, Dios mío, ese señor del cuento tan recalcitrante! De buena gana yo le hubiera dicho "¿Y usted?.¿tan femenino?.Pero le pregunté: -¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios. Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "¡Y qué le vamos a hacer!" cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciendo caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace un árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos. Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echárselos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.La sobrina de las viudas no se pudo contener: -¡Jesús, pareces Blancanieves!Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:-Dígame la verdad :¿por qué se suicidó la mujer del cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.-¿Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería algo tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos.entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. ahora mostraba toda la masa del pelo;en un remolino de la sondas se le veía un poco la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la cerne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente;su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro. Volví a pensar en las gallinas y le contesté:
-¡Señora!¡No estamos en un gallinero! cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir? Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí? -Casualmente lo sé:volcaría este licor en la jarra de las flores. Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia.El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué tocar; pero apenas empecé probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos.La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:-Tengo que hacerle un encargo. Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.
Siempre se desea volver a Bukowski, a su poesía, a sus escritos, no necesariamente eróticos, a lo más parecido a una autobiografía de infancia y juventud que es La senda del perdedor y que si se lee deja marca. Y cuando se llega otra vez a sus versos se reconoce al gran poeta que transmuta lo cotidiano y vulgar en lirismo áspero y sutil con destellos de belleza parpadeante, tipo :"el tatuaje de neón de Hemingway"...
Grant Wood, 1931
Los versos de Bukowski a Sherwood Anderson (Camden,1876-1942) son una declaración de amor desdeñosa. Por pudor, por revelar algo íntimo o intenso, por desesperación... Es el mismo desdén de Idea Vilariño regañando a Darío en A un poeta: ..."te robaron, te robaron Rubén , mira que fuiste tonto...";o el de José Emilio Pacheco en Alta traición donde esconde un sentimiento profundo por México D.F. en un verso arrasador : una ciudad deshecha, gris monstruosa...
Sherwood Anderson es uno de los padres de la narración breve norteamericana. De él Cesare Pavese recuerda que todos los grandes narradores que le siguieron le deben algo, y aunque Pavese sólo se refiera a la forma de narrar, cuando Hemingway con veintitrés años llegó a París en 1922 "apareció con una carta de presentación de Sherwood Anderson", escribe en sus memorias Gertrude Stein. Anderson es un gran escritor peculiar que se adapta muy bien a la descripción y los adjetivos que le propina Bukowski y también a su admiración y afecto.
El tonto esel más extraño de los cuentos de Anderson leídos hasta ahora pero en él también :"la forma de sus frases, uno sentía espacio entre sus frases, aire"...o "las frases se quedaban, grabadas, algo así como van Gogh"...se cumple.
uno para Sherwood Anderson
a veces me olvido de él y su peculiar inocencia, casi idiota, torpe y empalagoso, le gustaba cruzar puentes y atravesar trigales. esta noche pienso en él, la forma de sus frases, uno sentía espacio entre sus frases, aire y relataba de tal modo que las frases se quedaban grabadas algo así como van Gogh. se tomaba su tiempo para mirar lo que le rodeaba a veces corría a salvar algo, y otras veces lo regalaba todo. no entendía el tatuaje en neón de Hemingway, Faulkner le parecía demasiado listo. era un paleto del Medio Oeste se tomaba su tiempo. estaba tan lejos de Fitzgerald como lo estaba de París. contaba historias y dejaba el significado abierto y a veces contaba historias insignificantes porque así es como era. contó la misma historia una y otra vez y nunca escribió una historia intragable. y nadie habla nunca de su vida ni de su muerte.
one for Sherwood Anderson Sometimes I forget about him and his peculiar innocence, almost idiotic, awkward and mawkish, he liked walking over bridges and through cornfields. tonight I think about him, the way the lines were, one felt space between his lines, air and he told it so the lines remained carved there something like van Gogh. he took his time looking about sometimes running to save something leaving everything to save something, then at other times giving it all away. he didn't understand Hemingway's neon tattoo, found Faulkner much too clever. he was a midwestern hick he took his time. he was as far away from Fitzgerald as he was from Paris. he told stories and left the meaning open and sometimes he told meaningless stories because that was the way it was. he told the same story again and again and he never wrote a story that was unreadable. and nobody ever talks about his life or his death. The pleasures of the damned, HarperCollins, 2008 Los placeres del condenado, Visor,2011, versión española
El tonto
Hay una historia, no puedo contarla, no tengo palabras. La historia está casi olvidada pero a veces la recuerdo. La historia trata de tres hombres en una casa en una calle.
Si pudiera decir las palabras contaría la historia.
La susurraría a los oídos de mujeres, de madres.
Correría por las calles contándola una y otra vez.
Con mi lengua que se habría soltado, repicando contra mis dientes.
Los tres hombres están en una habitación en la casa.
Uno de ellos es joven y peripuesto.
Ríe sin parar.Hay un segundo hombre con una larga barba blanca.
Lo consume la duda pero a veces su duda lo abandona y se queda dormido.
El tercer hombre es el que tiene ojos malvados y se pasea nervioso por la habitación frotándose las manos una contra la otra.
Los tres hombres esperan.Esperan.
Arriba en la casa hay una mujer de pie con la espalda apoyada contra la pared, en la penumbra junto a una ventana.
Esos son los cimientos de mi historia y todo cuanto sabré se encuentra destilado en ellos.
Recuerdo que un cuarto hombre llegó a la casa, un silencioso hombre blanco.
Todo era tan silencioso como el mar por la noche.
Sus pies no hacían ningún ruido contra el suelo de la habitación en la que estaban los tres hombres.
El hombre de ojos malvados hervía por dentro, corría de un lado a otro como un animal enjaulado.
El viejo hombre gris se contagio de su nerviosismo, se quedó tirándose de la barba.
El cuarto hombre,el blanco, subió hasta donde estaba la mujer.
Ahí estaba ella, esperando.
Qué silencio había en la casa, qué alto sonaba el tictac de todos los relojes del vecindario.
La mujer de arriba anhelaba el amor. Esa tiene que haber sido la historia. Deseaba el amor con todo su ser. Quería enamorar.
Cuando el hombre blanco y silencioso compadeció, ella se abalanzó hacia él.
Sus labios estaba separados.
Había una sonrisa en sus labios.
El hombre blanco no dijo nada.
En sus ojos no había ningún reproche, ninguna pregunta.
Sus ojos eran tan impersonales como estrellas.
Abajo el tipo malvado gemía y corría de un lado a otro como un perrillo perdido y hambriento.
El tipo gris intentaba seguirle por todas partes pero al poco tiempo se cansó y se echó en el suelo para dormir.
Nunca más despertó.
El peripuesto también yacía en el suelo.
Reía y jugaba con su fino bigote negro.
No tengo palabras para contar lo que sucedió en mi historia.
No puedo contar la historia.
El tipo blanco y silencioso puede que fuera la Muerte.
La mujer anhelante en espera puede que fuera la Vida.
El barbudo gris y el malvado me confunden.
Pienso y pienso, pero no logro entenderlos.
Sin embargo la mayor parte del tiempo ni siquiera pienso en ellos.
Me obsesiona el tipo peripuesto que ríe a lo largo de toda la historia.
Si pudiera comprenderle, podría entenderlo todo.
Podría correr por el mundo contando una historia maravillosa.
Dejaría de ser tonto.
¿Por qué no me dieron las palabras?
¿Por qué soy tonto?
Tengo una historia maravillosa que contar pero no conozco el modo de contarla.
"La Década perdida" -uno de los últimos cuentos de F. Scott Fitzgerald- fue publicado por Esquire en 1939. Pietro Citati, el ensayista y crítico italiano le incluye entre los mejores cuentos breves del siglo XX.
En "La muerte de la mariposa", Citati condensa la vida de Fitzgerald, y en parte la de su esposa Zelda. Sobrevuela sobre ambas eligiendo momentos precisos y el resultado es un retrato aparentemente impresionista por fragmentado y discontinuo, pero que Citati logra hacer consistente y vibrante y convierte en una buena introducción a la obra de Fitzgerald al que aprecia y conoce a fondo. Su talento, su compulsiva búsqueda del éxito, también social, su vanidad... Sobre las últimas obras del autor estadounidense - realizadas mientras luchaba contra el alcoholismo, las dificultades económicas, el sentimiento de fracaso, la enfermedad de Zelda, y mantenía la atención preocupada y solícita en su querida hija Scottie-, escribe:
"En los últimos años, Fitzgerald se sintió abandonado por la literatura. Lo repetía sin cesar:"El problema era un cuento para una revista, el cual, hacia la mitad se había vuelto tan etéreo que estaba a punto de salir volando". "Durante tres años mi capacidad creativa ha estado completamente muerta." "Mi mente no ha estado nunca tan desesperadamente deseosa de escribir"[...] "Mi talento está lleno de cicatrices".
No es verdad o no es del todo verdad, porque entre 1936 y 1939 escribió cinco cuentos breves que figuran entre los más bellos del siglo pasado: "An Author's mother","Un caso de alcoholismo", The Long Way Out", "Financiando a Finnegan" y "La década perdida"."
- También "La tarde de un escritor", se puede añadir a la selección de Citati: pertenece a esos años finales, y mantiene la misma emoción y calidad literaria -
Manhattan, en 1931 (ampliar)
LA DÉCADA PERDIDA
PERSONAS de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era "uno de los redactores-jefe", pero durante el trabajo sólo era un hombre de pelo rizado que hacía un año había sido director del Jack-O-Lantern de Dartmouth y ahora se contentaba con asumir las tareas menos deseables de la redacción: desde corregir originales ilegibles a desempeñar las funciones de un botones sin serlo.
Había visto a aquel individuo entrar en el despacho del director: un individuo pálido y alto, de unos cuarenta años, con el pelo rubio impecablemente peinado, y ademanes que no eran ni huraños ni tímidos, ni sobrenaturales como los de un monje, pero que tenían algo de las tres cosas. El nombre que aparecía en su tarjeta, Louis Trimble, le traía vagos recuerdos, pero, al no encontrar un punto de referencia, Orrison se despreocupó, hasta que un timbre sonó en su escritorio y, por experiencias anteriores, adivinó que el señor Trimble iba a ser el primer plato del almuerzo del día.
-El señor Trimble...El señor Brown -dijo la fuente del dinero de todos loa almuerzos-. Orrison el señor Trimble ha estado ausente mucho tiempo. O por lo menos a él le parece que ha sido mucho tiempo: casi doce años. Mucha gente se consideraría afortunada si hubiera perdido la última década.
-Así es -dijo Orrison.-Hoy no tengo tiempo ni para comer -continuó el jefe-.Llévalo a Voisin, o al Veintiuno o donde quiera. El señor Trimble cree que se ha perdido muchas cosas.Trimble objetó educadamente:-Bueno, me las puedo arreglar. -Lo sé, camarada. Nadie conocía esta ciudad como tú. Y si Brown se empeña en explicarte los carros sin caballos, me lo mandas inmediatamente. Y a las cuatro te vienes para acá, ¿de acuerdo?
Orrison cogió el sombrero.-¿Ha estado fuera diez años? -preguntó mientras bajaban en el ascensor.-Estaban empezando a construir el Empire State Building -dijo Trimble-. ¿En qué año fue?-En 1928, poco más o menos. Pero, como ha dicho el jefe, ha tenido la suerte inmensa de perderse muchas cosas -y como sondeándolo, añadió-:Seguramente usted tenía cosas más interesantes que ver.
-Creo que no.
Llegaron a la calle y, por la manera en que Trimble contrajo la cara ante el fragor del tráfico, Orrison hizo otra conjetura. -¿Ha vivido lejos de la civilización? -En cierto sentido -las palabras fueron pronunciadas de una manera tan comedida, que Orrison llegó a la conclusión de que aquel hombre sólo hablaría si se lo pedían, y al mismo tiempo se preguntó si habría pasado los años treinta en la cárcel o el manicomio. -Éste es el célebre Veintiuno -dijo-.¿Prefiere comer en otro sitio? Trimble guardó silencio unos segundos, mientras miraba con atención el edificio de piedra caliza roja. -Recuerdo cuando el nombre del Veintiuno empezó a hacerse famoso -dijo- , más o menos el mismo año que el Moriarty -inmediatamente continuó casi en tono de excusa-: Pensaba que pasearíamos un rato por la Quinta Avenida y comeríamos donde nos apeteciera: en algún sitio donde pudiéramos ver gente joven.
Orrison le echó una mirada rápida y volvió a pensar en rejas; se preguntaba si entre sus deberes se incluiría presentarle al señor Trimble chicas complacientes. Pero al señor Trimble no parecía habérsele ocurrido semejante posibilidad: tenía una expresión de absoluta y profunda curiosidad, y Orrison trató de relacionar su nombre con la expedición perdida en el Polo Sur del almirante Byrd o con los aviadores desaparecidos en la jungla brasileña. Era, o había sido, todo un personaje: era evidente. Pero la única pista definitiva para averiguar su procedencia -y a Orrison aquella pista poco le decía- era que como hombre de ciudad, respetaba los semáforos y preferiría ir por la acera y no por mitad de la calle. De pronto se paró a mirar el escaparate de una camisería. -Corbatas de crespón -dijo-. No veía corbatas así desde que dejé la universidad. -¿Dónde estudió? -En el Instituto Tecnológico de Massachussetts. -Magnífico sitio. -La semana que viene irá a hacer una visita. Podemos comer algo en algún sitio de por aquí...-habían pasado la calle 50-. Elija usted. Había un buen restaurante con una pequeña marquesina a la vuelta de la esquina.
-¿Qué prefiere ver? -preguntó Orrison cuando se sentaron. Trimble se quedó pensativo un instante. - Bueno...La nuca de la gente -sugirió-. El cuello...Cómo la cabeza se une al cuerpo. Me gustaría oír qué le están diciendo a su padre aquellas chicas. No exactamente lo que están diciendo, sino sólo si las palabras flotan o se hunden, y cómo se cierran sus labios cuando acaban de hablar. Sólo es una cuestión de ritmo: Cole Porter volvió a Estados Unidos en 1928 porque intuyó que había nuevos ritmos en el ambiente.
Orrison creyó haber encontrado por fin una pista segura, y, con amable delicadeza, no siguió por aquel camino ni un milímetro, incluso reprimió un repentino deseo de decirle que había un buen concierto en el Carnegie Hall aquella noche. -El peso de las cucharas -dijo Trimble-, tan liviano. Un cuenco pequeño pegado a un mango. el ligero estrabismo de ese camarero. Lo conozco desde hace mucho tiempo, pero seguro que no se acuerda de mí. Pero, al irse del restaurante, el camarero miró a Trimble como si dudara, como si estuviera a punto de reconocerlo. cuando salieron a la calle, Orrison se echó a reír: -Diez años bastan para olvidar. -Estuve aquí en mayo -Trimble se interrumpió bruscamente. Orrinson llegó a la conclusión de que aquello era un poco descabellado, y de repente decidió convertirse en una especie de guía. -Desde aquí puede ver el Rockefeller Center -señaló animosamente- y el edificio Chrysler y el Amistead, el padre de todos los nuevos edificios. -El edificio Amistead -Trimble miró hacia aquella zona, obediente-. Sí, lo proyecté yo Orrison negó con la cabeza y sonrió. Estaba acostumbrado a tratar con toda clase de gente. Pero la broma de que había comido en el restaurante en mayo...
Se detuvo ante la placa de bronce que había en la piedra angular del edificio: "Construido en 1928". Trimble hizo un gesto de asentimiento. -Empecé a emborracharme aquel año, a emborracharme de verdad. Así que es la primera vez que lo veo. -Ah -Orrison titubeó-. ¿Quiere entrar? -He entrado muchas veces, muchas. Pero no lo he visto. Y ahora no es lo que me gustaría ver. Ahora mismo sería incapaz. Sólo quiero ver cómo camina la gente y cómo son los vestidos, los sombreros, los zapatos. Y los ojos y las manos. ¿Le importaría estrecharme la mano? -En absoluto, señor. -Gracias, gracias. Es muy amable. Me figuro que parecerá extraño, pero la gente creerá que nos estamos despidiendo. Voy a pasear un rato por la avenida, así que es verdad que nos tenemos que despedir. Diga en el semanario que volveré a las cuatro.
Orrison lo siguió con la mirada cuando empezó a alejarse, casi esperando ver cómo se metía en un bar. Pero no había nada en Trimble que sugiriera o hubiera sugerido alguna vez que bebiera. "Jesús -dijo para sí- diez años borracho". Súbitamente palpó el tejido del abrigo y luego alargó la mano y apretó el pulgar contra el granito del edificio.
"...Es sólo poesía, es sólo música. No tenemos nada mejor."Adam Zagajewski
Los versos de Elizabeth Bishop no necesitan ilustraciones, crean sus propias imágenes con precisión y misterio y una belleza lacerante que traspasa al lector y le detiene; las hermosas pinturas de Nicolas de Staël, algunas de las más plateadas y sombrías de su trágica vida, sirven en esta ocasión sólo para articular visualmente este inolvidable poema./10septiembre2017
At the Fishhouses/ La aldea de pescadores
A pesar del frío atardecer, allá abajo, en una de las casas un viejo remienda su red en la casi invisible caída de la noche; brilla el oscuro marrón-púrpura de su gastada y pulida lanzadera. Es tan fuerte el olor a bacalao que lagrimean los ojos y humedece la nariz. Although it is a cold evening,/down by one of the fishhouses/an old man sits netting,/ his net, in the gloaming almost invisible,/ a dark purple-brown,/and his shuttle worn and polished.The air smells so strong of codfish/it makes one's nose run and one's eyes water. Las cinco casas visten pronunciados tejados y las angostas pasarelas remachadas conducen hacia los desvanes en los gabletes para el ir y venir de las carretillas. Todo es plata: la pesada superficie del mar, que lenta asciende como si temiera derramarse, es opaca, pero lo plateado de los bancos, las nasas langosteras y los mástiles, esparcidos entre las dentadas rocas agrestes, revelan la misma aparente translucidez que los vetustos, diminutos edificios de musgo esmeralda creciendo en las paredes que dan a la costa. The five fishhouses have steeply peaked roofs/ and narrow, cleated gangplanks slant up/to storerooms in the gables/ for the wheelbarrows to be pushed up and down on./ All is silver: the heavy surface of de sea,/swelling slowly as if considering spilling over,/ is opaque, but the silver of the benches,/ the lobster pots, and masts, scattered/ among the wild jagged rocks,/ is of an apparent translucence/ like the small old buildings with an emerald moss/ growing on their shoreward walls.
Las cubas de pescado están totalmente cubiertas
con capas de hermosas escamas de arenque
y las carretillas están igualmente enlucidas
con una lechosa, iridiscente cota de malla
plagada de pequeñitas e iridiscentes moscas cintilando.
Ladera arriba, tras las casas,
plantado en el rocío disperso de la hierba,
hay un antiguo cabestrante de madera,
rajado, con dos descoloridas manivelas
y algunas manchas de melancolía como la sangre seca,
allí, donde el herraje ya se oxidó.
El viejo amigo de mi abuelo,
acepta un Lucky Strike.
Hablamos del descenso en la población,
del bacalao y el arenque
mientras espera que llegue la barca arenquera.
Hay residuos de cebo en su chaleco y su pulgar.
Ha escamado, lo más hermoso,
incontables peces con ese viejo cuchillo negro
cuya hoja ya está roma.
The big fish tubs are completely lined/with layers of beautiful herring scales/ and the wheelbarrows are similarly plastered/ with creamy iridescent coats of mail,/with small iridescent flies crawling on them./ Up on the little slope behind the houses,/ set in the sparse bright sprinkle of grass,/is an ancient wooden capstan,/cracked, with two long bleached handles/ and some melancholy stains, like dried blood,/where the ironwork has rusted./The old man accepts a Lucky Strike./ He was a friend of my grandfather./ We talk of the decline in the population/ and of codfish and herring/while he waits for a herring boat to come in./There are sequins on his vest and on his thumb./ He has scraped the scales, the principal beauty./from unnumbered fish with the black old knife./the blade of which is almost worn away.
Abajo, en el borde del agua, en el sitio
donde jalan las barcas hacia la rampa
que entra al mar, esbeltos plateados
troncos de árboles yacen horizontales
sobre grises piedras, y descienden
a intervalos de más de un metro.
Down at the water's edge, at the place/where they haul up the boats, up the long ramp/ descending into the water, thin silver/ tree trunks are laid horizontally/ across the gray stones, down and down/ at intervals of four or five feet.
Fría oscuridad profunda y absolutamente diáfana,
elemento intolerable a los humanos,
a los peces y a las focas...Tarde tras tarde
veía aquí a una misma foca.
Yo despertaba su curiosidad. Le interesaba la música;
y creía, como yo, en la total inmersión;
así que solía cantarle himnos baptistas.
También cantaba "Una fortaleza todopoderosa es nuestro Dios".
Erguida desde el agua me miraba
atenta, moviendo apenas su cabeza.
Desaparecía y de pronto volvía a emerger
en el mismo sitio, con cierto desgaire,
como si actuara contra su voluntad.
Fría, oscura, profunda y absolutamente diáfana,
la claridad grisácea del agua helada...Al fondo, tras nosotros,
los solemnes, altos abetos.
Azulados, reunidos en sus sombras,
miles de árboles navideños esperan
la Navidad. El agua pareciera suspendida
sobre el gris y el azul-gris de las redondas piedras.
Cold dark deep and absolutely clear,/ element bearable to no mortal,/to fish and to seals...One seal particularly/I have seen here here evening after evening./He was curious about me.He was ainterested in music;/like me a believer in total immersion,/so I used to sing him Baptis hymns./I also sang "A Mighty Fortress Is Our God"./He stood up in the water and regarded me/steadily, moving his head a little./ Then he would disappear, then suddenly emerge/ almost in the same spot, with a sort of shrug/ as if it were against his better judgment./Cold dark deep and absolutely clear,/ the clear gray icy water...Back, behind us,/the dignified tall firs begin./Bluish, associating with their shadows,/a million Christmas.The water seem suspended/ above the rounded gray and blue-gray stones.
He visto una y otra vez el mismo mar, el mismo
leve e indiferente mecerse sobre las piedras,
gélido y libre por encima de las piedras,
sobre las piedras y luego sobre el mundo.
Si hundieras la mano en él,
de inmediato te dolería la muñeca,
lastimaría tus huesos y ardería tu mano
como si el agua fuese una transmutación de un fuego
alimentado de piedras que arde con una oscura llama gris.
Si lo probaras, al principio te sabría amargo,
luego salobre, luego seguro quemaría tu lengua.
Es como imaginamos el conocimiento:
oscuro, salado, claro, móvil, plenamente libre,
extraído de la fría y áspera boca
del mundo, nacido de rocoso seno,
siempre fluye y se retrae; y dado que
nuestro conocimiento es histórico: transcurre y pasa.
I have seen it over and over, the same sea, the same,/ slightly, indifferently swinging above the stones,/ icily free above the stones,/above the stones and then the world./If you should dip your hand in,/ your wrist would ache aimmediately,/your bones would begin to hache and your hand would burn/ as if the water were a transmutation of fire/ that feeds on stones burns with a dark gray flame./If you tasted it, it would first taste bitter,/ then briny, then surely burn your tongue./It is like what we imagine knowledge to be:/dark, salt, clear, moving, utterly free,/ drawn from the cold hard mouth/ of the world, derived from the rocky breasts/ forever,flowing and drawn, and since/our knowledge is historical, flowing, and flown.