" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

sábado, 18 de mayo de 2013

RAFAEL los años de Florencia / Leonardo, Miguel Ángel ...Botticelli







Rafael nació en 1483 en Urbino, el pequeño estado italiano gobernado por Federico Montefeltro y Battista Sforza. Los Montefeltro fueron  importantes   mecenas del Renacimiento en dura competencia con los Medici de Florencia y quedarían inmortalizados en las pinturas de  Piero della Francesca . En un ambiente de efervescencia artística, el padre de Rafael, también pintor,  alentó el precoz talento del hijo y lo colocó como aprendiz en el taller de Perugino.
Giorgio Vasari  subraya  en "Las Vidas" cómo en la época de aprendizaje con Perugino era difícil distinguir algunas pinturas del discípulo  y del  maestro. Todavía se puede apreciar comparando  "La entrega de las llaves a San Pedro " de Perugino y "Los desposorio de la Virgen", del  joven Rafael. La facilidad para   capturar e interiorizar la esencia del estilo de los mejores fue  una constante en la carrera del pintor de Urbino.
En la obra de Rafael  las huellas de Leonardo y Miguel Ángel son a menudo evidentes .Otras influencias , como la razonablemente probable de Sandro Botticelli, quedan difuminadas, pero conociendo su facilidad para detectar  y metabolizar aspectos importantes del talento  ajeno y dada la originalidad y brillantez de las pinturas de Botticelli, que pudo frecuentar, son verosímiles.
                BOTTICCELLI, Autorretrato  . Detalle de  La Adoración de los Magos, 1475.





FLORENCIA 
Entre 1504 y 1508   Rafael permaneció en Florencia, que aún  se mantenía como centro del arte europeo  mientras  Roma, que se recuperaba  de su larga decadencia medieval, se preparaba para relevarla. Andando por las calles de la ciudad del Arno se tropezaban obras de vanguardia de todas las artes: fuentes, estatuas, iglesias,cúpulas, cortiles en los palacios o en las  residencias de burgueses ricos...y en los interiores , pinturas y esculturas absolutamente modernas.
El recién llegado tenía  una retina  certera para calibrar  las innovaciones del joven Miguel Ángel y del ya maduro Leonardo, -que había regresado a la ciudad en 1501-. Pero además de estos genios había en la ciudad otros de importante envergadura como  Sandro Botticelli. 
Botticelli, que moriría en 1510, vivía angustiado sus años finales. La desaparición de Lorenzo el Magnífico, su protector le sumió en la melancolía. Eran tiempos convulsos en lo político y en lo religioso y  al sentido de pérdida  se añadía el de culpa por influencia de  las apocalípticas predicaciones de Savonarola al que  seguía con fervor.  En 1498 el monje dominico, fue condenado por  la Inquisición y quemado en la Plaza de la Signoria. Todos estos acontecimientos conmocionaron al pintor y coincidieron con el abandono de su estilo brillante y poético   que desapareció bajo otro austero, severo, seco  y decididamente anacrónico.

            

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   Sandro Botticelli, La Primavera, 1478,2 x 3/ El Nacimiento de Venus, 1482,1,72 x 2,78 m
Sus  espectaculares   Primavera y  Nacimiento de Venus... pertenecían ya a otro periodo de su vida pero permanecían  en la ciudad, junto a otras  pinturas religiosas, mitológicas, y  sus retratos de juventud  de cercana y atrayente belleza. Todo ello tuvo que detener y admirar al receptivo y agudo  Rafael.

  
Sandro Botticelli, h.1500-1505, Los tres milagros de San Cenobio .National Gallery /nuevo y sorprendente estilo de los últimos años.

Chastel recuerda que Savonarola en los  sermones había condenado con  dureza el arte contemporáneo; su frivolidad, su capacidad para corromper  la juventud  por el lujo, la falta de pudor y decoro. Tal vez por ello el atormentado Botticelli de los últimos años, omite las "reglas" que se habían ido imponiendo en la pintura florentina : perspectiva, proporción,  unidad de acción... importancia del desnudo, mímesis, armonía, y también el colorido lujoso y los atuendos magníficos para  vestir a la Virgen y los santos...y busca acercarse al primitivismo austero y entonces ya anticuado del primer  Fra Angelico, el del  "Retablo de San Marcos" o el "Tríptico de Perus" pintados más de medio siglo antes.
Las  Historias de San Cenobio son un buen ejemplo de ese estilo  opuesto al anterior  por el que era conocido y admirado. Pero Vasari no pudo entender que no era decadencia sino rebeldía, amargura y hasta penitencia.

                                                     
Rafael, autorretrato, Escuela de Atenas (detalle). Vaticano



1- Influencias evidentes  de esos años  en Rafael 
Rafael poseía  un ojo infalible  para  detectar la originalidad  y una retina  pensante que procesaba los estímulos visuales que emitían  las obras extraordinarias que llenaban la ciudad. Sus apuntes  y pinturas  muestran que nada que tuviera valor estético  se le escapaba. Capturaba  y anotaba en excelentes dibujos  las innovaciones que encontraba, sobre todo de  los vanguardistas Leonardo y Miguel Ángel:
-Del veterano  Leonardo:le interesaron  el "sfumato", la perspectiva aérea, la estructura suave y compleja  de sus madonnas, las armoniosas composiciones piramidales de los grupos, sus originales retratos y cómo reflejaba en ellos aspectos psicológicos sutiles... 
-Del joven  Miguel Ángel:  la representación escultórica de los cuerpos  y la energía, contenida en la  trabazón tridimensional con que proyecta  las figuras desde el fondo del plano  hacia el espectador en arriesgados escorzos.  Y  de  su todavía escasa  pintura  la grave   monumentalidad de las figuras, como  en  el "Tondo Doni" , encargo de Agnolo Doni.
                                                   
Miguel Ángel, Tondo Doni, 1506, 1,50 diámetro. Uffizi

2.-Influencias posibles y las bodas  de Agnolo Doni y Maddalena Strozzi:
Agnolo Doni, rico mercader y mecenas se casó con  Maddalena Strozzi en 1503.   Para celebrar las bodas había encargado a Miguel Ángel, un artista joven de 28 años pero ya consagrado por su gigantesco  "David"-  una pintura que el artista realizó en  formato circular:el "Tondo Doni". Y a  un artista más joven aún, Rafael (23 años), pero  que iba adquiriendo  calidad de  maestro, su retrato y el de su esposa.


Rafael, 1506. Retrataos de Agnolo Doni (izda) y su esposa Maddalena Strozzi (dcha).. Témpera sobre tabla.  63 x 45  cm. cada uno Palaciio Pitti. Florencia
Rafael , que llegará a ser un retratista de primer orden,  se dejó seducir por las innovaciones de Leonardo    pero  no pudo ser insensible a las brillantes  imágenes de  Botticcelli. El retrato de Maddalena Strozzi tiene claras reminiscencias de La Gioconda  pero el de Agnolo Doni, de vibrante juventud y sencillez, sin olvidar a Leonardo, puede remitir  a   los  retratos de sorprendente frescura del joven  Botticelli.


Sandro Botticelli, Retrato de hombre con medalla de Cosme el Viejo.1474.(izda)
Sandro Botticelli, Autorretrato, 1475, Adoración de los Magos, (Detalle)


Los retratos de Botticelli joven estaban en Florencia y Rafael tuvo que admirarlos. Eran poco solemnes, inmediatos, de mirada directa, vivaces de trazo y de  gran ligereza.  La estilización del arabesco era poco acusada todavía. No había llegado a la que sería con el tiempo  su marca de estilo, tan  personal  y cercana a los ritmos góticos de línea ondulante, melódica y figura desmaterializada. Todavía había en ellos algo de  la exactitud expresiva de los retratistas del norte. 
En el vibrante  autorretrato de la "Adoración de los Magos" de 1475 -el año en que nació Miguel Ángel- hay una casi petulancia  que parece expresar la autosuficiencia  -todavía confiada-  de   la reciente visión antropocéntrica, del mundo: el hombre se convertía en el centro de interés ocupado por la divinidad durante la Edad Media.
                 

                       
                       BRAMANTE,Escalera de los  Palacios Vaticanos,


           EN ROMA,  1508-1520 
Desde Florencia Rafael acudirá a Roma informado por el arquitecto Bramante de que el papa Julio II piensa transformar las  grandes estancias vaticanas. En Roma vivirá y trabajará  hasta su muerte a los 37 años. En el Vaticano  realiza los frescos de las Estancias   mientras Miguel Ángel, no muy lejos,  trabaja en   la bóveda de la Capilla Sixtina. Rafael, parece que alertado por Bramante, pudo visitar   a escondidas los  trabajos del celoso Miguel Ángel  que  sin duda le inspirarán. En Roma  se convertirá en un retratista notable. Sus admirables  retratos destacan por su hondura psicológica y cualidades plásticas  y -por diferentes razones-   son inolvidables los  del papa Julio II, el  del humanista  Baltasar de Castiglione o el del papa Medici, León X 

                                .Raphael. The School of Athens.
RAFAEL, Escuela de Atenas, Estancia de la Signatura. 1509, freco, 7 m. de base. Vaticano.                       

domingo, 17 de marzo de 2013

NABOKOV y el mejor cuento del mundo / "Signos y símbolos"






            
"El mejor cuento del mundo"...,
Los grandes  cuentos son -como la buena poesía-, difíciles de conseguir y es un misterio cómo  lograr su perfección. No basta el talento y el oficio. Hay algo ... que se escapa. A Tolstoi   escribir algunos de los "cuentos mejores del mundo" -La muerte de Iván Ilich o Hadji Murat...- no  le impidieron escribir  Sonata a Kreutzer...

La categoría de "el mejor cuento del mundo" la utiliza García Márquez para el  Gato bajo la lluvia de  Hemingway, que era uno de sus  modelos narrativos.  Todavía queda el eco en las calles de París -a lo largo del bulevar de Saint Michel-,  del dialogo racheado que se produjo en español, de acera a acera, en el único encuentro, fugaz, de los dos maestros .El colombiano   tenía veintiocho años y era sólo una esperanza. Al ver pasar a Hemingway al otro lado de la calzada hizo bocina con las manos y gritó con toda el alma :

-¡"Maeeeestro!"
-"Adioooós, amigo,"

saludó Hemingway desde la acera opuesta. 

                                                      
                                                                                                                                         
En un artículo reciente Ian McEwan  describe la aridez y el vacío que le invade cada vez que  acaba una obra y se siente "abandonado por el dios de la ficción" . Y cuenta  cómo una vuelta reciente a la escritura   fue posible después de leer dos relatos breves. Uno de ellos era "Símbolos y señales" de Nabokov.

Es una oportunidad   para leer el cuento  y respirar la  carga de sutileza y multiplicidad de sentido que produce la  "frase tornasolada"   que persigue  y consigue  Nabokov -, y   explica detalladamente  a Pivot en la entrevista de 1975.

Signos y Símbolos, de Nabokov,   es  otro "mejor cuento del mundo"...posiblemente.




                                                           

                                                            SIGNOS  Y SÍMBOLOS 

           1.

"Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al dilema de qué regalo de cumpleaños  llevar a un joven de juicio incurablemente perturbado.No tenía deseos. Para él, los objetos manufacturados por el hombre eran o bien colmenas del mal, vibrantes de maléfica actividad que solo él era capaz de advertir, o vulgares consuelos sin utilidad alguna en el mundo de abstracción total en el que residía. Tras eliminar una serie de artículos que hubieran podido ofenderle o asustarle (cualquier cosa que se pareciera a un aparato, por ejemplo, la consideraba tabú), sus padres eligieron una fruslería delicada e inocente: una cesta con diez mermeladas diferentes en diez jarritas asimismo diferentes.
 Cuando nació, llevaban ya casados un buen número de años; habían transcurridos veinte años desde entonces, y ahora eran ya bastante maduros. Con todo, ella había puesto todo cuidado en arreglarse su pelo cano. Llevaba siempre vestidos baratos, negros. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la señora Sol, su vecina de al lado, cuyo rostro era una pura pintura rosa y malva, siempre protegido por un sombrero que era un racimo de flores silvestres), ella presentaba a la exigente luz de primavera un  cutis blanco y completamente natural y un rostro absolutamente desnudo. Su marido, que en su país de origen había sido un hombre de negocios próspero, dependía  ahora por completo de su hermano Isaac, un verdadero americano desde hacía cuarenta años. Lo veían muy poco y le habían bautizado con el apodo de El Príncipe.
                                Wassily Kandinsky. Mountain.
                                       Kandinsky, Mountain, 1909


Aquel viernes por la tarde todo resultó mal. Hubo un fallo en la corriente eléctrica del metro entre  dos estaciones, y durante un cuarto de hora todo lo que oyeron los viajeros fue el sumiso latido de sus corazones y  el crujido de las hojas de periódico. Luego tuvieron que esperar mucho tiempo al autobús que debía conducirles en la segunda etapa de su trayecto, y cuando por fin llegó, estaba atestado de escolares ruidosos. Llovía a cántaros por el camino pardo que hubieron de recorrer hasta llegar a la puerta del sanatorio. Al llegar allí tuvieron que esperar de nuevo; y finalmente, quien apareció ante su vista, en lugar de su hijo,  como era costumbre, arrastrando lentamente los pies (con su pobre cara toda cubierta de acné, mal afeitado, taciturno y confuso ), fue una enfermera que ya conocían y por la que no sentían simpatía alguna, quien les explicó finalmente con todo lujo de detalles que su hijo había intentado quitarse de nuevo la vida. Ya se encontraba bien, dijo, pero una visita podía confundirle. El lugar tenía tan poco personal, las cosas se extraviaban o se traspapelaban tan fácilmente, que decidieron no dejar su regalo en la oficina sino llevárselo para traerlo consigo en la próxima visita.
 Ella esperó a que su marido abriera el paraguas, y luego lo cogió del brazo. Él no dejaba de aclararse la garganta de un modo particularmente sonoro, como tenía costumbre cuando estaba especialmente disgustado. Llegaron al abrigo de la parada del autobús al otro lado de la calle y cerró el paraguas. Unos metros más lejos, bajo un árbol que goteaba lluvia y se mecía al viento, había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar el vuelo.
Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, no intercambiaron palabra; y cada vez que contemplaba las manos ya viejas de su marido (las venas hinchadas,la piel con manchas pardas,) cerradas y crispadas en torno al mango del paraguas, ella sentía la presión creciente de las lágrimas. Miró en torno suyo tratando de fijar su pensamiento en algo y, al hacerlo, sintió una especie de sobresalto, una mezcla de compasión y asombro, al darse cuenta de que uno de los pasajeros, una joven de cabello oscuro con las uñas de los pies pintadas de rojo sucio, lloraba en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía aquella mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichik -en Minsk, hacía muchos años.
 La última vez que lo había intentado, su método había sido, en palabras del médico, una obra maestra de inventiva e ingenio; lo habría conseguido de no ser por otro paciente envidioso que pensó que estaba aprendiendo a volar -e impidió que lo hiciera. Lo que realmente quería hacer  era abrir un  agujero en su mundo y escapar.
El sistema de sus delirios había sido objeto de un artículo muy elaborado en una revista científica, pero ya mucho antes, ella y su marido habían descifrado por sí mismos el mecanismo de su locura.  "Manía referencial", la había llamado Herman Brink. En aquellos casos tan poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que ocurre a su alrededor constituye una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye de su conspiración a las personas de carne y hueso, porque se considera mucho más inteligente que el resto de los hombres. La naturaleza fenoménica oscurece su paso allá por donde quiera que vaya.Las nubes del cielo que le observan en todo momento transmiten, por medio de una serie de signos lentos, mensajes con información increíblemente detallada concerniente a su persona. Cuando cae la noche, los árboles que gesticulan en la oscuridad discuten sus pensamientos más íntimos, por medio de un lenguaje manual.
                   Wassily Kandinsky. Improvisation 19.                                                                           
                                      Kandinsky, Impresión 19,1911
Las piedras, las manchas y también los rayos de sol forman esquemas y cuadros que representan de un modo  obsesionante y espantoso mensajes que él debe interceptar. Todo es una cifra y él constituye el tema de todo. Algunos de los espías son observadores imparciales, como las superficies de cristal y las aguas inmóviles; otros, como los abrigos de los escaparates  son testigos interesados, prestos a lincharle; y hay otros (como el agua corriente, las tormentas) que están histéricos casi hasta la locura y tienen una opinión distorsionada de su persona y malinterpretan sus actos de forma grotesca.
No puede bajar la guardia y debe dedicar cada minuto y cada módulo de su vida a descifrar las ondas de las cosas. El propio aire que respira está contabilizado y cifrado  ¡Si el interés que provoca estuviera tan sólo limitado a su entorno inmediato! Pero lamentablemente no es así. Con la distancia, los torrentes del escándalo salvaje aumentan de volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos  magnificadas miles de veces, vuelan por encima de vastas llanuras; y más lejos todavía, unas montañas inmensas de una solidez y de una altura intolerables contabilizan en términos de granito y de abetos crujientes la verdad última de su ser.


2.
Cuando emergieron del trueno y del aire pestilente del metro, los últimos residuos del día se mezclaban ya con las luces callejeras. Ella quería comprar  un poco de pescado para cenar, por lo que le entregó la cesta con las mermeladas y le dijo que se fuera a casa. Él subió andando hasta el rellano del tercer piso y al llegar allí se acordó de que en algún momento del día le había dado las llaves a su mujer.
Se sentó en silencio en las escaleras  y también en silencio se puso en pie cuando unos diez minutos más tarde llegó ella, subiendo penosamente los escalones, sonriendo débilmente, moviendo la cabeza regañándose a sí misma por su estupidez. Entraron en su humilde piso de dos habitaciones y él se dirigió al punto hasta el espejo. Estirándose las comisuras de la boca con los pulgares, con una mueca horrible como una máscara, se quitó la dentadura postiza ya inevitable e inexorablemente incómoda, y se tragó los colmillos de saliva que le conectaba con ella. Se puso a leer su periódico ruso mientras ella ponía la mesa. Sin dejar de leer se comió aquellas vituallas descoloridas que no necesitaban de dientes ni muelas. Ella conocía de memoria sus manías y guardaba silencio.

Cuando se hubo ido a la cama, ella permaneció en el cuarto de estar con su baraja de cartas gastadas y sus viejos álbumes. Al otro lado del estrecho patio donde la  lluvia golpeaba en la oscuridad contra unos cubos de basura llenos de golpes y muescas, las ventanas estaban débilmente iluminadas y en una de ellas se veía a un hombre con pantalones negros y los brazos desnudos levantados, tumbado boca arriba en una cama sucia y sin hacer. Bajó la persiana y se puso a contemplar las fotografías.

 Cuando era todavía un niño de pecho parecía más sorprendido que el resto de los niños. Una niñera alemana que habían tenido en Leipzig y su novio se deslizaron de entre uno de los pliegues del album. Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlín, Leipzig, la fachada inclinada de una casa muy desenfocada. Con cuatro años en un parque, vergonzoso, testarudo, con el ceño fruncido, apartando la vista de una ardilla  como lo hacía con cualquier cosa o persona que le resultara extraña. La tía Rosa, una anciana angulosa, de ojos alocados, nerviosa e inquieta, que había vivido en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes de ferrocarril, tumores cancerígenos, hasta que los alemanes la mandaron a la muerte, junto con toda la gente de la que se había preocupado.
                              
                              Kandinsky, El Juicio Final, 1912

Seis años, entonces dibujaba unos pájaros maravillosos con manos y pies humanos, y padecía de insomnio como si fuera ya un hombre. Su primo, ahora un jugador de ajedrez famoso. Y de nuevo él, cuando tenía unos ocho años, y ya era difícil de entender  temeroso del papel de la pared del pasillo, temeroso de cierto dibujo de un libro que mostraba sencillamente un paisaje idílico con unas   rocas sobre una colina y la rueda de un viejo carro que colgaba de la rama de un árbol sin hojas. A la edad de diez años: el año que abandonaron Europa. La vergüenza, la piedad, las humillantes dificultades, los niños, feos, malos, atrasados con los que compartía aquella escuela especial.
Y luego llegó una época en su vida , que coincidió con una larga convalecencia después de una neumonía, cuando aquellas fobias suyas, que sus padres se habían empeñado en considerar meras excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se intensificaron de alguna manera hasta convertirse en una densa maraña  de ilusiones interconectadas lógicamente  que le hicieron totalmente inaccesible a las mentes normales.
Esto, y mucho más, ella lo aceptaba, porque, después de todo, vivir no era sino la aceptación de la pérdida de una alegría tras otra, en su caso ni siquiera se trataba de alegrías, meras posibilidades de progreso.Pensó en las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido;  en los gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables;  en la cantidad incalculable de ternura que había en el mundo; en el destino de aquella ternura, la cual, o bien es aplastada, o desperdiciada, o transformada en locura; en niños abandonados hablándose a sí mismos en esquinas sucias; en bellos juncos que no pueden esconderse al labrador y que tienen que observar indefensos, sin poder hacer nada, cómo la sombra de su figura encorvada no deja sino flores marchitas a su paso, conforme va avanzando aquella oscuridad monstruosa.



3.
Era más de medianoche cuando, desde el cuarto de estar, oyó los gemidos de su marido; luego, entró tambaleándose, cubriéndose la bata con el viejo abrigo de cuello de astracán que le gustaba mucho más que el bonito albornoz azul que tenía.
-No puedo dormir -exclamó.
-¿Por qué? -preguntó ella-. ¿Cómo es que no duermes? Estabas tan cansado.
-No me puedo dormir porque me estoy muriendo -dijo y se tumbó en el sofá.
-¿Te duele el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?
-No quiero ningún  médico, nada de médicos -gimió-. ¡Al diablo con los médicos! Tenemos que sacarlo de allí a toda prisa. De otra manera seremos responsables de lo que le pase. ¡Responsables! -repitió y se acomodó en el sillón medio sentado, con los dos pies en el suelo, golpeándose la cabeza con el puño cerrado.
-Está bien -dijo tranquila-, mañana por la mañana lo traeremos a casa.
-Me gustaría tomar un poco de té -dijo su marido, y se retiró al cuarto de baño.
Agachándose con dificultad, ella recogió algunas cartas y una o dos fotografías que se habían deslizado del sofá al suelo: la jota de corazones, el nueve de picas, el as de picas, Elsa y su bestia  amada...
Él volvió de buen humor y dijo a plena voz:
-Ya lo he organizado todo. Lo pondremos en nuestro dormitorio.Nosotros pasaremos por turnos media noche con él, y la otra media noche en el sofá. Por turnos. Traeremos al doctor para que lo vea dos veces por semana, cuando menos. No importa lo que diga El Príncipe. Además, no tendrá mucho que decir porque este arreglo le saldrá más barato.
 Sonó el teléfono. Era una hora rara para que sonara el teléfono. Se le había caído la zapatilla izquierda  y trató de alcanzarla con el talón y el dedo, ahí, de pie en medio de la habitación, mientras miraba a su mujer con expresión infantil y también desdentada. Como ella hablaba mejor el inglés que su marido, era ella la que contestaba las llamadas.
-¿Podría hablar con Charlie? -dijo la vocecilla inexpresiva de una chica.
-¿Qué número ha marcado? No. Se ha equivocado de número.
Con dulzura dejó el auricular en su posición inicial. Se llevó la mano a su corazón cansado.
-Me ha asustado -dijo.
Él esbozó una rápida sonrisa e inmediatamente volvió a su monólogo excitado. Lo irían a buscar tan pronto como se hiciera de día. Tendrían que guardar los cuchillos en un armario con llave. Incluso en sus peores momentos no constituía peligro alguno para la gente.
El teléfono volvió a sonar por segunda vez. La misma voz joven, inexpresiva y un poco angustiada preguntó por Charlie.
-Tiene el número equivocado. Creo que se confunde y marca la letra O en lugar del cero.
Se sentaron a tomar su inesperado té nocturno y festivo. El regalo de cumpleaños seguía sobre la mesa. Él sorbía el té con ruido; el rostro ruborizado; de vez en cuando impartía un movimiento circular a su vaso alzado para que el azúcar se disolviera mejor.
A un lado de la calva, allí donde tenía una gran marca de nacimiento se destacaba llamativa una vena hinchada y, aunque se había afeitado aquella mañana, en su barbilla se observaba una cerda plateada. Mientras ella le servía otro vaso de té, él se puso las gafas y volvió a examinar con placer las jarritas de luminoso color amarillo, verde, rojo. Sus torpes labios húmedos repetían los nombres de sus elocuentes etiquetas: albaricoque, uva, ciruelas claudias, membrillo. había llegado a la manzana cuando volvió a sonar el teléfono."

Entrevista, subtitulada, en el programa Apostrophes de Bernard Pivot en mayo de 1975:
https://www.youtube.com/watch?v=AQbCJTHBdyE

domingo, 17 de febrero de 2013

Tomas Tranströmer "Visión de la memoria" / El Museo de Ciencias Naturales como activador mental

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Los Museos de Historia Natural- donde lo científico  limita  con lo fabuloso-, al activar percepciones,sensaciones y emociones pueden actuar como aceleradores de la  creatividad  .

 A J.D Salinger   le atraía el Museo de Historia Natural de su ciudad, Nueva York, y lo visitaba con frecuencia. Lo cuenta en El guardián entre el centeno a través Holden Caufield, su alter ego sin duda:"En una carta a una amiga, Salinger admite  que el chico protagonista Holden Caufield es un retrato suyo de cuando tenía esa edad".                (Ian Hamilton, En busca de J.D. Salinger,Mondadori).
"A pesar de la lluvia, y a pesar de que era domingo y sabía que no iba a encontrar a Phoebe allí, atravesé todo el parque para ir al Museo de Historia Natural. Sabía que era ése al que se refería la niña del patín. Me lo sabía de memoria. De pequeño había ido al mismo colegio que Phoebe y nos llevaban a verlo todo el tiempo. Teníamos una profesora que se llamaba la señorita Aigletinger y que nos hacía ir allí todos los sábados. Unas veces íbamos a ver los animales  y otras las cosas que habían hecho los indios. Cacharros de cerámica, cestos y cosas así. Cuando me acuerdo de todo aquello me animo  muchísimo. Después de visitar las salas, solíamos ver una película en el auditorio. Una de Colón. Siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos. Luego venía lo de los marineros amotinándose y todo eso. A nadie le importaba un pito Colón, pero siempre llevábamos en los bolsillos un montón de caramelos y de chicles y además dentro del auditorio olía muy bien. Olía siempre como si en la calle estuviera lloviendo y aquél fuera el único sitio seco y acogedor del mundo entero. ¡Cuánto me gustaba aquel museo!"                                                                            
                    El guardián entre el centeno. J.D.Salinger , Edhasa
                                                                                 ***                                                                                  

El  poeta sueco Tomas Tranströmer también  en su infancia iba  con frecuencia al Museo de Historia Natural de su ciudad, Estocolmo, y su innegable talento pudo ser intensificado en parte por aquellas dilatadas estancias llenas de magia y  tesoros . Lo que esas visitas significaron   lo cuenta en una breve y seductora autobiografía : Visión de la memoria, con   prosa tan tersa y luminosa como sus versos.














                                                                     

Resultado de imagen de Visión de memoria



                                                                          
                                                                     

                                                                  MUSEOS



"Durante mi infancia me atraían los  museos. Primero el de Historia Natural, en la zona de Frescati. ¡Qué edificio!¡Gigantesco, babilónico, inagotable  En la planta baja, sala tras sala, los mamíferos y los pájaros disecados se amontonaban en el polvo Además, estaba la bóveda donde las ballenas colgaban del techo. Y en el primer piso: los  fósiles, los invertebrados...
 "Yo visitaba el museo tomado de la mano de alguien. Tenía cinco años. A la entrada nos recibían dos esqueletos de elefante  eran los guardianes de la puerta hacia la maravilla. Dejaban en mí una impresión colosal; después los dibujaba en un gran cuaderno.
   Después de un tiempo cesaron las visitas al museo. Había entrado en un periodo en el cual tenía un miedo atroz a los esqueletos. Lo más terrible era la imagen de la osamenta que aparecía al final del artículo titulado "Hombre" en el Libro Nórdico de la Familia.
Pero el miedo se extendía hacia los esqueletos en general, es decir también a los esqueletos de elefante del museo. Me volví temeroso hasta de mi propio dibujo y no me animaba a abrir el cuaderno. [...]
Tiempo después en la edad escolar, volví al Museo de Historia Natural. Era zoólogo aficionado, serio, precoz. Me inclinaba sobre los libros de insectos y peces.
Había empezado a coleccionar. Mis colecciones estaban en un armario de la casa. Pero en mi cabeza crecía un enorme museo, y entre ese museo fantástico y el muy real de Frescati, había una relación.
Un domingo sí y otro no, más o menos,iba al museo de Historia Natural. Tomaba el tranvía hacia Roslagtull y caminaba los últimos kilómetros. El camino era siempre un poco más largo de lo imaginado. Recuerdo esas caminatas muy bien; siempre con viento, se me caían los mocos, lagrimeaba. No recuerdo las  caminatas en sentido contrario; es como si nunca hubiese vuelto a casa, como si tan solo hubiera estado yendo hacia allí, un paseo expectante, moqueando y lagrimeando hacia el enorme edificio babilónico.
Al llegar me saludaban los esqueletos. A menudo caminaba directamente hacia la sección "vieja", con los animales disecados desde el siglo XVIII -algunos de los cuales habían sido tratados deficientemente- con la cabeza hinchada. Había allí una magia especial. Los grandes paisajes artificiales con modelos bien diseñados  de animales no me atraían: eso era ilusión, cosa de niños. Estaba claro que no me interesaban los animales vivos. Sí me interesaban los disecados, los que estaban al servicio de la ciencia. La ciencia a la cual me sentía cercano era la de Linneo: descubrir, coleccionar, examinar.
El museo era explorado. Me detenía largo rato entre las ballenas  y en la sección de Paleontología. Y después estaba la sección  en la que me entretenía más: la de los Invertebrados.
Nunca me comunicaba con otros visitantes. En realidad, no recuerdo que hubiese otros visitantes. Otros museos que visitaba con menos frecuencia -el Marítimo, el Etnográfico, el Técnico- estaban siempre llenos de gente. Pero el Museo Nacional  parecía estar abierto sólo para mí.
Un día me encontré con un semejante. No un visitante, sino un profesor, o algo por el estilo, que trabajaba en el museo. Nos encontramos en la sección de los Invertebrados, de pronto se materializó entre las vitrinas, casi tan alto como yo. Hablaba a medias consigo mismo. Inmediatamente nos metimos en una conversación sobre moluscos. Era tan distraído o libre de prejuicios que me trató como a un adulto. Uno de los ángeles de la guarda que aparecieron de vez en vez en mi infancia y me tocaron con sus alas.
La conversación condujo a que yo fuese autorizado  a visitar una sección que no estaba dedicada al público general. Recibí una cantidad de consejos sobre el disecado de animales pequeños y me prestaron pequeños tubos de vidrio que parecían parte de un equipo verdaderamente profesional.
Junté insectos, sobre todo escarabajos, desde los once años hasta más o menos los quince. Los intereses que competían con esa actividad eran sobretodo los artísticos. ¡Qué pena que  la Entomología tuviese que dejar lugar para esos intereses! Yo me convencía de que era algo momentáneo. En cincuenta años retomaré la colección, pensaba.
La actividad comenzaba en la primavera pero florecía sin dudas en el verano, en Runmarö. En la casa de verano,donde nos movíamos en unos pocos metros cuadrados, estaban los frascos con insectos muertos y una placa para disecar mariposas. Y por todas partes se deslizaba un olor a éter, que además flotaba en torno a mi persona, porque yo andaba siempre con un frasco de insecticida en el bolsillo.
Sin duda hubiese sido más serio usar cianuro, como recomendaba el manual. Por suerte, esa sustancia estaba fuera de mi alcance, de modo que nunca tuve que pasar por la prueba de honor de usarlo.
Eran muchos los que participaban en la caza de insectos. Los niños de los alrededores aprendieron a avisar cuando aparecía algún insecto que pudiese ser interesante. "¡Un animaaaaal!", sonaba el grito en el pueblo y yo llegaba corriendo con la red.
Andaba siempre de excursión. Una vida al aire libre sin ninguna idea de que fuese o no saludable. No tenía puntos de vista estéticos sobre mi caza, naturalmente -se trataba de la Ciencia- pero tuve muchas vivencias de la belleza sin enterarme de ello. Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse en lo más mínimo de nosotros.
Una pizca de ese mundo era cazada y pinchada en mis cajas, que he conservado hasta el día de hoy. Un mini-museo escondido del que tengo poca conciencia. Pero allí están los bichos. Como si esperaran su tiempo."






Tomas Tranströmer, "alcanzar el mismo poema"


Link relacionado:
ABC, 19 oct 2012.: Japón encuentra un registro completo del Carbono 14  


Tomas TRANSTRÖMER, Visión de Memoria, Nórdica, colecciónletrasnördicas,2012


sábado, 2 de febrero de 2013

Egon SCHIELE: Retrato de Famillia / Viena 1918


 relacionado:
EGON SCHIELE y el Expresionismo Vienés


En 1918 Egon Schiele, de veintiocho años, pintó La familia, un gran óleo en el que se autorretrataba con su mujer  Edith Harms y el hijo que esperaban pero que aún no había nacido. No parece aventurado pensar que Schiele deseaba ardientemente el nacimiento de ese hijo hasta el punto de  representarlo ya entre con sus padres.

La familia, 1918, ól/lz, 1, 52 x 1,62, Österreischische Galerie,Viena



Es  un cuadro monumental por sus dimensiones y el modo en que están tratadas las figuras y el espacio en que se encuentran forman do un grupo compacto . Pero Schiele como buen expresionista , hace que el grupo resulte inestable, e inquietante, al situarle sobre una base estrecha y utilizar una composición  descentrada y asimétrica. Aunque para su autorretrato Schiele crea una imagen  enorme y protectora que abarca a la madre y al niño.

Son  desnudos de tamaño  natural en los  que predominan los ocres, con blancos sucios y toques rojos y  negros  en pinceladas amplias y agitadas. Schiele traspasa el lienzo con la mirada y la clava en el espectador.   Es una mirada pensativa, casi interrogativa, que contrasta con la de su mujer que cargada de presagios  se pierde dentro del espacio del cuadro.El nuevo estilo supone un acentuado realismo lejos de la expresiva estilización  y el decorativismo anterior.El color no le usa de forma brillante y autónoma sino para definir lo representado, plásticamente, para  construir volúmenes y vacíos espaciales. 


Es el último estilo del pintor,el  que se inicia hacia 1915 y que  dentro de su obra expresionista supone una especie de clasicismo. Faistauer explica el  cambio diciendo  que sus cuadros son tan sinceros como siempre pero que la desesperada urgencia sexual y la histeria estridente ha sido sustituida por la sensibilidad y la compasión hacia lo representado.

En  1918, -que sería el del final de la Primera Guerra Mundial-, morirían  los tres. Su esposa Edith , embarazada de seis meses   el 28 de Octubre y el propio Schiele tres días más tarde. La causa de las muertes fue la gripe terrible  que ese año  diezmó Europa.

 La Familia tiene una gran fuerza plástica  y a  esa energía puramente pictórica,  se unen  las emociones y asociaciones que suscita  por el tema tratado,  el contexto en que se produce, y lo que significa en la obra y la vida de Schiele.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Truman CAPOTE y Paul GAUGUIN en La Martinica





Los  autorretratos de Gauguin  tienen la     fuerza   plástica  de toda su obra pero entre ellos los hay  tan  inquietantes y   tenebrosos que rozan lo demoníaco.

                                              


                                                                       ***
En 1885, desde Copenhague, Paul Gauguin  escribía a un  amigo pintor:  
 "Hay tonos nobles y los hay triviales; hay armonías tranquilas y consoladoras y otras que sacuden por su atrevimiento."
Él eligió zarandear al espectador situado frente a su pintura iniciando un modo  de crear imágenes, de pintar, empleando atrevidos colores planos, saturados, en arriesgados contrastes, grandes zonas de colores complementarios y yuxtapuestos a veces enmarcados en líneas oscuras -como los esmaltes cloisonné medievales- ,simplificando  formas con una estilización desconocida, renunciando a la perspectiva tradicional, deformando voluntariamente los planos...buscando     la intensidad plástica ,y olvidando  o transformando,  la mímesis, la imitación de las apariencias , todavía al uso. 
Siguió con interés las búsquedas de Cézanne y Van Gogh, los encuadres insólitos de Degas, la forma de representación de  las estampas japonesas, de las pinturas egipcias, del arte llamado primitivo conocido en el Museo del Hombre  y en sus viajes... y se sumergió en la pintura aunque también buscó el éxito manteniendo desde la lejanía un ojo atento a lo que se cocía y cotizaba en París. 
Cuando en 1902 decide volver a Francia, una carta de Daniel de Monfreid, el pintor y coleccionista francés, le disuade: "tu mito se resentiría con el regreso", y Gauguin espera. A su pesar y aunque pretende ponerse de parte de los indígenas y convertirse en un "buen salvaje", no deja de ser respecto a ellos, de otra manera, un depredador colonial. 
Nieto de la feminista y socialista Flora Tristán, después de haber vivido de niño en Perú y haber estado  unos meses en La Martinica, -la isla del Caribe que continúa hoy siendo parte del Departamento de Ultramar francés- y en otros lugares lejanos y exóticos para un europeo, tras una escandalosa vuelta a París, se instala en Tahití donde muere en 1903 . 
Es un creador poderoso y en sus obras deja diseminado un haz de semillas plásticas que influirán en las vanguardias del siglo veinte y en destacados artistas, Picasso entre ellos, con su  olfato especial para encontrar, ("yo no busco encuentro") .

                                                   

El carácter inquietante de los autorretratos de Gauguin hace que Van Gogh,  cuando recibe uno en Arlés que le envía el pintor  en  1888,le escriba:
" [...] Francamente me hace pensar más que en otra cosa en un preso [...]".  
Es habitual que los pintores utilicen un espejo para retratarse. Pero Truman Capote habla de un espejo especial cuyo interior turbio y oscuro, comprueba  personalmente, es capaz de  arrastrar  a  profundidades vertiginosas. 


                               Autorretrato, 1888, ól/lz, 45 x 55. Amsterdam. Enviado a Van Gogh
                             

                            Autorretrato con el Cristo Amarillo, 1889, ól/lz, 38 x 46



                                            Autorretrato, 1889, ól/tb., 80 x 52

                                      Autorretrato con ídolo (det.),1891, ól/lz, 46 x 33
. . .
                                          Autorretrato, 1891, ól/lz, 55 x46




En  Música para camaleones, con su insuperable prosa, Truman Capote ofrece  una pista  -indirecta- de  por qué pudieron ser  así cuando el escritor que está en la Martinica  se asoma a un espejo negro que perteneció al pintor y pudo utilizar para autorretratarse:   



MÚSICA PARA CAMALEONES




"Es alta y esbelta, quizá de setenta años, cabellos plateados, soigne, ni negra ni blanca, el color oro pálido del ron. Es una aristócrata de la Martinica que vive en Fort de France, aunque también tiene un piso en París. Estamos sentados en la terraza de su casa, graciosa y elegante, que parece hecha de encajes de madera: me recuerda a ciertas casas antiguas de Nueva Orleans. Bebemos té de menta con hielo, levemente sazonado de ajenjo.

Tres camaleones verdes corretean por la terraza, uno se detiene a los pies de madame chasqueando su ahorquillada lengua, y ella comenta:
- Camaleones. ¡Qué excepcionales criaturas! La manera en que cambian de color. Rojo.Amarillo. Lima. Rosa. Espliego. ¿Y sabía usted que les gusta mucho la música?
Me contempla con sus bellos ojos negros.
-¿No me cree?

A lo largo de la tarde me ha contado muchas cosas curiosas. Que, por las noches, su jardín se llena de enormes mariposas nocturnas. Que su chófer, un digno personaje que me ha conducido a su casa en un Mercedes verde oscuro, tras haber sido condenado por envenenar a su mujer luego se había fugado de la Isla del Diablo. Y me ha descrito un pueblo en lo alto de las montañas del norte que está enteramente habitado por albinos: "individuos menudos, de ojos rosados, blancos como la tiza. De vez en cuando se ven algunos por las calles de Fort de France".
-Sí, claro que la creo.
Ladea su cabeza plateada
-No, no me cree pero se lo demostraré.

Diciendo esto, entra resueltamente en su fresco salón caribeño, una estancia umbría con ventiladores que giran suavemente en el techo, y se coloca ante un piano bien afinado. Yo sigo sentado en la terraza, pero puedo observarla: una mujer elegante  ya mayor, producto de sangres diversas. Empieza a tocar una sonata de Mozart.
 

Finalmente, los camaleones se amontonan: una docena, otra más, verdes la mayoría, algunos escarlata, espliego. Se deslizan por la terraza y entran correteando en el salón: un auditorio sensible, absorto en la música que suena. Y que entonces deja de sonar, pues mi anfitriona se yergue de pronto, golpeando el suelo con el pie, y los camaleones salen disparados como chispas de una estrella en explosión.
Ahora me mira.
-Et maintenant? C'est vrai?
-En efecto. Pero resulta muy extraño.
Sonríe.
-Alors. Toda la isla flota en lo extraño. Esta misma casa está encantada. La habitan muchos fantasmas. Y no en la oscuridad. Algunos aparecen en pleno día, con toda la insolencia que pueda imaginarse. Impertinentes.
-Eso también es corriente en Haití. Allá, los fantasmas se pasean a la luz del día. Una vez vi una horda de fantasmas que trabajaban en el campo, cerca de Petionville. Quitaban insectos de las plantas de café.

Ella lo acepta como un hecho, y continúa:
-Oui, Oui. Los haitianos explotan a sus muertos. Son famosos por eso. Nosotros los abandonamos a sus penas. Y a sus alegrías. Tan vulgares, los haitianos. Tan criollos. Y es imposible bañarse, los tiburones imponen mucho. Y los mosquitos ¡qué tamaño, qué audacia! Aquí, en la Martinica, no tenemos mosquitos. Ni uno.
- Lo he notado; me ha sorprendido.
- Y a nosotros. La Martinica es la única isla del Caribe que no está infestada de mosquitos, y nadie puede explicárselo.
-Quizá se los traguen todos las mariposas nocturnas.
Se ríe.
-O los fantasmas.
-No. Creo que los fantasmas preferirían las mariposas.
-Si, las mariposas nocturnas quizá sean más alimento fantasmal. Si yo fuera un fantasma hambriento, preferiría comer cualquier cosa antes que mosquitos. ¿Quiere usted  más hielo en su vaso? ¿Ajenjo?
-Ajenjo. Es algo que no podemos conseguir en mi país. Ni siquiera en Nueva Orleans.
-Mi abuela paterna era de Nueva Orleans.
-La mía también.
Mientras escancia ajenjo de una destellante botella esmeralda, sugiere:
- Entonces quizá seamos parientes. Su nombre de soltera era Dufont. Alouette Dufont.
-¿Alouette? ¿De veras? Muy bonito. Conozco a dos familias Dufont en Nueva Orleans, pero no estoy emparentado con ninguna de ellas.
-Lástima. Hubiera sido divertido llamarle primo. Alors. Claudine Paulot me  ha dicho que ésta es su primera visita a la Martinica.
-¿Claudine Paulot?
-Claudine y Jacques Paulot. Los conoció la otra noche. en la cena del gobernador.

Me acuerdo: él era un hombre alto y guapo, el primer presidente del Tribunal de Apelación de la Martinica y la Guayana francesa, que comprende la Isla del Diablo.

-Los Pulot. Sí. Tienen ocho hijos. Él es un ferviente partidario de la pena de muerte.
- Ya que parece tan viajero ,¿cómo no ha venido antes por aquí?
- ¿A Martinica? Bueno, sentía cierta desgana. Aquí asesinaron a un buen amigo mío.
Los hermosos ojos de Madame son una pizca menos amables que antes. Hace una lenta declaración:
- El asesinato es un caso raro, aquí. No somos gente violenta. Serios, pero no violentos.
-Serios. Sí. En los restaurantes, en las calles, incluso en las playas, la gente tiene un aspecto bastante severo. Parecen muy preocupados. Como los rusos.
-No debe olvidarse que aquí la esclavitud no fue abolida hasta 1848.
No veo la relación , pero no pregunto, pues ya está explicado.
-Además, Martinica es"trés chére". Una pastilla de jabón comprada en París por cinco francos aquí cuesta el doble. Todo cuesta el doble de lo debido, porque todo es de importación. Si esos revoltosos consiguen lo que quieren y la Martinica se hiciese independiente de Francia, sería el fin. La Martinica  no podría existir sin ayuda económica de Francia. Sencillamente pereceríamos. Alors, algunos tenemos un aire grave. Pero hablando en términos generales, ¿encuentra usted atractivos a los habitantes?
-A las mujeres. He visto a algunas de una belleza asombrosa. Cimbreantes, suaves, de posturas magníficas, arrogantes; con una estructura ósea tan fina como la de los gatos. Además poseen cierta fascinante agresividad.
-Eso es de la sangre senegalesa. Aquí tenemos muchos senegaleses. Pero a los hombres, ¿no los encuentra usted tan atractivos?
-No.
-Estoy de acuerdo. Los hombres no son atractivos. Comparados con nuestras mujeres, resultan insulsos, sin carácter: "vin ordinaire·. Mire usted , la Martinica es una sociedad matriarcal. Cuando eso ocurre, como en la India,por ejemplo, entonces los hombres no son gran cosa. Veo que está mirando mi espejo negro.


Efectivamente. Mis ojos lo consultan aturdidos: se fijan en él contra mi voluntad, como a veces hacen los absurdos destellos de un aparato de televisión mal ajustado. Tiene esa clase de frívolo poder. Por consiguiente, lo describiré con todos sus pormenores; a la manera de esos novelistas franceses de avant-garde, quienes al prescindir de la narración, del personaje, de la estructura, se limitan a párrafos de una página de extensión  donde detallan los contornos de un solo objeto, el mecanismo de un movimiento aislado: un tabique, una blanca pared con una mosca vagando a su través. Así: el objeto de la sala de visitas de madame es un espejo negro. Tiene dieciocho centímetros de alto, por quince de ancho. Está enmarcado en una caja de desgastado cuero negro en forma de libro. De hecho, la caja está abierta encima de una mesa, como si fuera una edición de lujo dispuesta para ser hojeada, pero en ella no hay nada que leer ni ver, salvo el misterio de nuestra propia imagen proyectada por la superficie del espejo negro antes de alejarse hacia sus profundidades insondables, a sus meandros de tiniebla.

- Perteneció a Gauguin -explica ella- . Ya sabe usted, por supuesto que vivió y pintó aquí antes de establecerse entre los polinesios. Este era su espejo negro. Eran artefactos bastante comunes entre artistas del siglo pasado. Van Gogh usó uno. Igual que Renoir.

- No logro entenderlo. ¿Para qué los usaban?
- Para refrescar su visión. Para renovar su reacción al color, las variaciones tonales. Tras una sesión de trabajo, con los ojos fatigados, descansaban mirando al interior de esos espejos oscuros. Igual que en un banquete los gourmets  vuelven a despertarse el paladar entre platos complicados , con un sorbet de citron.- Levanta de mesa el pequeño volumen que contiene el espejo y me lo tiende-. Lo uso a menudo, cuando tengo los ojos cansados de  tomar mucho el sol. Es sedante.

Sedante y también inquietante. La oscuridad, a medida que uno mira dentro de ella, deja de ser negra para convertirse en un extraño azul plateado: el umbral de visiones secretas. Como Alicia, me siento al comienzo de un viaje a través de un  espejo, recorrido que vacilo en emprender.

A lo lejos  oigo su voz  serena,  vaporosa, refinada:
- ¿Así que tenía usted un amigo a quien asesinaron aquí?
-Sí.
-¿Norteamericano?
-Sí. Era un hombre de mucho talento. Músico. Compositor.
-¡Ah! Ya me acuerdo. ¡El hombre que escribía óperas!. Judío. Llevaba bigote.
- Se llamaba Marc Blitzstein.
- Pero eso fue hace mucho tiempo. Por lo menos quince años. O más. Creo que se aloja usted en el hotel nuevo. La Bataille. ¿Qué le parece?
- Muy agradable. Con un poco de alboroto, porque están abriendo un casino. El encargado se llama Sheley Keats. Al principio creí que era una broma, pero resulta que es su nombre auténtico.
-Marcel Proust trabaje en Le Foulard, ese pequeño y excelente restaurante marisquero de Schoelcher, el pueblo de pescadores. Marcel es camarero. ¿Le han decepcionado nuestros restaurantes?
-Sí y no. son mejores que en cualquier otra parte del Caribe, pero demasiado caros.
-Alors. Como he observado, todo es de importación. Ni siquiera cultivamos nuestras propias verduras. Los nativos son demasiado desganados. -Un colibrí penetra en la terraza y, con la mayor naturalidad del mundo, se queda suspendido en el aire-. Pero nuestros mariscos son extraordinarios.
-Sí y no. Jamás he visto unas langostas tan enormes. Absolutas ballenas; criaturas prehistóricas. Pedí una pero era tan insípida como el yeso, y tan dura de masticar que se me cayó un empaste. Es como la fruta de California: espléndida a la vista pero sin gusto.
Sonríe, no de contento:
-Pues le pido disculpas.
Y yo lamento mi crítica , y me doy cuenta de que no me estoy comportando con mucha gracia.
-La semana pasada comí en su hotel. en la terraza que da a la piscina. Me quedé sorprendida.
-¿Por qué?
-Por los bañistas. Las extranjeras reunidas en torno a la piscina sin llevar nada por arriba y muy poco por abajo ¿Está permitido eso en su país? ¿Mujeres que se exhiban prácticamente desnudas?
-No en un lugar tan público como la piscina de un hotel.
-Exactamente. Y  no creo que deba tolerarse aquí. Pero claro, no podemos permitirnos que se incomode a los turistas. ¿Se ha aburrido usted en alguna de nuestras atracciones turísticas?
-Ayer fuimos a ver la casa donde nació la emperatriz Josefina. [...]"       continúa...




Añadido al post, 13.3.13:

  El País, Ironías del arte contemporáneo,Will Gompertz  presenta su libro sobre arte.
"En esta investigación de los creadores hay algunos que salen realmente mal parados. Gauguin, por ejemplo, del que dice que en los mares del Sur era un turista, un exbanquero de París que producía pinturas lascivas para el mercado europeo y tenía un gusto irrefrenable por los voluptuosos cuerpos de las jóvenes tahitianas, a las que contagió la sífilis. "No me gusta como persona, es cierto. En el arte, como todo en la vida, se puede ser un gran creador y una pésima persona. Gauguin no estaría entre mis amigos".



Truman Capote, Música para camaleones, Anagrama