" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]RELEER es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio MANGANELLI, 1990

domingo, 17 de febrero de 2013

EL MUSEO DE CIENCIAS COMO ACTIVADOR MENTAL

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Los Museos de Historia Natural  del mundo- desde los más importantes a los más modestos- son lugares donde lo científico, a veces,  linda  con lo fabuloso activando  una explosión de sensaciones e ideas que  puede funcionar como   un acelerador de  creatividad.                                                                               

Como a Holden Caufield a J.D.Salinger niño le traía mucho el Museo de Historia Natural de su ciudad (Nueva York) y le visitaba con frecuencia. "En una carta a una amiga, Salinger admite -sin equívoco posible- que el chico  protagonista Holden Caufield es un retrato suyo de cuando tenía esa edad".                             (Ian Hamilton, En busca de J.D. Salinger,Mondadori).

"A pesar de la lluvia, y a pesar de que era domingo y sabía que no iba a encontrar a Phoebe allí, atravesé todo el parque para ir al Museo de Historia Natural. Sabía que era ése al que se refería la niña del patín. Me lo sabía de memoria. De pequeño había ido al mismo colegio que Phoebe y nos llevaban a verlo todo el tiempo. Teníamos una profesora que se llamaba la señorita Aigletinger y que nos hacía ir allí todos los sábados. Unas veces íbamos a ver los animales  y otras las cosas que habían hecho los indios. Cacharros de cerámica, cestos y cosas así. Cuando me acuerdo de todo aquello me animo  muchísimo. Después de visitar las salas, solíamos ver una película en el auditorio. Una de Colón. Siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos. Luego venía lo de los marineros amotinándose y todo eso. A nadie le importaba un pito Colón, pero siempre llevábamos en los bolsillos un montón de caramelos y de chicles y además dentro del auditorio olía muy bien. Olía siempre como si en la calle estuviera lloviendo y aquél fuera el único sitio seco y acogedor del mundo entero. ¡Cuánto me gustaba aquel museo!"                                                                                 
                    El guardián entre el centeno. J.D.Salinger , Edhasa
                                                                                 ***                                                                                  

Tambien el poeta sueco Tomas Tranströmer  iba con frecuencia al Museo de Historia Natural de su ciudad (Estocolmo). Su singular talento pudo ser activado en parte por aquellas dilatadas estancias en el Museo. Lo que sus  visitas significaron para él  lo cuenta en la  breve y seductora autobiografía de sus años de infancia y adolescencia , Visión de la memoria, con una prosa que tiene la tersura, intensidad y belleza de sus versos.



















                                                                     




                                                                          
                                                                     

                                                                  MUSEOS

Durante mi infancia me atraían los  museos. Primero el de Historia Natural, en la zona de Frescati. ¡Qué edificio!¡Gigantesco, babilónico, inagotable  En la planta baja, sala tras sala, los mamíferos y los pájaros disecados se amontonaban en el polvo Además, estaba la bóveda donde las ballenas colgaban del techo. Y en el primer piso: los  fósiles, los invertebrados...

 Yo visitaba el museo tomado de la mano de alguien. Tenía cinco años. A la entrada nos recibían dos esqueletos de elefante  eran los guardianes de la puerta hacia la maravilla. Dejaban en mí una impresión colosal; después los dibujaba en un gran cuaderno.
   Después de un tiempo cesaron las visitas al museo. Había entrado en un periodo en el cual tenía un miedo atroz a los esqueletos. Lo más terrible era la imagen de la osamenta que aparecía al final del artículo titulado "Hombre" en el Libro Nórdico de la Familia.
Pero el miedo se extendía hacia los esqueletos en general, es decir también a los esqueletos de elefante del museo. Me volví temeroso hasta de mi propio dibujo y no me animaba a abrir el cuaderno. [...]
Tiempo después en la edad escolar, volví al Museo de Historia Natural. Era zoólogo aficionado, serio, precoz. Me inclinaba sobre los libros de insectos y peces.
Había empezado a coleccionar. Mis colecciones estaban en un armario de la casa. Pero en mi cabeza crecía un enorme museo, y entre ese museo fantástico y el muy real de Frescati, había una relación.
Un domingo sí y otro no, más o menos,iba al museo de Historia Natural. Tomaba el tranvía hacia Roslagtull y caminaba los últimos kilómetros. El camino era siempre un poco más largo de lo imaginado. Recuerdo esas caminatas muy bien; siempre con viento, se me caían los mocos, lagrimeaba. No recuerdo las c caminatas en sentido contrario; es como si nunca hubiese vuelto a casa, como si tan solo hubiera estado yendo hacia allí, un paseo expectante, moqueando y lagrimeando hacia el enorme edificio babilónico.
Al llegar me saludaban los esqueletos. A menudo caminaba directamente hacia la sección "vieja", con los animales disecados desde el siglo XVIII -algunos de los cuales habían sido tratados deficientemente- con la cabeza hinchada. Había allí una magia especial. Los grandes paisajes artificiales con modelos bien diseñados  de animales no me atraían: eso era ilusión, cosa de niños. Estaba claro que no me interesaban los animales vivos. Sí me interesaban los disecados, los que estaban al servicio de la ciencia. La ciencia a la cual me sentía cercano era la de Linneo: descubrir, coleccionar, examinar.
El museo era explorado. Me detenía largo rato entre las ballenas  y en la sección de Paleontología. Y después estaba la sección  en la que me entretenía más: la de los Invertebrados.
Nunca me comunicaba con otros visitantes. En realidad, no recuerdo que hubiese otros visitantes. Otros museos que visitaba con menos frecuencia -el Marítimo, el Etnográfico, el Técnico- estaban siempre llenos de gente. Pero el Museo Nacional  parecía estar abierto sólo para mí.

Un día me encontré con un semejante. No un visitante, sino un profesor, o algo por el estilo, que trabajaba en el museo. Nos encontramos en la sección de los Invertebrados, de pronto se materializó entre las vitrinas, casi tan alto como yo. Hablaba a medias consigo mismo. Inmediatamente nos metimos en una conversación sobre moluscos. Era tan distraído o libre de prejuicios que me trató como a un adulto. Uno de los ángeles de la guarda que aparecieron de vez en vez en mi infancia y me tocaron con sus alas.
La conversación condujo a que yo fuese autorizado  a visitar una sección que no estaba dedicada al público general. Recibí una cantidad de consejos sobre el disecado de animales pequeños y me prestaron pequeños tubos de vidrio que parecían parte de un equipo verdaderamente profesional.
Junté insectos, sobre todo escarabajos, desde los once años hasta más o menos los quince. Los intereses que competían con esa actividad eran sobretodo los artísticos. ¡Qué pena que  la Entomología tuviese que dejar lugar para esos intereses! Yo me convencía de que era algo momentáneo. En cincuenta años retomaré la colección, pensaba.
La actividad comenzaba en la primavera pero florecía sin dudas en el verano, en Runmarö. En la casa de verano,donde nos movíamos en unos pocos metros cuadrados, estaban los frascos con insectos muertos y una placa para disecar mariposas. Y por todas partes se deslizaba un olor a éter, que además flotaba en torno a mi persona, porque yo andaba siempre con un frasco de insecticida en el bolsillo.
Sin duda hubiese sido más serio usar cianuro, como recomendaba el manual. Por suerte, esa sustancia estaba fuera de mi alcance, de modo que nunca tuve que pasar por la prueba de honor de usarlo.
eran muchos los que participaban en la caza de insectos. Los niños de los alrededores aprendieron a avisar cuando aparecía algún insecto que pudiese ser interesante. "¡Un animaaaaa!", sonaba el grito en el pueblo y yo llegaba corriendo con la red.
Andaba siempre de excursión. Una vida al aire libre sin ninguna idea de que fuese o no saludable. No tenía puntos de vista estéticos sobre mi caza, naturalmente -se trataba de la Ciencia- pero tuve muchas vivencias de la belleza sin enterarme de ello. Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse en lo más mínimo de nosotros.
Una pizca de ese mundo era cazada y pinchada en mis cajas, que he conservado hasta el día de hoy. Un mini-museo escondido del que tengo poca conciencia. Pero allí están los bichos. Como si esperaran su tiempo.


Link relacionado:
ABC, 19 oct 2012.: Japón encuentra un registro completo del Carbono 14  


Tomas TRANSTRÖMER, Visión de Memoria, Nórdica, colecciónletrasnördicas,2012