" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Truman CAPOTE y Paul GAUGUIN en La Martinica



Los  autorretratos de Gauguin  tienen la   acusada  fuerza   plástica  de toda  su obra, y entre ellos los hay   inquietantes, a veces,  tenebrosos, y en alguna ocasión   rozan lo demoníaco.

En  Música para camaleones con  destellante prosa Truman Capote da  una pista que puede explicar, en parte,   por qué son así, reflexionando  sobre  un  espejo negro que perteneció al pintor y, mucho después,   el escritor examina en la  casa que   visita en La Martinica.                                                     

                                                                       ***
En 1885, desde Copenhague, Paul Gauguin  escribía a un  amigo pintor:  
 "Hay tonos nobles y los hay triviales; hay armonías tranquilas y consoladoras y otras que sacuden por su atrevimiento."
Él eligió zarandear al espectador situado frente a su pintura iniciando un modo rompedor de crear imágenes, de pintar, empleando colores planos, saturados en atrevidos contrastes, grandes zonas de colores complementarios y yuxtapuestos a veces enmarcados en líneas oscuras como los esmaltes -cloisonné- ,simplificando  formas con una estilización arriesgada, y renunciando a la perspectiva tradicional y al volumen, deformando voluntariamente los planos...buscando  con energía potenciar   la intensidad plástica ,y olvidando  o transformando,  la imitación . 
Sigue con interés las búsquedas de Cézanne y Van Gogh, los encuadres insólitos de Degas la forma de representación de  las estampas japonesas, de las pinturas egipcias, del arte llamado primitivo conocido en París y en sus viajes... y se sumerge en la pintura aunque también  busca el éxito manteniendo desde la lejanía un ojo atento a lo que se cuece y cotiza en París. 
Cuando en 1902 decide volver a Francia, una carta de Daniel de Monfreid, el pintor y coleccionista francés, le disuade: "tu mito se resentiría con el regreso", y Gauguin espera. A su pesar y aunque pretende ponerse de parte de los indígenas y convertirse en un "buen salvaje", no deja de ser respecto a ellos, de otra manera, un depredador colonial. 
Nieto de la feminista y socialista Flora Tristán, después de haber vivido de niño en Perú y haber estado  unos meses en La Martinica, -la isla del Caribe que continúa hoy siendo parte del Departamento de Ultramar francés- y en otros lugares lejanos y exóticos para un europeo, tras una escandalosa vuelta a París, se instala en Tahití donde muere en 1903 . 
Es un creador poderoso y en sus obras deja diseminados haces de semillas plásticas que influirán en las vanguardias del siglo veinte y en destacados artistas, Picasso , con un olfato especial para encontrar, ("yo no busco encuentro", ) ,entre ellos.

                                                   

El carácter inquietante de los autorretratos de Gauguin hace que Van Gogh le escriba cuando recibe uno en Arlés  que le envía Gauguin en  1888:
[...] Francamente me hace pensar más que en otra cosa en un preso [...]" 
Es habitual que los pintores utilizen un espejo para retratarse. Pero Truman Capote habla de un espejo especial  cuyo interior turbio y oscuro, comprueba  personalmente en el relato, es capaz de  arrastrar  a  profundidades  vertiginosas. 


                               Autorretrato, 1888, ól/lz, 45 x 55. Amsterdam. Enviado a Van Gogh
                             

                            Autorretrato con el Cristo Amarillo, 1889, ól/lz, 38 x 46

                                            Autorretrato, 1889, ól/tb., 80 x 52

                                      Autorretrato con ídolo (det.),1891, ól/lz, 46 x 33
. . .
                                          Autorretrato, 1891, ól/lz, 55 x46







MÚSICA PARA CAMALEONES



"Es alta y esbelta, quizá de setenta años, cabellos plateados, soigne, ni negra ni blanca, el color oro pálido del ron. Es una aristócrata de la Martinica que vive en Fort de France, aunque también tiene un piso en París. Estamos sentados en la terraza de su casa, graciosa y elegante, que parece hecha de encajes de madera: me recuerda a ciertas casas antiguas de Nueva Orleans. Bebemos té de menta con hielo, levemente sazonado de ajenjo.

Tres camaleones verdes corretean por la terraza, uno se detiene a los pies de madame chasqueando su ahorquillada lengua, y ella comenta:
- Camaleones. ¡Qué excepcionales criaturas! La manera en que cambian de color. Rojo.Amarillo. Lima. Rosa. Espliego. ¿Y sabía usted que les gusta mucho la música?
Me contempla con sus bellos ojos negros.
-¿No me cree?

A lo largo de la tarde me ha contado muchas cosas curiosas. Que, por las noches, su jardín se llena de enormes mariposas nocturnas. Que su chófer, un digno personaje que me ha conducido a su casa en un Mercedes verde oscuro, tras haber sido condenado por envenenar a su mujer luego se había fugado de la Isla del Diablo. Y me ha descrito un pueblo en lo alto de las montañas del norte que está enteramente habitado por albinos: "individuos menudos, de ojos rosados, blancos como la tiza. De vez en cuando se ven algunos por las calles de Fort de France".
-Sí, claro que la creo.
Ladea su cabeza plateada
-No, no me cree pero se lo demostraré.

Diciendo esto, entra resueltamente en su fresco salón caribeño, una estancia umbría con ventiladores que giran suavemente en el techo, y se coloca ante un piano bien afinado. Yo sigo sentado en la terraza, pero puedo observarla: una mujer elegante  ya mayor, producto de sangres diversas. Empieza a tocar una sonata de Mozart.

Mozart, Sonata nº 4,K 282, Friedrich Gulda



Finalmente, los camaleones se amontonan: una docena, otra más, verdes la mayoría, algunos escarlata, espliego. Se deslizan por la terraza y entran correteando en el salón: un auditorio sensible, absorto en la música que suena. Y que entonces deja de sonar, pues mi anfitriona se yergue de pronto, golpeando el suelo con el pie, y los camaleones salen disparados como chispas de una estrella en explosión.
Ahora me mira.
-Et maintenant? C'est vrai?
-En efecto. Pero resulta muy extraño.
Sonríe.
-Alors. Toda la isla flota en lo extraño. Esta misma casa está encantada. La habitan muchos fantasmas. Y no en la oscuridad. Algunos aparecen en pleno día, con toda la insolencia que pueda imaginarse. Impertinentes.
-Eso también es corriente en Haití. Allá, los fantasmas se pasean a la luz del día. Una vez vi una horda de fantasmas que trabajaban en el campo, cerca de Petionville. Quitaban insectos de las plantas de café.

Ella lo acepta como un hecho, y continúa:
-Oui, Oui. Los haitianos explotan a sus muertos. Son famosos por eso. Nosotros los abandonamos a sus penas. Y a sus alegrías. Tan vulgares, los haitianos. Tan criollos. Y es imposible bañarse, los tiburones imponen mucho. Y los mosquitos ¡qué tamaño, qué audacia! Aquí, en la Martinica, no tenemos mosquitos. Ni uno.
- Lo he notado; me ha sorprendido.
- Y a nosotros. La Martinica es la única isla del Caribe que no está infestada de mosquitos, y nadie puede explicárselo.
-Quizá se los traguen todos las mariposas nocturnas.
Se ríe.
-O los fantasmas.
-No. Creo que los fantasmas preferirían las mariposas.
-Si, las mariposas nocturnas quizá sean más alimento fantasmal. Si yo fuera un fantasma hambriento, preferiría comer cualquier cosa antes que mosquitos. ¿Quiere usted  más hielo en su vaso? ¿Ajenjo?
-Ajenjo. Es algo que no podemos conseguir en mi país. Ni siquiera en Nueva Orleans.
-Mi abuela paterna era de Nueva Orleans.
-La mía también.
Mientras escancia ajenjo de una destellante botella esmeralda, sugiere:
- Entonces quizá seamos parientes. Su nombre de soltera era Dufont. Alouette Dufont.
-¿Alouette? ¿De veras? Muy bonito. Conozco a dos familias Dufont en Nueva Orleans, pero no estoy emparentado con ninguna de ellas.
-Lástima. Hubiera sido divertido llamarle primo. Alors. Claudine Paulot me  ha dicho que ésta es su primera visita a la Martinica.
-¿Claudine Paulot?
-Claudine y Jacques Paulot. Los conoció la otra noche. en la cena del gobernador.

Me acuerdo: él era un hombre alto y guapo, el primer presidente del Tribunal de Apelación de la Martinica y la Guayana francesa, que comprende la Isla del Diablo.
-Los Pulot. Sí. Tienen ocho hijos. Él es un ferviente partidario de la pena de muerte.
- Ya que parece tan viajero ,¿cómo no ha venido antes por aquí?
- ¿A Martinica? Bueno, sentía cierta desgana. Aquí asesinaron a un buen amigo mío.
Los hermosos ojos de Madame son una pizca menos amables que antes. Hace una lenta declaración:
- El asesinato es un caso raro, aquí. No somos gente violenta. Serios, pero no violentos.
-Serios. Sí. En los restaurantes, en las calles, incluso en las playas, la gente tiene un aspecto bastante severo. Parecen muy preocupados. Como los rusos.
-No debe olvidarse que aquí la esclavitud no fue abolida hasta 1848.
No veo la relación , pero no pregunto, pues ya está explicado.
-Además, Martinica es"trés chére". Una pastilla de jabón comprada en París por cinco francos aquí cuesta el doble. Todo cuesta el doble de lo debido, porque todo es de importación. Si esos revoltosos consiguen lo que quieren y la Martinica se hiciese independiente de Francia, sería el fin. La Martinica  no podría existir sin ayuda económica de Francia. Sencillamente pereceríamos. Alors, algunos tenemos un aire grave. Pero hablando en términos generales, ¿encuentra usted atractivos a los habitantes?
-A las mujeres. He visto a algunas de una belleza asombrosa. Cimbreantes, suaves, de posturas magníficas, arrogantes; con una estructura ósea tan fina como la de los gatos. Además poseen cierta fascinante agresividad.
-Eso es de la sangre senegalesa. Aquí tenemos muchos senegaleses. Pero a los hombres, ¿no los encuentra usted tan atractivos?
-No.
-Estoy de acuerdo. Los hombres no son atractivos. Comparados con nuestras mujeres, resultan insulsos, sin carácter: "vin ordinaire·. Mire usted , la Martinica es una sociedad matriarcal. Cuando eso ocurre, como en la India,por ejemplo, entonces los hombres no son gran cosa. Veo que está mirando mi espejo negro.


Efectivamente. Mis ojos lo consultan aturdidos: se fijan en él contra mi voluntad, como a veces hacen los absurdos destellos de un aparato de televisión mal ajustado. Tiene esa clase de frívolo poder. Por consiguiente, lo describiré con todos sus pormenores; a la manera de esos novelistas franceses de avant-garde, quienes al prescindir de la narración, del personaje, de la estructura, se limitan a párrafos de una página de extensión  donde detallan los contornos de un solo objeto, el mecanismo de un movimiento aislado: un tabique, una blanca pared con una mosca vagando a su través. Así: el objeto de la sala de visitas de madame es un espejo negro. Tiene dieciocho centímetros de alto, por quince de ancho. Está enmarcado en una caja de desgastado cuero negro en forma de libro. De hecho, la caja está abierta encima de una mesa, como si fuera una edición de lujo dispuesta para ser hojeada, pero en ella no hay nada que leer ni ver, salvo el misterio de nuestra propia imagen proyectada por la superficie del espejo negro antes de alejarse hacia sus profundidades insondables, a sus meandros de tiniebla.

- Perteneció a Gauguin -explica ella- . Ya sabe usted, por supuesto que vivió y pintó aquí antes de establecerse entre los polinesios. Este era su espejo negro. Eran artefactos bastante comunes entre artistas del siglo pasado. Van Gogh usó uno. Igual que Renoir.

- No logro entenderlo. ¿Para qué los usaban?
- Para refrescar su visión. Para renovar su reacción al color, las variaciones tonales. Tras una sesión de trabajo, con los ojos fatigados, descansaban mirando al interior de esos espejos oscuros. Igual que en un banquete los gourmets  vuelven a despertarse el paladar entre platos complicados , con un sorbet de citron.- Levanta de mesa el pequeño volumen que contiene el espejo y me lo tiende-. Lo uso a menudo, cuando tengo los ojos cansados de  tomar mucho el sol. Es sedante.

Sedante y también inquietante. La oscuridad, a medida que uno mira dentro de ella, deja de ser negra para convertirse en un extraño azul plateado: el umbral de visiones secretas. Como Alicia, me siento al comienzo de un viaje a través de un  espejo, recorrido que vacilo en emprender.

A lo lejos  oigo su voz  serena,  vaporosa, refinada:
- ¿Así que tenía usted un amigo a quien asesinaron aquí?
-Sí.
-¿Norteamericano?
-Sí. Era un hombre de mucho talento. Músico. Compositor.
-¡Ah! Ya me acuerdo. ¡El hombre que escribía óperas!. Judío. Llevaba bigote.
- Se llamaba Marc Blitzstein.
- Pero eso fue hace mucho tiempo. Por lo menos quince años. O más. Creo que se aloja usted en el hotel nuevo. La Bataille. ¿Qué le parece?
- Muy agradable. Con un poco de alboroto, porque están abriendo un casino. El encargado se llama Sheley Keats. Al principio creí que era una broma, pero resulta que es su nombre auténtico.
-Marcel Proust trabaje en Le Foulard, ese pequeño y excelente restaurante marisquero de Schoelcher, el pueblo de pescadores. Marcel es camarero. ¿Le han decepcionado nuestros restaurantes?
-Sí y no. son mejores que en cualquier otra parte del Caribe, pero demasiado caros.
-Alors. Como he observado, todo es de importación. Ni siquiera cultivamos nuestras propias verduras. Los nativos son demasiado desganados. -Un colibrí penetra en la terraza y, con la mayor naturalidad del mundo, se queda suspendido en el aire-. Pero nuestros mariscos son extraordinarios.
-Sí y no. Jamás he visto unas langostas tan enormes. Absolutas ballenas; criaturas prehistóricas. Pedí una pero era tan insípida como el yeso, y tan dura de masticar que se me cayó un empaste. Es como la fruta de California: espléndida a la vista pero sin gusto.
Sonríe, no de contento:
-Pues le pido disculpas.
Y yo lamento mi crítica , y me doy cuenta de que no me estoy comportando con mucha gracia.
-La semana pasada comí en su hotel. en la terraza que da a la piscina. Me quedé sorprendida.
-¿Por qué?
-Por los bañistas. Las extranjeras reunidas en torno a la piscina sin llevar nada por arriba y muy poco por abajo ¿Está permitido eso en su país? ¿Mujeres que se exhiban prácticamente desnudas?
-No en un lugar tan público como la piscina de un hotel.
-Exactamente. Y  no creo que deba tolerarse aquí. Pero claro, no podemos permitirnos que se incomode a los turistas. ¿Se ha aburrido usted en alguna de nuestras atracciones turísticas?
-Ayer fuimos a ver la casa donde nació la emperatriz Josefina. [...]"       continúa...




Añadido al post, 13.3.13:

  El País, Ironías del arte contemporáneo.Will Gompertz  presenta su libro sobre arte.
"En esta investigación de los creadores hay algunos que salen realmente mal parados. Gauguin, por ejemplo, del que dice que en los mares del Sur era un turista, un exbanquero de París que producía pinturas lascivas para el mercado europeo y tenía un gusto irrefrenable por los voluptuosos cuerpos de las jóvenes tahitianas, a las que contagió la sífilis. "No me gusta como persona, es cierto. En el arte, como todo en la vida, se puede ser un gran creador y una pésima persona. Gauguin no estaría entre mis amigos".



Truman Capote, Música para camaleones, Anagrama                    

martes, 15 de mayo de 2012

"Un uruguayo en España" -Juan Carlos Onetti- recuerda a Joaquín Torres García




Juan Carlos Onetti, Montevideo 1909, muy joven,antes de decidirse por la literatura,se interesó por las artes plásticas y tuvo una relación estrecha con el gran artista uruguayo, Joaquín Torres García. Por pintorescos motivos fue encarcelado en Uruguay y tras su trabajada liberación  llegó a España en 1975 y vivió ya  en Madrid hasta su muerte en 1994. Obtuvo el Premio Cervantes de Literatura en 1980.

En el Tomo III de las obras completas editadas por Galaxia Gutenberg que contiene cuentos y artículos se encuentra esta semblanza de Torres García ,  en la sección Un uruguayo en España. Es un testimonio  brillante y un recuerdo emocionado de Onetti  que por su sinceridad y talento emociona  al lector. Agudo, brillante, seco, con un humor ladeado, entre tímido y caústico, así se puede imaginar era, en ocasiones, Onetti...

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                           La esfera, la pirámide, el cubo...


Infidencia sobre Torres García. 
Son varias y no todas las que recuerdo. Para empeorar, infidencias en relación a un muerto -muy querido en mi caso- que , como es hábito, no puede refutar ni defenderse.

Pero sé muy bien que don Joaquín Torres-García, que no está en ningún lado, se encuentra pintando y maldiciendo, siempre sonriente en el fondo, en algún círculo que Dante olvidó para refugio de santos y profetas.  
La infidencia inicial consiste en el simple relato de mi primer encuentro o choque con Torres García y su tribu. Sucedía de noche, en mitad de la tercera década, tal vez el mismo día en que este hombre de inagotable fe y entusiasmo regresó definitivamente a Montevideo. Estábamos en un caserón sin muebles, acaso despojado por los innumerables fantasmas que Torres-García estaba condenado a llevar consigo. Nos ayudaba una bujía desnuda y ya polvorienta colgada en mitad del cuarto; nos sentábamos en maletas o cajas de embalar con retintas, quemadas, incomprensibles palabras. Algún plato de belleza incongruente me sirvió de cenicero. Recuerdo que Torres-García habló durante horas; aparte de la pintura nunca le conocí otro vicio.  
El Uruguay elegido. Aquella noche distante y nunca olvidada yo era joven, necesitado de discusiones, incapaz de comprender y respetar la grandeza de aquel hombre obsesionado que murió sin conocer más derrota que ésa.  
Contra sus afirmaciones, contra sus frases rotundas y alegres sólo pude levantar parapetos de ideas corrientes. Yo ya estaba queriendo a Torres-García, ya estaba temeroso de su posible fracaso montevideano. Con dulzura, quise expulsarlo de su patria y de su ambición: "Váyase a Perú, a México, a Guatemala. En esos países existieron culturas que pueden emparejarse con su concepción del arte. En el Uruguay nunca hubo una civilización indígena. Aquí, si a una señora se le rompe la infaltable maceta de malvones la tira en un basural. Y unos años después algún prevenido descubre un fatigado borde de barro, publica un artículo, un ensayo, un libro hablando de la cultura artística de los indios charrúas".  
Usé otros elementos disuasivos, sabiendo que resultarían inútiles. Traté de explicarle que el ambiente literario, filosófico, artístico de nuestra querida patria común equivalía a cero. Que su mensaje no encontraría eco. 

A todo esto, en lugar de recoger maletas y cajas marineras, Torres-García respondió, como en una partida de ajedrez, con un jaque mate que, horas después, en algún café o reflexionando en mi cama, me pareció levemente tramposo.  
Torres-García me había dicho que justamente le interesaba el Uruguay, Montevideo, porque no teníamos un pasado de civilización india, porque las culturas indígenas que yo había mencionado podían considerarse completas, terminadas, gracias a una barbarie cuyo mérito no viene al caso recordar. Pero que, misteriosamente, continuaban vivas, imponiendo modos de ver y sentir. Y él no quería imposiciones de ninguna clase. Buscaba hacer surgir de la nada un arte nuevo que tal vez tuviera siglos de edad. En fin, el constructivismo era el único dios verdadero y Torres-García su profeta.  
Acepté mi derrota; por otra parte me resultaba injusto y cruel decirle a una persona como Torres-García, que volvía al Uruguay cargado con su pobreza material y tan joven de ilusiones y voluntades, que el resultado de su admirable aventura iba a ser el fracaso. Además, esta elección significaba un regalo para todos nosotros; un regalo que el país sigue sin merecer.  

Pensaba que intentar desilusionarlo era una de las formas de la infamia. En eso quedó, aquella noche, la discusión. Luego él me mostró algunos de sus cuadros —cartones sin marcos— y ya nos hundimos en el constructivismo.  

         Afortunadamente, poco después me demostró que, por lo menos en parte, él tenía razón. Mi habitual pesimismo fue desmentido por un grupo de gente que comprendió o pudo intuir quién y qué era Torres-García. Lo ayudaron con dinero, difundieron la noticia. Así se formó el taller. Muchos pintores o presuntos, ellas y ellos, todo jóvenes lograron un caballete y las negativas del maestro. "Así no; comienza de nuevo". 

Porque todos ellos estaban regresando del folklore, del academismo, de dulces paisajes con rancho y ombú, con vacas extrañadas y algún caballo atado al palenque. Algunos de los discípulos pagaban las lecciones; otros eran más pobres que Torres-García. El maestro nunca supo distinguir. El Constructivismo a todos y por igual.  
Es indudable que las raíces filosóficas, estéticas —y también se puede hablar de poesía— no eran comprendidas de verdad por todos los alumnos. Pero intuían que alguien les estaba abriendo ventanas para interpretar el mundo con mayor rigor, con una nueva claridad.  
De modo que el pequeño taller —me refiero a su espacio físico— comenzó a funcionar y los Torres-García no se murieron de hambre; sólo languidecían. Pero cosas tan buenas nunca pueden durar. Una mala tarde el maestro entró en el salón y descubrió sin demora que una de sus discípulas —luego, excelente pintora— estaba entregada a la herejía de trabajar en un cuadro superrealista. No hubo explicaciones. Sin gritos, Torres-García los expulsó a todos, liquidó el primer taller. Acaso haya hecho derramar agua bendita sobre óleos, pomos y bocetos.  
 A pesar de haber quedado, como al llegar, económicamente desvalido, creo que este aspecto material del asunto no fue excesivamente doloroso para Torres-García, porque, según mis tristes experiencias gastronómicas, en su casa se daba muy poca importancia a la comida. Eran felices con un poco de lechuga, de zanahoria y de tomate. Recuerdo perfectamente una noche en la que me quedé conversando hasta muy tarde, por lo cual decidieron que debían invitarme a cenar y que, en mi calidad de visitante, yo tenía derecho a comer más o menos en serio. No podían ofrecerme solamente el tomate, la lechuga, la zanahoria y la remolacha habituales: había que hacer una excepción con un degenerado como yo, no vegetariano. Resolvieron que había que ir a una fiambrería para comprar un poco de jamón, y agasajar así al huésped. ¡Todo fue entonces tan hermoso! No hubo discusión, pero sí, como en el buen fútbol, el pase oportuno de la pelota. Eran todos niños. Uno decía: 

—No, ve tú a comprar el jamón que yo estoy muy cansado. 
—¿Tú cansado? Si no hiciste nada en todo el día. Anda, ve por el jamón.  Cuando, finalmente, la tarea de conseguir el jamón cayó sobre Ifigenia, me vi obligado a intervenir y a decir rotundamente que no. Terminamos la noche conversando, como siempre. No había necesidad de más con Torres-García.  
Como Juan Ignacio Tena se enteró de otra anécdota —o subanécdota—, y se refiere a ella en una carta reciente, la amistad me obliga a recordarla, aunque se crea que, al hacerlo, cometo un autoelogio. La historia en realidad fue así: se hizo, en tiempos de la guerra, una exposición de pintores franceses en Montevideo. Tengo entendido que esa muestra fue traída —creo que por Louis Jouvet—, para soslayar el peligro de que Hermann Göring se llevara todos los cuadros para su casa o para Nuremberg. Fui inmediatamente, como es de suponer, a ver aquellas obras, movido por un interés tan grande que era casi una angustiosa ansiedad. Nunca podré olvidar el autorretrato de Cézanne, L’homme Chapeau melon, porque es una de esas cosas que nos enloquecen verdaderamente, en la medida que trastornan todas las ideas preconcebidas que pudiéramos tener sobre el acto de pintar y de escribir. Por eso comprendo la ligazón que, en Cézanne, Hemingway ve entre la pintura y la literatura. Sentí que el hombre que había pintado aquel autorretrato me estaba enseñando algo indefinible, que yo podría aplicar a mi literatura.  
Después de visitar la exposición fui a casa de Torres-García y comenté al gran maestro todo lo que había visto. ¡Dios Todopoderoso!, él era un gran pintor y yo no soy ni un gran pintor ni un gran escritor, pero hablaba y hablaba diciendo todo lo que sentía. Torres-García me abrumó a preguntas, con ese sentido bondadoso de la burla que lo caracterizaba. Eran suaves preguntas, pero que me hacían presentir la cáscara de banana o el piso enjabonado. Como yo era joven —juro que era joven en aquel tiempo—, respondía a todo casi brutalmente, sin pensar en la reacción que podía provocar en aquel hombre que sabía todo lo que humanamente se puede saber de la pintura. Cuando se me terminaron las palabras, Torres-García sonrió, dejó de mirarme, inclinó la cabeza hacia un costado y, dirigiéndose a un grupo de amigos que allí se encontraban, dio su veredicto: "¡Qué cosa más extraña! Este Onetti, que no sabe nada de pintura, no se equivoca nunca".  

Después pude comprobar que era un hombre incapaz de mentir y, desde entonces, me atribuyo, creo que legítimamente, el don de ser analfabeto en pintura, y de no equivocarme nunca. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de la literatura y que también en ella —que es la tarea de mi vida—, mi infalibilidad fuera proporcional a mi ignorancia! 
Y para los que no me creen hoy, para los que me creerán mañana, para los gustosos de chismes y para los que deseen sujetar la punta del ovillo de la verdad —tan traicionera a veces—, una infidencia casi postrera.  
Cuando en Barcelona de su juventud Torres-García cortejaba a Manolita, su esposa y viuda, ella distraía sus frases de amor coqueteando con un inmundo perro faldero. Cuando Torres-García se hartó de femeninos desvíos, cuando quiso un sí o un no, en lugar de la impuesta tontería hembril, tiró al perro por la ventana y preguntó por última vez. 

Como en los cuentos de hadas, Manolita y el arte le dijeron que sí. 

                                                                                                    Mayo de 1975


revolución copernicana de los mapas, los planisferios, las cartas marinas, los paralelos, y los meridianos...,desconcertados, al pensarse así, por primera vez. 
Torres García: imaginación, geometría, colores primarios, maderas, líneas precisas para definir el mundo y  poesía..., así es su constructivismo.Mientras, la tierra gira, el continente flota en los océanos y en la noche/día del sistema solar y del  cosmos  es contemplado por el sol, la luna y las estrellas. (i.ch)


 Otros enlaces interesantes:


martes, 17 de abril de 2012

"Yo y mi biblioteca"



Este artículo de Vila-Matas, -estupendo como todos los suyos-, contiene una emoción especial: la de un escritor que además, es un lector apasionado,en  espera  del apocalipsis; él sabe, como muchos lectores verdaderos,  que el libro-libro se mostrará, a la larga,  insustituible por su adaptación perfecta a la función para la que fue inventado....



CAFÉ PEREC

Melville y su chimenea

.Tras su muerte, dejó esposa, hijos, nietos, ninguna aventura fuera del matrimonio, ninguna carta de amor. A lo que con más intensidad dedicó Herman Melville su vida fue a viajar, huir, escribir, escribir y escribir, incluso durante el último periodo, conocido como la retirada de Melville (Melville’s withdrawal). Tiene mucha fama su relato Bartleby el escribiente, pero hay otro que nada tiene que envidiarle: Yo y mi chimenea (Barataria), buena traducción de Adrià Edo. En ese cuento tenemos a un viejo granjero, aficionado a fumar en pipa ante la descomunal y desproporcionada chimenea de su casa, y poco amigo de los cambios y de las modernidades. Su mujer, hijos y vecindario le acosan para que derribe la inmensa chimenea y remodele la casa con un sentido práctico y económico. Pero él no está por la labor: “A partir de esta habitual primacía de mi chimenea sobre mí, algunos incluso piensan que he entrado en un triste camino de retroceso; en resumen, que de tanto permanecer detrás de mí antigua chimenea, me he acostumbrado a situarme también por detrás de la actualidad, y que debo de andar atrasado en todo lo demás”.
Supuestamente anticuado, se opone a la destrucción de lo más esencial de su finca, porque para él sin ese gran fuego la casa perdería su espíritu. Al final del relato, le veremos montando guardia ante su vieja chimenea cubierta de musgo: “Porque eso es algo decidido entre yo y mi chimenea: que yo y ella nunca nos rendiremos”.

Nunca nos vamos a rendir. Con nuestras bibliotecas nunca podrán
Para cuantos se sienten desconcertados ante quienes día tras día se obstinan en repetir y repetir que no cuajan entre nosotros los e-books pero ya lo harán y nos cuentan que las ventas de libros electrónicos tarde o temprano generarán miles de millones de dólares al año, el fuego del hogar del cuento de Melville tiene una carga metafórica muy actual y, es más, abre un frente de guerra contra los que trabajan para el derribo de las viejas chimeneas del espíritu.
Así que Yo y mi biblioteca podría ser también buen título para este artículo. Y que nadie se extrañe ahora si digo que, a pesar de tanta promoción del rancio kindle, algo en el ambiente está pidiendo que nos decidamos de una vez por todas a apoyar a los viejos granjeros que fuman en pipa al calor de las historias que inventa el fuego: historias como Yo y mi chimenea, escrita por su autor en una atmósfera de desaliento parecida a la que actualmente sobrellevamos, sólo que en este caso el desánimo que padecía Melville hacia 1855 —comenzó a escribir su relato poco después de que le recomendaran acudir a un psiquiatra— desembocó en un repentino quiebro a la resignación y a la fatalidad y en un guiño al humor, presente hasta en el título. Hoy sabemos que le sobraban los motivos para el desaliento. Porque entre otras cosas ¿cómo comprender que historias como BartlebyBilly Budd,Benito Cereno y, sobre todo, Moby Dick, pasaran inadvertidas cuando no rechazadas por el público y la crítica de la época?
En contrapartida, Yo y mi chimenea resurge ahora con fuerza, a modo de inesperado símbolo de la resistencia de los que deseamos seguir creyendo en un trastorno lampedusiano del mundo del libro. Porque a veces algunos aún confiamos en que todo esté cambiando para que a la larga las cosas vuelvan más o menos al punto de partida y un día ese potente invento de la humanidad que es el libro impreso sea valorado como merece y regrese al centro de la escena. Nunca nos vamos a rendir. Con nuestras bibliotecas nunca podrán. Por eso en ocasiones aún se nos ve situarnos “detrás de la actualidad” y, en medio de la sombría indiferencia del entorno, oponernos con una suave sonrisa a la revolución del libro electrónico, plantar cara a la “tremenda necesidad de mejoras”, ese eufemismo con el que el retrógrado granjero comenta la destrucción que acecha al centro de su mundo.

martes, 6 de marzo de 2012

Charles BUKOWSKI escribe...



A algunos Charles Bukowski les atrae por la sinceridad y el desparpajo con que trata el sexo, y él lo cultiva; y a veces lo dice como en su poema El pájaro azul , y sigue -hasta cierto punto- el papel que le adjudican sus adictos porque hay una "adicción Bukowski" -como se comprobará en el  texto siguiente. También dice que necesita escribir y ser leído, para no volverse loco pero   junto a la naturalidad y desfachatez  de que le hace gala Bukowski lo importante es que sea  un gran poeta, aunque por otros medios.

FINGIRSE POETA Y SERLO

12/4/1992 11.42 de la noche




   ¿Por dónde empezar? Bueno fue Nietzsche quien ,cuando le preguntaron por los poetas, respondió: "¿Los poetas? Los poetas mienten demasiado." 
Al leer poesía del pasado y de nuestros días, esta crítica parece jodidamente acertada. Por los visto hay tanta pose, tanto pavoneo...tanto fingirse poeta, ese mensajero escogido de los dioses. Creo que si los dioses escogieron a la mayoría de nuestros poetas, entonces, sin duda, escogieron mal. Naturalmente, el ritmo y los embustes abundan en todas las Artes, pero creo que a los poetas es a quienes mejor se les da mancillar su disciplina particular. 
Y reconozco que es mucho más sencillo criticar la poesía que escribirla. Cuando era muy joven  disfrutaba leyendo los artículos críticos del Sewanee Review y el Kenyon Review sobre poesía. Esos críticos eran tan encantadores, tan snobs, tan resguardados, tan endogámicos, que -en ocasiones-  se mostraban crueles con otros críticos hasta el punto de resultar graciosos. Se hacían pedazos limpiamente con el lenguaje más exquisito, y yo lo admiraba, porque mi propio lenguaje era más bien brusco y directo, cosa que prefería, aunque su estilo me maravillaba profundamente. Ah!, que manera tan caballerosa de llamarse gilipollas e idiotas. 
Aun así, al margen de eso, tenía cierta idea de lo que iba mal con la poesía y lo que cabía hacer al respecto. Pero fíjate, cuando acudía a la poesía en las páginas de esas publicaciones, era muy mala poesía: pretenciosa, pálida, poco convincente, fangosa, aburrida...Era un insulto a esas páginas. La lucha había desaparecido, el riesgo había desaparecido. Era leche agria. Era la miseria de andarse con sumo cuidado. Y cuando los propios críticos probaban suerte con el poema, dejaban en alguna otra parte lo que les quedaba de alma. La poesía es el campo de pruebas definitivo y entre quienes lo han intentado en nuestra época o en siglos muy pocos han superado la prueba. 
La poesía proviene de donde has vivido y como has vivido y de lo que te hace crearla. La mayoría de la gente ya ha entrado en el proceso de la muerte para los 5 años, y con cada año que pasa queda menos de ellos en el sentido de que ser original empieza por la oportunidad de abrirse paso y alejarse de lo que resulta evidente y lo que mutila. Por lo general quienes lo consiguen han tenido experiencias vitales y siguen teniendo experiencia vitales que los hacen diferentes, los aíslan de tal manera que se convierten en maravillosos bichos raros, visionarios con sus propias visiones. Tal vez entre en juego cierta suerte pero no exactamente, porque a diario se nos ofrecen opciones, y si uno escoge mal con demasiada frecuencia, en contra de la vida, no tardará en estar muerto mucho antes de su funeral. 
A quienes mejor se les da la poesía es a aquellos que tiene que escribirla y seguirán escribiéndola sea cual sea su resultado. Pues si no la escriben, ocurrirá alguna cosa: asesinato, suicidio, locura, Dios sabe qué.  El acto de escribir la Palabra es el acto del milagro, la salvación, la suerte, la música, el seguir adelante. Despeja el espacio, define la bazofia, te salva el cuello y de paso le salva el cuello a algún otro. Si de alguna manera se deriva de todo ello la fama, no hay que hacerle ningún caso, hay que seguir escribiendo como si el siguiente verso fuera el primero. 
Asimismo, hay otros escritores, aunque muy pocos. Pero en mi caso hay tal vez 6 o7 que me hicieron seguir adelante cuando todo lo demás me decía que parase.
Y aunque debemos hacer caso o miso de los elogios, hay ocasiones en las que nos podemos permitir sentirnos bien un poquito. Recibí una carta de un preso en una cárcel australiana que me escribió ."Tus libros son los únicos libros que pasan de celda en celda".
Pero ya he hablado suficiente aquí sobre escribir poesía; todavía queda tiempo esta noche para escribirla. Unas cuantas cervezas, un puro, música clásica en la radio. Nos vemos.

Charles Bukowski




"La dificultad de traducir a Bukowski estriba- como la de su correcta lectura- no tanto en su complicación -que la tiene- como en su desconcertante sencillez, que exige ser bien interpretada. De lo contrario se pierde ese mosaico de distintos niveles que presenta su lengua y esa variedad de tonalidades con que él ha hecho literatura de su modo de hablar.// Bukowski no es el "poeta fácil"que algunos han querido ver sino el gran poeta que con muy pocos y no prestigiados materiales, ha sabido construir un corpus ideológico  musical  y poéticamente coherente".[...]  ABC cultural, 10 marzo 2012. Jaime SILES



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lunes, 30 de enero de 2012

La Musa pinta/ Marie Laurencin y Apollinaire en el taller de Picasso



En el Bateau Lavoir , -el lugar de Montmartre donde Picasso tenía el taller y era vecino de Juan Gris y  Max Jacob, su mejor amigo-,se reunían   pintores y poetas, Apollinaie entre ellos. Desde allí solían acudir a la Rue Fleuris, a casa de Gertrude Stein. También formaban parte del grupo Fernande Olivier , la amante de Picasso en aquella época y Marie Laurencin, amante de Apollinaire.Marie Laurencin había conocido a Apollinaire en 1907, y ese año comenzaron una historia de amor apasionada y tormentosa que duraría hasta 1912. 



Fue Apollinaire quien  introdujo a Marie en los medios cubistas y fomentó su primer estilo,menos etéreo, más sólido y constructivo  del que seguiría después. A Gertrude Stein  vendería  su primer cuadro, un retrato de amigos," con perro y flores" en 1909. 

Marie Laurencin, Retrato de Apollinaire con Picasso, Fernande Olivier ,Marie Laurencin y perro. 
Apollinaire ocupa el centro de la pintura ( entronizado,casi como un pantocrator románico) leyendo sus poemas al grupo  como solía hacer. Esta rodeado a la izquierda por Fernande Olivier y Picassso -tan reconocible como en sus propios autorretratos-. Marie se autorretrata en la parte inferior derecha y completa la composición  un ramo de flores y un perrito blanco que parece posar.

En el próximo retrato de grupo estaría incluida Gertrude Stein, en  un estilo diferente que se va alejando del cubismo buscando formas menos definidas, aunque Picasso sigue siendo reconocible en su intensa mirada.
Es el cartón preparatorio para el otro retrato de grupo  de Apollinaire con sus amigos:
Marie Laurencin,Retrato de Apollinaire con sus amigos.
El centro del grupo le ocupa otra vez Apollinaire, -lo que evidencia su importancia y no sólo para María; Apollinaire era un "activista" artístico en ebullición, lleno de ideas y creatividad, un genio que desapareció prematuramente-  pero cuya influencia estética  se prolongó más allá de su muerte.En la pintura  de izquierda a derecha aparecen, Gertrude Stein, Fernande Olivier, la Musa de Picasso coronada de frutos; junto a Apollinaire, Picasso y  dos amigos poetas ¿Max Jacob uno de ellos?. Marie Laurencin se autorretrata tocando el piano.Al fondo un puente sugiere  al Sena y la ciudad.

En el cuadro de Rousseau la Musa que  pinta junto a Apollinaire, es la  pintora Marie Laurencin, una isla en medio del cubismo  que se aleja hacia  una pintura más  evanescente en que predominan los temas femeninos y los colores pastel  diluidos apenas delimitados por formas suaves y fluidas.



Henry Rousseau, La musa inspirando al poeta, 1909, ól/lz, 146 x 97. Kunsmuseum,Basilea . Guillaume Apollinaire el poeta --mentor y amigo de Rousseau--, y Marie Laurencin,la Musa. La pintura  estuvo expuesta en el Salón de los Independientes de 1909






Si la Musa, Marie Laurencin, pintaba, el pintor Henri Rousseau...tocaba el violín y ello dio lugar a una fiesta poco común en el Bateau Lavoir o en el  Montmartre  de la época.Se decidió dar un "banquete a Rousseau" en el que el pintor tocaría el violín. Fernande Olivier  patrocinó la idea invitando al Rousseau-violinista  a una cena  en el estudio de Picasso. Lo cuenta Diana Souhami en Gertrude y Alice:

"Invitaré a los Stein y a Braque y a Apollinaire y a Marie Laurencin", dijo. Pronto corrió el rumor y era mucha la gente que quería asistir, por lo que la cena se convirtió en una comida tardía estilo picnic. Alice se compró un sombrero nuevo para la ocasión: enorme de terciopelo negro y con flores amarillas.Fernande encargó la comida en la tienda de Félix Potin, y preparó una enorme cantidad de riz à la Valencienne para acompañar. La idea consistía en que los invitados se reunieran a tomar un aperitivo en un café de Montmartre, cerca de la Rue de Ravignan, para luego ir a la cena.
Cuando Gertrude, Leo, Alice y Harriet llegaron al café, Marie Laurencin estaba borracha. "Se caía en brazos y de los brazos de Guillaume Apollinaire, que volvía a acomodarla en su silla sólo para volver a encontrarla en sus brazos", dijo Alice. Apollinaire la abofeteó, dejándole una marca roja en la cara. En ese momento entró Fernande en el café, acongojada, e informó que Potin no le había enviado la comida. (Llegó al día siguiente al mediodía.) Alice intentó ayudar, pero le costó encontrar un teléfono, y cuando lo encontró descubrió que la tienda estaba cerrada. Entonces ella y Fernande salieron a comprar lo que pudieran.  Entretanto, los invitados se trasladaron del café al estudio donde siguieron bebiendo, la mayoría hasta emborracharse.[...] 
Marie Laurencin cantó antiguas canciones francesas, cayó encima de las tartas de mermelada e insistió en besar a todo el mundo [...] Apollinaire se subió a una mesa y recitó un poema laudatorio dedicado a Rousseau. Este se quedó dormido, un farolillo de cera goteaba sobre su cabeza y después se prendió fuego; despertó y empezó a tocar en el violín una música aburrida, incesantemente. Cuando estalló una pelea, Leo protegió a Rousseau y su violín, mientras Braque protegía las esculturas."...

Esto sucedía en el París del Cubismo ( Picasso y Braque) y del Futurismo del italiano Marinetti, en cuyo Manifiesto Futurista, publicado en Le Figaró en 1909, colaboró Apollinaire.

En 1911 desapareció La Gioconda del Louvre y Apollinaire fue acusado y encarcelado como culpable en una acción entre dramática y bufa . Una serie de circunstancias le habían hecho sospechoso de practicar el "terrorismo artístico"propuesto por  Marinetti. En nombre del arte moderno había que  destruir las obras de arte y los museos que representaban la historia, el pasado, y mirar hacia el futuro  representados por  la velocidad y la máquina.

Mientras, las potencias europeas practicaban el colonialismo y el armamentismo que llevarían a la Primera Guerra Mundial  (1914-18). En 1914  James Joyce comenzaba a escribir  el Ulysses en Trieste, a Zurich no llegaría hasta 1915 y  en la guerra  una esquirla de  obús heriría a Apollinaire, que en  sus versos dio fe personal de la visión del horror vivido:
....
Lego al porvenir la historia de Guillaume Apollinaire
Que fue a la guerra y supo estar en todas partes
En las felices ciudades de la retaguardia
En todo el resto del universo
En los que mueren pataleando entre las alambradas
En las mujeres en los cañones en los caballos
En el cénit en el nadir en los cuatro puntos cardinales
...
 En medio de la desolación bélica aparecerá el movimiento Dadá, en Zurich...la ciudad en que Lenin juega a la ajedrez y sueña, sin saberlo aún, con su llegada a  la Estación de Finlandia...El nihilismo de Dadá encierra  la negación de la cultura y el arte occidental que no habían podido impedir la carnicería de la Gran Guerra...




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La Musa pinta: Ramón Gómez de la Serna, Apollinaire y Rousseau 
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