" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

lunes, 26 de diciembre de 2016

Juan Eduardo Zúñiga: "No llegará el sobrino de Praga"


Juan Eduardo Zúñiga, (Madrid, 1919),es un autor conocido y valorado, aunque no se le hubiera leído aún  porque la literatura es un océano inabarcable. Pero se sabía que es un gran escritor,personalmente avalado por su actividad de traductor; porque ser traductor o poeta  parece añadir un plus de calidad a un escritor por ser ambas actividades piedras de toque del pensamiento y de las palabras, sus materiales de trabajo. 
En 2003 Zúñiga consiguió el premio de la Crítica por la trilogía sobre la Guerra Civil en Madrid y ahora ha sido reconocido con el premio Nacional de las Letras .  Junto a las  reseñas y habituales felicitaciones un artículo de Marta SanzEl jardín oculto, convierte en ineludible su lectura. La escritora hace un elogio apasionado de la calidad de un autor que para ella merecería el Nobel y no ha sido suficientemente reconocido. Analiza su perfección como cuentista y reta al posible lector: "Les emplazo a leer Brillan monedas oxidadas...". Es un libro de relatos y se sigue su consejo... 
                       



  

                                          

                            NO LLEGARÁ EL SOBRINO DE PRAGA

-Vendrá sin avisar y llamará a la puerta. Tendré que abrirle. querrá vivir en esta casa. Le veré ante mí con el sombrero hundido hasta las cejas, con la maleta.-No es posible que venga tú lo sabes.Por el balcón abierto la voz de la mujer se perdió en la noche y Alfredo creyó que le había hablado en voz muy alta. Ella estaba sentada en la butaca, hojeando revistas bajo la lámpara que atrajo una libélula. La espantó, pero al hacerlo, la bata se entreabrió, resbalando en las piernas y éstas así quedaron al aire, blancas, redondas, sólo cruzadas en el centro del muslo por una línea rosa que era señal de las ligas de goma.-Sí, puede venir, inesperadamente. quizás en el expreso de Irún, el que llega a las 8,40...-él murmuraba y cual si fuese a verle en un andén, salió al balcón pero en la calle, el calor de finales de junio, el rodar de un coche, el tintineo de los tranvías de la Puerta del Sol no le dieron respuesta.
                                               Puerta del Sol , Madrid h 1920
Lejos, una voz gritó algo ininteligible mas por las aceras no pasaba nadie y no vio venir a un hombre alto, esbelto, con una maleta o un gran cabás y acaso un paraguas bien enrollado que colgaba del brazo.

-No creo que venga sin avisarte.

-Vendrá en cualquier momento, querrá vivir en esta casa -exclamó con voz fuerte a fin de rebatir lo que ella dijo y que lo oyese bien, pero la mujer seguía atenta a la revista.

Alfredo entró del balcón, permaneció unos segundos contemplando la blancura de las piernas iluminadas por la lámpara que dejaba en sombra toda la habitación, y de su pecho salió un aliento intenso y cálido que le tranquilizó. Se inclinó hacia la mujer y le puso las manos en las rodillas, mullidas, apenas frías.

 Ella desvió su mirada al bigote que se estremecía, observó el brillo de la calva  y la fijeza de sus ojos y la presión de los dedos por la que se escapaba un alma acongojada.

-Mira, en esta revista hay algo escrito sobre Praga -le dijo volviendo el cuerpo para mover las piernas y que retirase sus manos, y de la mesita a su izquierda tomó un número de Nuevo Mundo, lo abrió y pasó las páginas y Alfredo tuvo ante sí fotografías del Puente Carlos, las torres de la catedral de San Vito, las callejas del Staré M sto, el silencioso río que cruza la ciudad de oro, de nieve, donde estaba su sobrino Franz Kafka-. Debe de ser una ciudad muy antigua. Tú la conoces bien, ¿no? Fíjate en esta iglesia tan alta que tiene un reloj enorme. 

Allí precisamente a él le pareció ver una figura delgada, con un gesto de irónica suficiencia. Bajo este antiguo reloj, por esta plaza, el sobrino pasa todos los días hacia su oficina.

-¿Por qué me hablas ahora de Praga? ¿Qué te importa a ti Praga? -y debió de hacer un gesto de enfado porque ella se echó a reír, casi cerró los párpados, arrugó el nacimiento de la nariz y así ganó más aún en hermosura y despreocupación y seductora juventud.

-No quiero que venga y que te vea.

Y como tantas veces, la mujer se ríe y a los pocos momentos, distraída, pensando en otras personas o en otros asuntos, se muerde la uña del dedo meñique y se queda seria. 

Él había mirado las fotografías de lugares que conocía de sus estancias en Praga y le desagradaron aún más por ser ella quien se las estaba señalando. La revista fue a caer sobre las hermosas piernas desnudas y él entonces  se enderezó y le estremeció el hechizo, siempre renovado, del cuerpo que se perfilaba dentro de la bata ligera.

"No admito la idea de que venga -pensó abstraído, recordando las puertas del gran vestíbulo de la estación del Norte y la gente que entraba y los mozos de cuerda que esperaban-. ¿Por qué ella ha tenido que encontrar ese artículo sobre Praga? Él vendrá de noche, con sus orejas sobresalientes y las mejillas hundidas, sin avisar, como una enfermedad, como llega la muerte."

Puede ver la estación iluminada por los focos eléctricos, el andén lleno de equipajes y viajeros y sentir un fuerte olor a carbón quemado: la locomotora resopla aún y suelta un vapor espeso como niebla de las mañanas de invierno en su aldea.
Posdiebrad, la aldea que se funde con la bruma y el bosque, un camino embarrado en el amanecer hacia la sinagoga, húmeda y helada en su interior; allí dentro,su padre, los otros hermanos, los vecinos, todos miran el brillante rollo metálico de la Torá y luego alzan sus ojos hacia el balcón donde están las mujeres, tan abrigadas, tan ocultas por los pañuelos y los chales, imágenes difusas de su infancia que poco a poco van desapareciendo en su conciencia.Aumentaba el bochorno y decidieron salir aquella noche.-Estás preciosa, como siempre -le había dicho cundo entraron a cenar en el restaurante Tournié, y en seguida, los dos magistrados que se estaban en el extremo de la mesa se habían vuelto hacia ellos, y el que fue ayudante del general Aguilera y que comía enfrente también pasó sus ojos por el vestido azul claro, con gran escote al que casi llegaba la pluma negra del sombrero: el destello de los pendientes como una sonrisa en el encanto de las mejillas maquilladas. 
Después de cenar dieron un paseo hacia la carrera de San Jerónimo; él la llevaba del brazo, era un poco más bajo que ella y andaba erguido, movía con aplomo el bastón en la mano izquierda; iba fijo en el rótulo del Hotel París que veía enfrente.
                              
-Si ha venido, hasta puede haber tomado una habitación ahí, y estará asomado, mirando a la gente y los tranvías y nos verá. 
-Pero ¿qué importa que venga? Si es tu sobrino, debes recibirle.
Estas palabras que oyó igual que herido por cristales rotos, se las había repetido a sí mismo muchas veces pero no era capaz de aceptarlas.
-Tengo muchos años ya y para mí todo carece  de valor. el cargo, las condecoraciones, la buena relación con el ministro, las recepciones en palacio, no son nada sin ti.
-Pero ¿no eres el director de los ferrocarriles? Pues que te avisen cuando llegue -exclamó ella.Alfredo hizo un gesto de resignación. El reloj luminoso en lo alto marcaba los minutos, las horas, el paso del tiempo.

                              Estaciones de Atocha y del Norte
A la mañana siguiente su inquietud le llevó a la estación de Atocha y mientras esperaba el coche oyó a su espalda el largo silbido de un tren que llegaba de la más profunda lejanía y creyó verle con el sombrero muy hundido, delgado, los ojos muy vivos, oscuros. Se volvió hacia la mole metálica de la estación, pero no escuchó nada más, y pensó en un convoy que atravesara verdes campiñas y espesos bosques y ciudades opulentas y activas y luego avanzase hacia Madrid por una llanura desolada.
Pensó que debía contárselo a alguien, quizás a Bauer, sólo el podría, por su propia experiencia, participar de su intranquilidad y comprenderle. Mandó al cochero que lo llevara a San Bernardo, esquina a la calle del Pez, y no bien llegaron, entró en el gran portalón del palacio y se hizo anunciar:-Alfredo Loewy desea saludad a don Ignacio Bauer -y en seguida estaba sentado en el amplio despacho,recubiertas sus paredes de librerías oscuras, y cuadros irreconocibles en la penumbra, y gruesas alfombras y cortinas que aislaban de todo ruido exterior.

-Amigo Bauer, perdóneme que le pida consejo, sólo que me escuche, nuestra vieja amistad y su bondad, es una confidencia. Mi sobrino Franz insiste en venir, le gusta viajar, pretende ser escritor. Yo aquí soy un extranjero, como usted sabe, vivo igual a un desterrado, he renunciado a mis orígenes, a mis atepasados. Mi sobrino se enteraría y entonces lo sabría toda la familia de Praga.
-Ah, Praga, ¡qué hermosa ciudad! Estuve hace años.-Temo que venga sin avisar, que se entere de cómo vivo.se inclinó sobre la mesa y allí, un reloj inglés recordaba con su rápida marcha que un día más iba a acabar. Adelantó la cabeza dentro del área de luz de la lámpara: su cara pálida, los bigotes bien atusados y en la calva aparecían gotitas brillantes.Ignacio Bauer pareció extrañarse.-Soy viejo ya, pero debo confesarle que conmigo vive...alguien que...para mí es todo; si no , mi vida sería insoportable.-Amigo Loewy, ¿cómo puede decir eso? Usted es nada menos que director general de los ferrocarriles del Oeste de España, una compañía en pleno desarrollo, que llevará a los veraneantes a Estoril, con su playa y el casino, que ya está haciendo competencia a Niza y a Montecarlo.-No deben saber que he renegado de la ley, pero era imprescindible romper con la sinagoga para ser aceptado en España.-Sí, me lo contó usted en su día y yo entendí sus razones. Aquí, en Madrid, no tenemos una sinagoga como la de Viena o la de Praga, tan bella cuando hay niebla.
Se imagina la niebla que sube del río, viste de una pátina sutil los palacios, las estatuas, las desiertas calles, los altos tejados y las altas chimeneas, hace que cada rincón sea un misterio, y a través de su bruma -tan parecida al humo que envuelve los andenes de la estación y convierte en fantasmas a los viajeros-, Franz Kafka, el sobrino, con su chaqueta ceñida, su cuello duro, las mejillas enjutas y la sonrisa burlona, avanza hacia Alfredo Loewy, a quien él llama "el tío de Madrid".-Le ruego me comprenda, es mi último amor, el más necesario.-Le comprendo bien , amigo mío, el último amor, entiendo lo que usted me dice.-Bauer pasó los dedos por el pisapapeles de bronce que representaba una estrella de seis puntas, y dejó cerrados los ojos unos segundos-. Hace años leí un poema que se titulaba así, no recuerdo ya, acaso era un poeta ruso. Al final decía:"Oh, tú, último amor, eres bendición y desesperanza". Pero su sobrino, ¿quiere venir? ¿Y es escritor?Sobre el amplio escritorio cargado de carpetas y libros y en cuyo centro está la lujosa escribanía de cristal, los dedos de Ignacio Bauer teclean en la brillante madera y también la mano de Alfredo se apoya con fuerza mientras oye dos palabras que no entiende:"bendición, desesperanza", pero que alumbran con una luz de certidumbre lo profundo de su intranquilidad.

Por la noche ella le dice:-¿No has visto una carta que llegó para- ti? Debe de ser de Praga- y le señala algo encima de la mesita donde hay un reloj que hace girar sus manecillas inexorables, y una bandeja con asas plateadas.Cogió el sobre, miró los sellos, y lo abrió bruscamente: dentro, una hoja con líneas escritas. Se vuelve hacia la mujer y lentamente dice:-Está muy grave. Tiene tuberculosis. Me lo escribe su madre.-En la cara de ella cambia la alegría, el mohín de burla por la estrañeza-.Es cuestión de días.En un sanatorio desconocido, Franz se extinguirá y con él la ilusión de venir, el viaje que esperaba le cambiase la vida, dejar de ser quien era para ser un escritor. Alfredo se asoma al balcón y mira al caballo cansino que arrastra un coche, a unas personas que pasan bajo las farolas, y al sereno, que golpea el suelo con el bastón; la noche calurosa mantiene su opacidad, su vacío silencio, pero un imperceptible sosiego crece, asciende e invade su corazón.


Resultado de imagen de Brillan monedas oxidadasJuan Eduardo Zúñiga, Brillan monedas oxidadas, Galaxia Gutenberg, 2010